Viernes, 20 de julio de 2018

Don Ángel, Don Manuel, Don Pablo

Con muchos años ha muerto en Sevilla un icono del rejoneo: Don Ángel Peralta. Una institución del toreo a caballo y un hombre que reunió todas las peculiaridades del tipismo andaluz. Extraordinario jinete, poeta, escritor, divulgador, terrateniente. Su historia como rejoneador ha abarcado varias generaciones y patentó un concepto del toreo a caballo basado en el espectáculo, la ligereza y el ditirambo. Los años sesenta, setenta y ochenta hablar de Don Ángel Peralta y a continuación ¡fuera gorras!, era todo uno. Uno de esos personajes emblemáticos que el paso del tiempo parece esculpir en letras de respeto y admiración.

 Pero lo cierto es que su concepto de toreo a caballo, que embobaba a los públicos en aquellos años de Desarrollismo y Transición, fue quedando, poco a poco, pero de forma severa e incontestable, indefenso y superado. En el espectáculo de tríos y cuartetos de rejoneadores (con su hermano Rafael), que paseaban por los pueblos más perdidos de la geografía española y que llenaban las plazas de ese público tan verbenero, las carreras solían ponerlas los Peralta y los quiebros más comprometidos y emocionantes gente de alta categoría lusitana como Lupi.

 En los setenta quien de verdad revolucionó el rejoneo fue un jovencísimo portugués Joao Moura, que con sus actuaciones (cercanías y quiebros imposibles) por toda España y, sobre todo en Las Ventas, puso este arte boca abajo.

 Luego llegó otro don, Don Manuel Vidrié, madrileño, que dio un golpe de autoridad en   la mesa por la pureza y la ausencia de gestos y aspavientos propios de este arte. Toreó desde la silla con economía de alardes, clavando al estribo en los embroques de cerca, con sobria, segura y sucinta doma. Vidrié fue un maestro de lo más valioso del toreo a caballo. De inicios humildes, calentaba los caballos de Álvarito Domecq, alcanzó la cima y el respeto de la afición.

 Creo que la figura, también importantísima en este arte, de Álvaro Domecq puede ser un entreverado entre el aparatosismo fallero de Los Peralta y la contención más auténtica de Manuel Vidrié.

 Y luego llegó un tipo navarro, de Estella (tierra hermosa pero poco rejoneadora) y acabó con el cuadro. Otro don, Don Pablo Hermoso de Mendoza, inventó otro lenguaje de torear a caballo, nuevas suertes, giros nunca vistos, temples jamás conocidos. Tal es así que hay que hablar de un antes y un después de Pablo Hermoso de Mendoza, un artista que, por supuesto (siempre ocurre) ha creado escuela en nombres como Diego Ventura, Leonardo Hernández, Andy Cartagena o Sergio Galán.

 92 años tenía Ángel Peralta, para quien el caballo y el toro fue toda su vida. Una biografía amplia y brillante que pasa a engrosar la historia de la Tauromaquia.