Viernes, 20 de julio de 2018

Gaudete et exsultate: Nueva Exhortación Apostólica de Francisco.

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada.

El lunes 9 de abril, fiesta de la Anunciación del Señor, se presentó esta nueva exhortación apostólica de Francisco, quinto documento de rango magisterial, donde realiza una llamada a la santidad en la cotidianidad de la existencia. Le han antecedido otras dos importantes exhortaciones apostólicas: “Evangelii gaudium” (24-11-2013), sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual y, “Amoris laetitia” (19-3-2016) sobre el matrimonio y la familia. Además de dos importantes encíclicas “Lumen fidei” (29-6-2013) firmada junto con Benedicto XVI y “Laudato si`” (24-5-2015).

La exhortación comienza con una llamada a la alegría, las misma palabra que abría la “Evangelii gaudium”: La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. Ha comentado Francisco en alguna de sus catequesis, que la alegría es “la marca del cristiano”, también en lo dolores y tribulaciones. Alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la ternura del Padre. Una alegría misionera, que debe llegar a las periferias más apartadas del mundo. Francisco es el Papa de la alegría del cristianismo.

Desde la alegría que el Resucitado nos deja como don, Francisco hace una llamada a la santidad en cinco capítulos que divide la exhortación. El primero se titula “El llamado a la santidad”. En el mismo parte de la comunión de los santos, todos estamos rodados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. Pero centra su atención en lo que denomina “santos de al lado”, en el pueblo de Dios paciente, como los padres que crían con amor a sus hijos, mujeres y hombres que trabajan para llevar el pan a sus casas, en los enfermos, en las religiosas ancianas que no han perdido la sonrisa.

Confiesa Francisco, que la santidad es el más bello rostro de la Iglesia, en ella todos son llamados a la santidad, pero por diferentes caminos. Subraya los diferentes estilos femeninos de santidad, no solo reflejado en las grandes doctoras de la Iglesia, sino de tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio.

Cada creyente puede ser santo, viviendo el amor y danto testimonio allí donde se encuentra, en la cotidianidad de la existencia y desde la humildad. Pone algún ejemplo: Amando a la esposa o al marido, cumpliendo con honradez en el trabajo, enseñando con paciencia a los hijos y a los nietos el seguimiento el seguimiento de Jesús, luchando por el bien común y renunciando a los intereses personales. Esa santidad irá creciendo con pequeños gestos en la vida diaria, viviendo el momento presente colmándolo de amor, citando al cardenal Nguyên van Thuân: Aprovechando las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria.

En un segundo capítulo, introduce el gnosticismo y pelagianismo contemporáneo, como “Dos sutiles enemigos de la santidad”, en ambos ni Jesucristo ni el prójimo interesan. En el gnosticismo el individuo queda encerrado en la inmanencia de su propia razón o sentimientos, incapaces de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros. Es necesario el uso humilde la razón en la teología y la moral, sin absolutizar las propias teorías que obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan. Es una razón que no respeta el misterio de Dios, así como el misterio del hombre, alejada de la misericordia.

El pelagianismo actual subraya que es la vida que llevamos, el esfuerzo personal lo que no hace santos, no la gracia de Dios. Se sienten superiores a otros cristianos por cumplir determinadas normas o por ser más fieles a un estilo católico. Esto lleva a una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. El nuevo pelagianismo se manifiesta en actitudes diferentes: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, etc. Francisco insiste que necesitamos vivir humildemente en la presencia de Dios, habitar en Dios, en su luz y su amor. En Él somos santificados.

En el capítulo tercero, propone volver a Jesús, a sus palabras a su modo de transmitir la verdad. Es el propio Jesús el que centra la santidad en las bienaventuranzas, que se puede considerar como “el carné de identidad del cristiano”. Es santo o bienaventurado: El pobre de corazón, el que reacciona con mansedumbre, el que llora con los demás no encubriendo las situaciones dolorosas, el que busca la justicia para los más débiles con hambre y sed, el que mira y actúa con misericordia, mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, el que siembra paz a su alrededor integrando y no excluyendo, aceptar cada día el camino del Evangelio aunque cause problemas.

Francisco quiere centrarse en lo que considera la gran regla, el gran protocolo: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35 -26). No es una simple invitación a la caridad, es un texto cristológico, una llamada de reconocerlo en los más pobres y sufrientes, revela en las sus sentimientos y sus opciones más profundas. Para ello, Francisco pide a los cristianos que lo acepten sin comentarios, sin excusas que le quiten fuerza y la hondura de ser el corazón palpitante del Evangelio. Este texto hace una llamada, no hacer solo buenas obras, sino buscar un cambio social en base sistemas sociales y económicos justos, donde no pudiera haber exclusión. Todo ello, sin separar la unión con Dios, no se puede ser santo ignorando la injusticia en el mundo. Pone el acento que no es un asunto menor la situación de los migrantes, frente a los grandes temas bioéticos. Con sonto Tomás de Aquino, no duda en afirmar que las obras de misericordia con el prójimo es la mejor manera de desplegarr nuestro amor a Dios que los actos de culto.

En el capítulo cuarto propone una serie de “notas de la santidad en el mundo actual”, advirtiendo que no es una lista cerrada, no quieren ser todas las que pueden conformar un modelo de santidad, pero son una serie de grandes manifestaciones de amor a Dios y al prójimo.  Las que Francisco cita, las considera de gran importancia debido a los riesgos y límites de la cultura de hoy: Aguante, paciencia, mansedumbre, alegría, sentido del humor, audacia, fervor, actuar en comunidad espacio teologal donde se puede experimentar la presencia mística del Resucitado, la oración constante.

En un último y quinto capítulo que titula “Combate, vigilancia y discernimiento”. Ese combate y vigilancia no solo está enfocado hacia la mentalidad mundana, ni contra la propia fragilidad e inclinaciones, es una lucha contra el mal, contra “el Malo”. Indicando claramente que no es una idea, o un ente abstracto, habla de un ser personal que nos acosa, envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios.

Pero es al discernimiento al que más espacio dedica el último capítulo, en este aspecto sigue el pensamiento paulino y la espiritualidad ignaciana, como elemento de apertura a Dios y la búsqueda constante de su voluntad. Francisco afirma que el discernimiento es un don que hay que pedir al Espíritu Santo y que podemos desarrollarlo con la oración, la lectura y el buen consejo. Es hoy más que nunca es necesario, ya que estamos expuestos a un zapping constante de acciones y distracciones, y se corre el peligro el creyente de convertirse en una marioneta a merced de la tendencia del momento.

Desde la libertad del individuo, pero con la libertad de Jesucristo, es necesario discernir lo que hay en el interior: deseos, angustias, temores, búsquedas. Pero también, lo que sucede fuera de nosotros, los “signos de los tiempos”,  para reconocer los caminos de la libertad plena: “Examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1 Ts 5,21). No es para los momentos extraordinarios, es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor que no excluye los aportes de las sabidurías humanas, pero las transciende. El discernimiento es una gracia, aunque incluye la razón y la prudencia, las supera, porque el objetivo es entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se realiza en medio de los más variados contextos y límites. Para progresar en el mismo es necesario educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos que no son los nuestros; pero también, estar dispuestos hacer renuncias para darlo todo, aceptando esa lógica misteriosa de la cruz.

Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate”