Viernes, 25 de mayo de 2018

Kadish.

No recuerdo el título de la película. 1945, una madre y una hija viven en una ciudad austríaca o alemana del este. Los hombres de la casa fueron asesinados en el campo de concentración de Dachau por comunistas. Ellas ocultan a un niño judío. Llega el ejército ruso, soldados sedientos de venganza. Un comisario político entra en su casa acompañado por una tropa numerosa. Inmensa ira. La madre aduce su vieja militancia comunista. No la creen. ¿Y ese niño? Ese niño es judío. Nos lo encontramos como a un perro abandonado, acurrucado en nuestra puerta. Le franqueamos la entrada. Lo ocultamos durante meses. El comisario agarra al niño por el pescuezo y lo lleva contra una blanca pared. Le dice, si eres judío recítame el Kadish. El comisario no le pregunta si sabe el Shemá Israel. Los tiempos que corren sólo admiten una oración por los muertos. El niño comienza a canturrear, en blanco y negro, contra la blanca pared: “Isgadal ve-iskadash shmei rabá” (“Magnificado y santificado sea Su gran nombre”) El comisario se conmueve. El comisario también es judío. Meses después la madre yace moribunda en su lecho. Al lado, el niño judío la acompaña. Ella le dice: “No quisiera volver a este mundo ni en forma de mariposa”. Fin.

Yo tampoco quisiera volver a este mundo de manera alguna. Tampoco resucitar de entre los muertos. Menos en algún idílico Edén. Sí, me gustaría poder abrazar al Oso Yogui, al Viejo Conrado, al Petiso Vázquez, a Nelson Berreta… Todos muertos, asesinados, suicidados. Me iría con ellos allí donde estuvieran. Ellos ya no están en ningún sitio. Yo tampoco quiero estar en ningún sitio.