Miércoles, 25 de abril de 2018

Gloria

Teresa Chicaba, la esclava africana que llegó a ser monja dominica en Salamanca

Después del dolor viene la gloria. Por lo menos así es en las celebraciones religiosas de la Semana Santa y de la Pascua. Cristo ha pasado por el máximo dolor y entrega, hasta la muerte, y al tercer día después de la muerte, resucita. Esta es nuestra esperanza. Porque también nosotros pasamos por situaciones de dolor y padecimientos de todo tipo. Y sabemos que el dolor no tiene la última palabra.

Incluso en la vida de la naturaleza, aunque este año la cosa viene con más retraso, ocurre que después del invierno regresa de nuevo la primavera, vuelve la vida. Y así ocurre en todo orden de cosas.

La vida de los cristianos es una vida nueva de resucitados. Aun cuando a veces nos muerda la muerte del pecado y de los vicios, sobre todo de los vicios o pecados capitales.

Pero también llama la atención con frecuencia la vida de dignidad, incluso de santidad de muchas personas, generalmente humildes y que suelen pasar desapercibidas. Pero ahí está su vida de amor, de dedicación, en la que aportan lo mejor de su entrega a la superación de las limitaciones de nuestro mundo. “Seamos tú y yo buenos y habrá dos pícaros menos”, dice con toda razón la expresión popular.

En estos días, he tenido ocasión de ponerme en contacto con un grupo de mujeres que, como tantas otras, dedican su vida a la espiritualidad, a la oración y a la atención a las personas desde su plataforma de personas escondidas en el silencio de la clausura de un monasterio. Se trata de una visita e intercambio del grupo misionero de la delegación diocesana de misiones, con la comunidad de madres Dominicas Dueñas. Incluso rezamos con ellas la oración de vísperas propia de este tiempo de Pascua.

Nos interesaba, sobre todo, aparte de departir con ellas, conocer y entrar en contacto con una monja negra, llegada de África como esclava en el siglo XVII y que, después de múltiples peripecias, fue aceptada como hermana o seglar de tercera orden, en el convento de Santa María Magdalena de la Penitencia que, a su vez, terminaría uniéndose al convento de madres dominicas de Salamanca.

Esta monja negrita, pudo finalmente hacer su profesión y emitir sus votos religiosos el 29 de junio de 1704, y cambió su nombre original de Chicaba por el de Teresa Juliana de Santo Domingo.

Pero lo más interesante de esta africana original es que desde los ocho años, cuando fue reducida a la condición de esclava, ya estaba en búsqueda del conocimiento del Dios verdadero, ya que no le convencían los dioses naturales o animistas con que pretendían educarla sus padres y familiares.

Hecha esclava por personas de origen cristiano, recibió enseguida el bautismo, convencida de haber encontrado finalmente al Dios verdadero. Incluso tuvo alguna visión de una mujer con un niño vestido de blanco, al que desde entonces quiso dedicar y entregar su vida, cosa que llegaría finalmente a realizarse cuando entró en el convento de las madres dominicas.

Una vez en el convento, donde le permitían hacer libremente lo que ella quisiera, se dedicó con gran amor a atender a las monjas mayores y enfermas, y a los servicios más humildes de la vida conventual, cosa que llamaba extraordinariamente la atención de todos los que la conocían, que dieron testimonio de su entrega y santidad.

En estos momentos, se están siguiendo los estudios para proponer la beatificación y canonización de la monja negrita, la madre Teresa Chicaba. Es el triunfo de la virtud y de la santidad. Es el logro de la más llamativa victoria, es decir, ha alcanzado ya la máxima gloria. Gloria que, mirándonos en nuestra humilde monja africana, podemos conseguir también nosotros, como la han conseguido tantos santos a lo largo de toda la historia de la Iglesia.