Martes, 17 de julio de 2018
Alba de Tormes al día

Santa Teresa, legisladora de cofradías. El caso singular de Calvarrasa de Arriba (1571)

Varias veces Teresa de Jesús atravesó Calvarrasa de Arriba entre los años 1570-1571 cuando se estaba gestionando la fundación de Alba (25.1.1571)

Iglesia de Calvarrasa de Arriba

El próximo Jubileo de las Cofradías de la diócesis salmantina (sábado 14 abril 2018) me trae a la mente no solo la relación de Teresa de Jesús con la religiosidad popular, sino el caso concreto de unos estatutos u ordenanzas que –según parece- ella compuso para una cofradía salmantina, la de la Virgen del Rosario en Calvarrasa de Arriba, ese pueblo que está a medio camino entre Salamanca y Alba de Tormes, y que desde siempre ha sido paso obligado –como lo es también hoy- por carretera entre ambos lugares. Varias veces Teresa ha atravesado este lugar, sobre todo entre los años 1570-1571 cuando se estaba gestionando la fundación de Alba (25.1.1571).

Una cuestión discutida

Uno de los mejores especialistas teresianos del siglo XVII, el carmelita Andrés de la Encarnación, era favorable a la autoría por parte de la Santa de estos estatutos de la cofradía femenina local de la Virgen del Rosario, aunque no los tenía en su redacción autógrafa original (si es que existió ésta…) , sino en una copia posterior que él mismo transcribió de cara a la edición teresiana que preparaba (Madrid, Biblioteca Nacional, ms. 1.400, fol. 180-185) y que decía exactamente así en su comienzo: “Las Ordenanzas que se han de guardar en la Cofradía de Nuestra Señora, hechas y ordenadas por Teresa de Jesús en el año de mil y quinientos y setenta y un años, las cuales deben guardar todas las personas que fueren cofradas [así!] de la dicha Cofradía, so las penas que tuviere cada capítulo, las cuales son las siguientes”. Los números de estas ordenanzas llegan a 10 (son muy esenciales) y apenas ocupan dos páginas y media.

Los miembros femeninos de dicha cofradía mariana (vienen llamadas cofradas) están obligadas a una serie de prácticas devotas (Misa, procesiones, asistencia a enfermas, moribundas y difuntas de la asociación, etc.) y a pagar los consabidos emolumentos; también trata de las sanciones para asegurar la cohesión de la institución. El texto termina con este final, naturalmente esto se trata de un añadido posterior: “La cual dicha Cofradía es para honra y gloria de Nuestra Señora, y para que con mayor devoción sus siervas y cofradas la sirvan y tengan cuidado en guardar las dichas Ordenanzas, so (bajo) las dichas penas, y así lo ordenó Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús, como se vio, viniendo a este lugar”.

El estudioso carmelita era favorable a la autoría teresiana de este texto legislativo, aunque es tan diverso en estilo al resto de su obra literaria. Hay que entender que más que escribir ella las dichas ordenanzas, lo más probable es que sólo revisó y aprobó un texto anterior redactado, no por ella, y –puede ser- que éste circulara ya como norma básica de dicha cofradía, es decir, lo que hizo fue el avalarlo sencillamente con su autoridad. Porque el texto en sí, leído con detenimiento, no convence de que haya podido salir de la pluma teresiana, y de ahí que actualmente ninguna de las ediciones en curso o en venta de las obras de santa Teresa lo reproduzca, ni siquiera en apéndice o entre los textos de procedencia dudosa.

Después de Andrés de Santa María fue el catedrático Vicente de la Fuente quién  reproduce el texto por vez primera en su edición de las obras teresianas (Madrid 1877), una edición, por cierto, muy depurada y que abrió camino a la crítica moderna teresiana, pero siempre desconfiando de la autoría teresiana y tomando la distancia de Andrés de la Encarnación (vol. I, pp. 537-538).

Ya en el siglo XX, el estudioso carmelita Silverio de santa Teresa, también habla de ello y las reproduce en apéndice dentro de un volumen misceláneo (Burgos 1919) dedicado a textos varios teresianos (Biblioteca Mística Carmelitana 6, pp. 538-539). Mientras que en este mismo siglo sólo le prestó atención otro editor y biógrafo carmelita, el famoso Efrén de la Madre Dios, que en su edición teresiana moderna (Madrid 1954) coloca estas ordenanzas al final de todo (BAC 120, pp. 983-987). En las posteriores ediciones manuales de la Santa dentro de la misma colección siguió reproduciendo el texto, pero (seguramente porque era el único en seguir esta opción dentro de la crítica moderna) en un determinado ha prescindido también de ellas y no ha vuelto a hablar del asunto.

Una tradición popular de Calvarrasa de Arriba

Volviendo atrás en el tiempo nos damos cuenta de que cuando comienza la moderna peregrinación teresiana del siglo XIX, teniendo que detenerse en Calvarrasa cuando ésta arrancaba desde la capital salmantina, se recuerda esta vinculación del pueblo a Teresa. Así le ocurrió en agosto de 1875 a San Enrique de Ossó la primera vez que viajó a Alba de Tormes en diligencia en compañía de pocas personas. Lo dice expresamente Juan Bautista Altés, el cronista del viaje:

“Embebido estaba en estos pensamientos, cuando de repente se ha parado el coche (de caballos).¡Si será posible!, me he dicho yo. ¿Estaremos ya en Alba? Ya me tenía yo creído que sí, por más que lo preguntase; pero… ahora veo que no siempre hemos de dar crédito al corazón. ¡Y eso que me lo decía con tantos latidos! Pues no Señor. Aquel pueblo no era sino Calvarrasa. Viendo que nuestros compañeros bajaban, nosotros hemos querido hacer lo propio, para andar unos pasos por allí. A la mano izquierda del camino hemos descubierto una espadaña que descollaba sobre una iglesita, y allá nos hemos dirigido. Inmediata estaba la casa del señor Cura, amable y bondadoso señor, que al vernos nos ha hecho descansar y refrescar en su habitación. Al ver colgado de la pared un cuadro de la Santa, hemos exclamado nosotros: ¡Hola! ¿Con que también se ama aquí a santa Teresa? –Ya lo creo ¿Pues no se la ha de amar?, ha contestado el señor Cura. Y encareciéndonos su devoción a la Santa, nos ha dicho entre otras cosas, que tenía en su poder un documento muy importante que recordaba el paso de la Santa por aquella Parroquia. Y tan bueno ha sido, que en seguida ha puesto en nuestras manos un antiguo libro manuscrito, donde se hallan las Reglas y Constituciones de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, dispuestas y ordenadas por Santa Teresa de Jesús. Hemos leído todos aquellos capítulos, que como todo lo de la Santa, nos han parecido muy bien… Un ratito hemos estado allí descansando y platicando con el Señor Cura de Calvarrasa, hasta que nos han llamado al coche. Ahora sí (me he dicho al subir), ahora sí que no bajamos hasta Alba” (Revista “Santa Teresa de Jesús” 4 [1875-76] p. 210).

La memoria del hecho no se ha perdido, pero nunca dice que se trate del original teresiano, sino de una copia posterior. Pero la tradición teresiana no se ha perdido en el pueblo, y eso es un dato importante.

Pocos años más tarde, el ya mencionado teresianista Vicente de la Fuente, autor de la que pudiéramos considerar como la primera guía turística de las fundaciones teresianas, dice lo siguiente al respecto:

“El Camino que llevaba la Santa, de Salamanca a Alba, no coincide en toda su extensión con la carretera actual… En él llaman la atención el pueblecito de Calvarrasa y los montículos llamados Los Arapiles, celebres ya en la historia por la batalla a que dieron nombre, al terminar la invasión de España por las tropas de Napoleón…Por lo que hace al pueblecito de Calvarrasa, no puede menos de advertirse que en él hay un recuerdo de Santa Teresa, que no puede omitirse, aunque no se tenga por cierto. Supónese que Santa Teresa fundó allí una Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, en 1581. Pero ya está demostrado que son apócrifos sus estatutos, entre otras muchas razones, porque en aquel año no estuvo santa Teresa en Salamanca, ni, por tanto, en Calvarrasa.

Más bien puede creerse que en este pueblo se hospedaría alguna vez Santa Teresa en algunos de sus varios viajes de Alba a Salamanca y viceversa, y aun se dice lo mismo de la alquería o granja de Pelagarcía (Pelayo García). En la rectoral de Calvarrasa se conserva todavía en el portal un cuadro de Santa Teresa, que la representa en la humilde actitud de barrer, y que se dice haber sido puesto allí como recuerdo de haberse alojado alguna vez la Santa en aquella casa”. (El Tercer Centenario de Santa Teresa. Manual del Peregrino, Madrid 1882, pp. 194-197).

El estudioso y catedrático de Madrid es mucho más escéptico al respecto, pero no deja de constatar la tradición del lugar. A nosotros nos sirven estos dos relatos de viaje del siglo XIX para constatar cómo los caminos de la provincia de Salamanca están llenos de recuerdos teresianos que perviven en el tiempo, a menudo mezclados con leyendas. Pero en este caso concreto de Calvarrasa se nos recuerda un dato teresiano elemental, y es el que ella tuvo que ver a menudo con estas instituciones populares de la religiosidad popular todavía persistentes en nuestro tiempo.

Roce teresiano con las cofradías

No son muchas veces, ni tampoco tenemos muchos datos históricos, pero lo suficiente para decir que Teresa de Jesús no era contraria a estas expresiones y que seguro desde su obra escrita, muy leída y aceptada universalmente, ayudó tanto a la depuración y consolidación de las mismas.

Es en la fundación de Palencia (1580) donde ella misma habla de la cofradía local de Nuestra Señora de la Calle, en cuya ermita precisamente quería fundar el monasterio y, donde precisamente, deja caer que en aquel lugar la devoción mariana no era del todo correcta; se aprovechaba el edificio de la ermita para otros servicios poco recomendables. Y, por eso, para evitar este inconveniente dice que fundó de muy buena gana en aquel sitio (Fundaciones 29,13).

Mientras que en la fundación de Sevilla (1576), por encargo del mismo arzobispo (el cual las había hecho sufrir tanto…), las cofradías sevillanas participaron en la procesión fundacional, y el alto eclesiástico (cardenal Cristóbal de Rojas y Sandoval) queriendo lavar su figura ante todos, se arrodilló públicamente ante la madre Teresa, solicitando incluso su bendición (Fundaciones 25,11-12). Ella ríe y se lo cuenta así a una de sus monjas más íntimas, Ana de Jesús Lobera: “Mire qué sentiría cuando viese un tan gran prelado arrodillado delante de esta pobre mujercilla, sin quererse levantar hasta que le echase la bendición, en presencia de todas las religiones y cofradías de Sevilla” (carta de junio 1576).

Mientras que en la última fundación, la de Burgos (1582), fue víctima de las suspicacias de la cofradía que llevaba o dirigía el Hospital de la Concepción, adonde la habían concedido unas piezas (no tan dignas y aseadas) hasta que encontrara una casa para convento. Lo dice ella misma con cierto dolor, pues estaba sufriendo mucho a causa de la demora del arzobispo (de origen abulense!) en otorgarle el permiso: “los cofrades pensaron nos habíamos de alzar con el hospital, cosa bien sin camino, sino que quería Dios mereciésemos mas” (Fundaciones 31,27).

Inspiración para los tiempos actuales

Ahora la pregunta se impone: ¿qué diría hoy Teresa de Jesús a todas las cofradías que siguen prestando su servicio evangelizador y son la mejor expresión de una fe popular?

No prescindiría de ellas, pero sí que trataría de ayudarlas en su noble empeño recordándoles estos tres puntos que serían como la prueba de discernimiento o de autenticidad para su andadura: 1) Que tengan como objetivo primordial el conducir y promocionar una mejor experiencia de fe en Jesús, sobre todo a través de los sacramentos y de la conducta; 2) que promuevan a través de sus expresiones una vivencia eclesial profunda, siempre en comunión con la Iglesia, “nuestra madre la Iglesia” que diría Teresa; y, 3) que traduzcan en obras concretas su estilo y forma de asociarse, es decir, que cuiden el servicio a los demás y la dimensión social (caridad), porque “obras quiere el Señor” repetía ella a menudo.