Viernes, 25 de mayo de 2018

Legislar y juzgar, mejor en templado

 

Una semana no es tiempo suficiente para que se hayan enfriado los juicios en caliente derivados de la sentencia acerca del asqueroso abuso o agresión sexual, ya lo dirá la última instancia, contra una joven madrileña en la madrugada del 7 de julio de 2016 en Pamplona. El ya inexistente término de “violación” encaja en ambos tipos penales. Hubo juicios en caliente. Muchos. Abundantísimos. Necesariamente gruesos porque los argumentos para emitirlos distaban mucho de los manejados por los jueces. Jurídicamente no me atreví, ni me atrevo, a opinar. Junto a la comprensible repercusión social, hubo políticos que plantearon reformar las leyes para que los jueces afinaran en su interpretación según una partitura más afín a la ciudadanía, que, en buena lógica pero desconocedora de todas las pruebas de cargo, en un cinco contra una, en la intimidad de un portal, a escondidas, percibe una intimidación que, en su definición legal, no han confirmado los magistrados, quienes aprecian que los condenados prevalieron pero no intimidaron.  A este planteamiento de revisión de las normas, algunos otros políticos contestaron con una cantinela repetida: “No hay que legislar en caliente”. Forma parte de la retórica gobierno-oposición. Si un partido huele rédito electoral, juzgará en caliente, aunque lo que juzgue sea una sentencia judicial, y quizá luego no le produzca empacho pedir que se legisle en frío, con la boca más grande o más pequeña según convenga. Lo vimos no hace mucho con el asunto de la prisión permanente revisable, tristemente entrelazado con el asesinato del niño Gabriel Cruz, y lo hemos visto con las agresiones a guardias civiles y sus parejas en Alsasua, donde determinados sectores políticos navarros han optado por ponerse del lado de una manada en versión abertzale.

Juzgar en caliente es injusto, y eso no es juzgar bien. Juicios justos y no otros son los legítimos. Los que creemos que sobre las personas sólo pueden juzgar la justicia y la misericordia de Dios, sí debemos hacer cada día, a cada momento, juicios morales sobre los hechos, discernir el bien y el mal en la realidad que se nos muestra a nuestra subjetividad. Por eso, la calentura, la pasión, el fragor de la batalla, no son buenas aliadas en la hora de decidir. Para los que tienen el grave cometido de legislar o de aplicar la ley, la frialdad absoluta tampoco es la perfecta compañera de camino. Deben atender a la necesidad de reparación de las víctimas y a la protección de otras potenciales, de manera que la reinserción de los condenados sea evaluable, revisable, y no se dé por hecha como un trámite. Por desgracia no lo es en muchos casos. Y ojalá se consiga que llegue cada vez para más personas privadas de libertad.

La templanza, virtud cardinal, en este tiempo en que tan poco se habla de virtudes, nos invita a ser templados al juzgar y al legislar. Sin el calor de la indignación y sin el frío de la tecnificación jurídica, que no es garantía de imparcialidad. En la administración de la justicia, los recursos a más altas instancias abren camino a la consideración de nuevos puntos de vista, y eso templa sin duda, y avala el desenlace. Sin embargo, en los juicios en caliente, tribunales de twitter y togados de pancarta y eslogan, cuesta más templar: la temperatura sólo la baja el siguiente juicio en caliente. Como hay tantos, luego resulta imposible legislar en frío. Templanza pues.

 

En la imagen, alegoría de la Templanza en el primer enigma del claustro alto de las Escuelas Mayores.