Domingo, 27 de mayo de 2018
Las Arribes al día

Animada fiesta campestre en el día de San Gregorio

LUMBRALES | La fiesta de San Gregorio congrega un año más a cientos de lumbralenses en el entorno de la ermita del santo, ubicada en el paraje de Las Viñas.

Un grupo de adolescentes llevó la imagen del santo en procesión alrededor de la ermita / E. Corredera

Los vecinos de Lumbrales, familias al completo, grupos de amigos, niños, jóvenes y mayores vuelven a ser fieles a su cita con San Gregorio la tarde del 9 de mayo, una entrañable jornada campestre para los residentes habituales en la capital del Abadengo.

La celebración se inició a media tarde con los actos religiosos en la pequeña ermita del santo, ubicada en el corazón del paraje de Las Viñas. Después del rosario y de la misa, la pequeña imagen del santo patrón de los viñedos fue sacada en procesión alrededor del templo. Los portadores del Santo han sido este año un grupo de adolescentes, que han querido así participar activamente en la tradicional celebración. A la espalda del templo, el párroco Andrés García procedió a la bendición de los campos, pidiendo buenas cosechas.

A continuación, en la explanada de la ermita, pequeños y mayores se animaron a bailar al son de la música de Mariano Díaz hasta la hora de la merienda campestre. En el entorno de la ermita, en las mesas del merendero anejo y en fincas particulares se disfrutó del hornazo, embutidos, quesos, asados, de la sangría ofrecida por el Consistorio y, cómo no, de los vinos de las cosechas particulares de las pocas viñas que aún se cultivan en la zona, 700 hectáreas que en su día producían fructíferas cosechas de buen vino.

Al anochecer, los lumbralenses regresaron al pueblo en una larga romería con parada obligada en el Barrio de San Gregorio, donde continuó el baile con la música de Mariano Díaz, contratada por el Ayuntamiento de la villa.

Tradición recuperada

La romería que cada 9 de mayo se realiza en Lumbrales a la ermita de San Gregorio se basa en una antigua tradición recuperada hace poco más de treinta años. Ya apenas quedan viñas que bendecir y poco vino de la tierra con el que convidar, pero como excusa para salir al campo en los albores de la primavera sigue siendo perfectamente válida.

En Lumbrales el vino todavía sigue teniendo connotaciones legendarias, especialmente entre la gente mayor, que a poco que los animes se arrancan con la famosa copla recuperada por el Padre Morán a principios del siglo pasado:

"De Lumbrales el buen vino,

de Peralejos el jarro,

el buen bebedor de Yecla,

el escancian de Cerralbo"

Describía el religioso en su Por tierras de Salamanca cómo ya en el siglo XVII los productores de la villa andaban en pleitos con otros de la comarca para intentar evitar la ‘brutal’ competencia que suponían. Eran los principios de la globalización, aunque todavía nadie hablaba de ello y ni siquiera se imaginaba hasta dónde llegaría. Por aquel entonces ya existía una Comisión de Viñas integrada por un presidente, un secretario, dos vocales y un concejal que ostentaba el título de Alcalde de las Viñas, además de un guarda encargado de la vigilancia de las plantaciones.

Una actividad tan importante no podía estar desligada de la iglesia, y pronto se construiría la ermita que, por razones que se nos escapan fue dedicada a San Gregorio. ¿San Gregorio Nacianceno o San Gregorio Ostiense?. Siempre oímos decir que era al primero, acaso por coincidir su festividad, erróneamente, con la fecha en la que se creía que había muerto, un 9 de mayo precisamente. Pero hace tiempo que el santoral eclesiástico lo desplazó al 2 de enero. En su lugar aparece hoy San Gregorio Ostiense, un abad de los monasterios de san Cosme y san Damián, en Roma, que es muy venerado en tierras de La Rioja y Navarra. Esta veneración, junto con el hecho de que fuera abad de un convento (¿en qué convento que se preciara no se cultivaba el vino?) ya nos acerca más al contexto en el que lo emplazamos. Parece ser, además, que este abad vivió en España durante cinco años y libró, en cierta ocasión, a los campos riojanos de una plaga de animalitos, razón por la que los agricultores de aquellas tierras le invocan de manera especial contra la langosta.

Según cuentan los mayores, la Misa se celebraba con gran solemnidad a últimas horas de la mañana en la iglesia parroquial y a continuación se organizaba la marcha o romería a las viñas a celebrar la Boda de San Gregorio, presidida por el Mayordomo, Alcalde de las viñas y demás componentes de la Comisión, acompañados de los familiares e invitados; los gastos de la comida y fiesta eran costeados por los miembros de la Comisión.

Llegados a la Ermita, se procedía a la solemne bendición de las viñas, estando ya gran parte del pueblo presente, para comer a continuación el hornazo. La Comisión obsequiaba a todos con vino, tanto en la explanada como en el camino, y por la tarde los alegres y divertidos bailes populares, para regresar a la puesta del sol al pueblo, entrando por la atalaya, y bailar los últimos bailes en la plaza de la Fuente Abajo, hoy Plaza de la Alegría.

La Vendimia

Los viñedos lumbralenses más antiguos se encuentran en el paraje denominado Las Viñas pero también en Los Jarales -un lugar próximo donde se realizó una plantación selecta tipo americana- existen numerosas y cultivadas parras, aunque hoy por hoy la tercera parte de las fincas de viñedo están abandonadas. El resto: envejecidas y necesitadas de una amplia renovación de los plantíos. La variedad de uva no obstante es importante: jerez -la más abundante y rica para la mesa-, moscatel, malvasía, rufeta, tinto clemente, ébora, morisco, verdejo ... si bien la mayoría de la cosecha se consume en vino, no en uva.

Para transformar esta uva en vino todavía se pueden encontrar algunos lagares (antiguamente podía decirse que había uno en cada casa de labradores) utilizados durante estas fechas por sus dueños y vecinos. En algunos casos se han “modernizado” con el añadido de prensas y desvagadoras que facilitan el trabajo de transformación de la uva en el sabroso vino que se consumirá a lo largo del año siguiente. Y es que, según los 'expertos', el vino obtenido, aunque de pocos grados, "es riquísimo". Y escaso, pues aunque lo adecuado es no tocarlo hasta mayo, la falta de reserva de la añada anterior hace que se consuma y agote pronto, a veces incluso antes de esa fecha.

Procesión de La Bota

El vino era, junto al aguardiente, la única bebida alcohólica de la que se disponía hace unos lustros. Rara era la celebración en la que faltara, siendo tan fiel a la fiesta como los toros o el baile. Beber estaba "bien visto" socialmente, e incluso a los niños pequeños se les permitía en las grandes ocasiones echar un traguito para celebrarlo. Los mozos pasaban sus ratos de ocio cantando y bebiendo con sus amigos en las "tascas" y tabernas del lugar. Empinar el codo estaba justificado siempre que no se fuera "gorrón".

"Si son borrachos, que sean,

a nadie le importa nada,

ellos pagan lo que beben, ¡aupa!

al terminar la jornada".

El vino estaba tan asociado a las fiestas, a los ratos de ocio y expansión, a la alegría, que, como podía escucharse en otra canción:

"Beber, beber,

beber es un gran placer,

el agua para las ranas,

y pa los peces

que nadan bien".

El agua y el vino nunca han sido buenos compañeros de viaje, y si alguna vez se sospechaba que estaba "bautizado", también había que proclamarlo con el buen humor de una tonadilla:

"El vino que tiene la Chon

ni es blanco ni es tinto

ni tiene color.

Asunción, Asunción,

echa media de vino al porrón"

Hace unas décadas aún se celebraba en Lumbrales una procesión nocturna cuya relación con el vino parece evidente: la procesión de la Virgen de los Coros o de La Bota. Con el fin de iluminar las entonces oscuras calles por donde pasaba la procesión, que entonces se celebraba en Septiembre una vez terminadas las faenas del campo, pero también como un ritual en agradecimiento a la buena vendimia, distintos mayordomos de una de las Cofradías que conformaban la Virgen de los Coros colocaban al menos media docena de teas en distintas calles del recorrido. Estas antorchas tomaban su combustible de viejas botas y odres de vino que, untados de pez, producían un continuo gotear de llamaradas que caían ardientes al paso de la Virgen. 

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