Sábado, 21 de abril de 2018

Soñar la realidad

Hay escritores que nos reconcilian con la lectura y mantienen encendida en nosotros esa llama que arde siempre que alguien atiza en nosotros ese interés que despierta siempre la fascinación del mundo, lo fascinante que es el existir y, al tiempo, todas las maravillas que encierra.

Uno de esos escritores es el mexicano Sergio Pitol, que naciera en Puebla en 1933, que obtuviera el Premio Cervantes de Literatura y que acaba de fallecer a los ochenta y cinco años.

En Sergio Pitol, a medida que lo hemos ido leyendo, hemos ido descubriendo toda una serie de cartografías que son otros tantos modos de ir adquiriendo conocimiento y de ir ganando y ensanchando sensibilidad ante el prodigio que es vivir, cuando alguien nos muestra esas lámparas que siempre han de estar encendida, a lo que aludiera el narrador uruguayo Felisberto Hernández (‘Nadie encendía las lámparas’).

Dos son los rasgos que nos han fascinado siempre en la escritura de Sergio Pitol: amenidad y memoria. Toma el escritor la materia de su obra siempre de la vida, del existir, del suyo y de todo lo que le rodea. De ahí que, implícitamente, todos sus libros constituyan verdaderas cartografías a las que se nos invita como lectores.

No vamos aquí ahora a dar un repaso a toda su obra. Solo, sí, a recomendar, por ejemplo, una de sus obras, para que se perciba todo lo que indicamos: ‘Una autobiografía soterrada. Ampliaciones, rectificaciones y desacralizaciones’, que se publicara en el aún reciente 2011.

Con absoluta amenidad y fluidez del lenguaje, Sergio Pitol va entretejiendo, para los lectores, a través de la memoria vital, una cartografía de la vida y otra de las lecturas, de la cultura, de los escritores…, de tal forma que la escritura se termina convirtiendo en una aguja de marear, de orientarnos, de sugerirnos dónde podemos encontrar algunos de los sentidos necesarios para soportar la existencia.

Entre sus escritores, tiene Charles Dickens un altar. Y nos explica por qué. “Dickens está en un lugar preferente del altar de mis héroes. Probablemente lo leí de niño, en algunas ediciones simplificadas. En sus libros se mueve un ejército de niños parias, niños huérfanos perdidos o abandonados, niños maltratados por padrastros o parientes inhumanos, niños encarcelados, niños obligados por verdugos a llevar una vida criminal, rescatados por unos ancianos o ancianas encantadores, que son por lo común personajes maravillosos, generosos, cargados de rarezas y manías afectuosas. Yo era un niño que a los cuatro años perdió a sus padres, … me sentía muy ligado a aquellos niños desesperados creados por Dickens.”

Porque, para paliar ese sentimiento de orfandad, física y metafísica, que todos, por el hecho de vivir, sentimos en algún momento, para paliar ese sentimiento está la literatura, que trata de soñar la realidad, que trata de trascender lo mezquino de la existencia y de salvarnos a través de los ritmos de las palabras y de las historias, a través de hermosas y fascinantes cartografías, para que no nos perdamos en el caos del existir.

Y, en esa tarea, nos acompañan los libros de Sergio Pitol, que, aunque físicamente se haya ido, nos ha dejado unos libros hermosos, que nos consuelan y nos indican que merece la pena mantener esa fascinante llama del existir, hasta que termine nuestro tiempo.