Viernes, 25 de mayo de 2018

Si el suicidio asistido es progresista, el progresismo es un suicidio

 

El artículo 143.4 del Código Penal es, precisamente, el marco legal que impide que en Cataluña se facilite una muerte digna y sin sufrimiento a la persona que, en situación de sufrimiento insoportable y en plena posesión de sus facultades para decidir, expresa su deseo de morir y solicita ayuda para ello. Y proponen un nuevo texto: "4. No obstante lo establecido por los apartados anteriores, está exento de responsabilidad penal el que, por petición expresa, libre e inequívoca de una persona que padezca una enfermedad grave que lo conducirá necesariamente a la muerte o una patología incurable que le provoca sufrimiento físico o psíquico grave y que se prevé que será permanente, cause con actos necesarios la muerte segura, pacífica y sin dolor de esta persona o coopere a ello, dentro del marco legal establecido."

 

Este jueves el Congreso de los Diputados tomó en consideración esta proposición de ley presentada el pasado 10 de agosto por el Parlamento de Cataluña. Proposición de ley envuelta arteramente en la bandera de la defensa de los cuidados paliativos, claro está, y contraponiéndolos al código penal vigente, como no podía ser de otra manera. Porque el planteamiento de reforma legislativa que el Congreso ha tomado en consideración incluye la asistencia al suicidio y la provocación de la muerte en el contexto de los cuidados a la persona enferma, algo que a muchos profesionales sanitarios nos deja perplejos.

 

Más allá de los recovecos legales y del discurrir de este debate, que de vez en cuando es enarbolado como pendón progresista (el otro es el aborto), cada vez que escucho a los políticos hablar de esto me vienen a la cabeza rostros de pacientes, palabras concretas y situaciones vividas con ellos. No muchas. Sólo unos pocos casos todavía. Muy pocos, sin ninguna significación estadística pero cargados de sentido para mi quehacer como médico. Pienso en los ancianos que me han dicho que se quieren morir, que ya no pintan nada aquí, o en algunos más jóvenes atenazados por depresiones, o en pacientes terminales con mal control del dolor, o en tantas íntimas heridas sin diagnosticar y sin cicatrizar, y en las conversaciones que dieron fruto, en los antidepresivos que hicieron su función, y en los analgésicos que aliviaron, y en las vendas que arroparon el alma. Que para eso estamos, para escuchar y para confortar, no para encarnizarnos y eternizar la vida sino para conservar o alentar la esperanza y, con ella, una forma de dignidad que a menudo se ignora o se arrincona. También pienso en un hombre que consultaba mucho, parecía que tenía interés en su salud, excesivo, y que se suicidó sin asistencia, sin explicaciones, sin avisar. Y me respondo, sin certezas, que se desesperó. Que lo que necesitaba era esa esperanza que, mientras haya vida, puede dignificarla.

 

Intento comprender el misterio del dolor. Seguro que estoy aún lejos de entenderlo pero creo que algo aprendo cada día gracias a los pacientes. Soy consciente de mis muchas limitaciones; pésimo médico el que no las reconozca. A quien sí percibo es a la persona, tantas veces, en el abismo de la incertidumbre, necesitada de confianza, la que el médico puede darle, y de esperanza, que ha de ganarla ella pero más fácil será con ayuda. Siento que el ánimo se tambalea, que el espíritu se inquieta y que la voluntad decae, y entonces me niego a aceptar que esas sean sus plenas facultades, que su libertad consista en eso, que su decisión tenga que tomarla bajo unos síntomas mal combatidos, en pleno conflicto familiar sin resolver o con la mente embotada por tantos meses o años al borde del precipicio. Es cuando me respondo que la Medicina es progreso, al servicio de los más débiles, de la vida y de la esperanza.