Viernes, 20 de julio de 2018

La razón del agua

Hace tiempo que no llovía tanto y, esta vez, el río ha decidido que no puede más. El río ama la lluvia y la recibe a pecho abierto, se llena de ella, se deja empapar, pero esta vez ha decidido que no puede más porque no está preparado para tanto llanto. Entonces ha perdido el control y ha borrado sus esquinas, ha engordado sus pulmones y ha gritado cauce afuera hasta derramarse. Ha cubierto, furioso, troncos de árboles enteros, tanta hierba, toda aquella porción de naturaleza en la que te sentabas a mirar. Lo ha mojado todo, lo ha engullido todo y ha quedado el mundo como en el principio de los tiempos, cuando todavía no estaban separadas las aguas.

Quiere decirnos algo. Aquella noche cuando, furibundo, hizo crujir el árbol grande y lo arrancó de cuajo, y entonces los pájaros perdieron los nidos a cambio de una isla de tronco flotante para sentarse a descansar, el río nos asustó. El río exasperado, el río que grita triste, el río descarrilado, el río enardecido, el río todo fango quiere decirnos algo. Por supuesto que es difícil comprender sus razones, cualquiera pensaría que un río está feliz de que le lluevan por dentro, de que las nubes le devuelvan lo suyo y le sacien la sed. Pero es verdad que ahora las lluvias llegan a destiempo y torrenciales, hartas de viento y con los pelos revueltos. Llegan, por tanto, cansadas de llover, sacudidas de espanto por cuanto han visto en el trayecto de su evaporación y de su ascenso hasta las nubes, pues han visto los campos rajados de sequía, han visto alfombras tejidas de basura cubriendo el manto fértil de la tierra, sofocando el manto fértil de la tierra, por todas partes. Las lluvias, porque ven este desastre, deciden bajar, espeluznadas, para intentar recomponerlo. Las lluvias llueven a cántaros contra la desolación. Y entonces lloran las aguas. Llora la lluvia cuando cae, desesperada, sobre el hombro del río y le cuenta sus dolores, y el río la escucha, recibe las quejas, bebe esas lágrimas hasta la última gota y se embriaga de pena, queda fuera de sí, se sale de cauce.

Nosotros, los vecinos, asistimos al embate y decimos buenos días, has visto qué cosa. El río está fuera de sí y yo, que le vivo cerquita y entiendo su idioma, me siento preocupada. Aquella noche pensé que el enfado sin borde del río me iba a tumbar la casa, tan fiero, tan gordo, tan revuelto bajaba.

Hay cosas que se anuncian despacio en señales que, en otro tiempo, los chamanes sabían comprender.

Una semana después de aquella noche empapada, el puente se quedó sin agua. El puente, de repente, amaneció montado encima de un desierto de arena nunca antes visto, el río se había ido de él. Entonces miré con la boca abierta y supe que era hora de invocar al chamán, de intentar convocarlo para preguntarle qué pasa con el río que primero se desborda y luego se nos va, qué pasa. El río es mi amigo porque vivo a su vera, conozco el gorgorito que hace cuando duerme, lo oigo madrugar y bostezar y, después, orientar con su murmullo a las cigüeñas cuando llegan a verlo en las mañanas. ¿Qué pasa con el río, señora chamán, qué pasa? Parece enfermo, engorda barro y se derrama y, después, desaparece. Los vecinos estamos preocupados ¿qué pasa?

Ha pasado que el río, en sus días de ruido y de furia, ha roto, cansado, los muros que orientan su curso, los muros que lo apaciguan, que lo alisan y lo ensanchan. Y ahora, sin presa, el agua va por donde quiere, que es por donde siempre ha ido desde que el cosmos decidió que por aquí pasara. Hoy, el río es un caudal angosto y belicoso que ocupa solo un tercio de su antiguo lecho, un torrente primitivo que enrosca remolinos y rugosidades líquidas. El río Tormes ha redescubierto su primera querencia, ese paso agitado que, tal vez, fue el mismo que brincaron las mujeres decididas a volver a sembrar alegría en este lado del mundo aquel primer Lunes de Aguas. Ese paso turbulento hacia la dicha cuando decide llegar desordenada. En estos días, por tanto, el Tormes se agita rebelde y prehistórico, desata sus crines revueltas, nos saca a todos la lengua y hace un baile de velocidad agitada. 

La señora chamán nos lo ha aclarado todo. Ha dicho que mientras los bípedos sin plumas estamos perdidos en asuntos virtuales de pantalla en pantalla, los entes de la tierra se reúnen para discurrir y, entre ellos, ninguno discurre mejor que el agua. Entonces deciden escuchar sus razones. Y la dejan revolverse, llover hasta el cansancio, engordar, encabritarse, romper a golpes las presas, reencontrar los viejos buenos caminos por donde volver a empezar. Y así nos salvan. Los duendes de la tierra, de esta pobre tierra nuestra seca exhausta embasurada sucia maltratada, nos salvan cuando se acogen sin reparos a la razón del agua.

Salamanca, 6 de abril de 2018