Martes, 24 de abril de 2018

A vueltas con la muerte y la vida

Ciertamente, creo que este Jesús no fue entregado a la aniquilación a través de la muerte. Nuestra fe en su presencia junto a Dios, su exaltación, su resurrección y su vida se deriva como de forma automática de nuestra comunión con Dios —pero en constante referencia a la condición humana de Jesús—, sin que desde luego sea posible hacer afirmaciones sobre el modo de su presencia.

GERD LÜDEMANN

De ahí que sea preciso subrayar que la resurrección de los muertos no es una garantía de supervivencia personal más allá de la muerte. Si pretendemos mantenernos fieles al testimonio bíblico, no podemos separar el destino individual del de la comunidad —cuerpo de Cristo— y del de todo el orden creado.

JOSEPH BLENKINSOPP

La resurrección constituye el elemento central del cristianismo, es el punto de inflexión del ser cristiano. En la realidad de la resurrección entran decisiones sobre casi todos los demás puntos de la fe y la teología, sin ella misma no habría nada. No es lo que viene después de la muerte de Jesús, no lo es todo, pero pone en marcha una nueva relectura de todos los relatos históricos anteriores, todas las confesiones de fe, todo el Antiguo Testamento, todo el Nuevo Testamento, recobra una nueva dimensión desde la vida de Jesús. Los textos son claros, esa nueva realidad es una obra de Dios, el crucificado, muerto y sepultado, ahora está vivo. Dios habla en el sinsentido más profundo de la cruz. La resurrección vino a mostrar que Jesús tenía razón, que Dios estaba de su parte. El Dios de Abraham, de Jacob, de Isaac, de Jesús, es un Dios de vivos y no de muertos, como se venía anunciando a lo largo de toda la historia de Israel.

La resurrección de Jesús, va más allá de la historia, forma parte de la realidad de Dios, con lo que con temor y temblor nos acercamos a esa realidad misteriosa, que en sus formulaciones de fe de los primeros testigos nos acerca a lo inefable. Las confesiones dan sentido a esa realidad misteriosa que nos supera y nos sobrepasa. El amor misericordioso de Dios se va desvelando en el acontecer histórico, así como en la vida de cada persona, siempre como un destello silencioso donde aproximamos, pero sin poder tocar del todo final. Lo inefable y misterioso no es lo que no comprendemos, sino lo que nunca llegaremos a comprender del todo, para ello necesitamos tiempo para caminar en esa realidad que nos supera. Es preciso vivir silencio, que lo calla todo como decían nuestros queridos místicos, el misterio es una realidad que solo puede ser palpada en la noche oscura del alma, por la ausencia, que es a la vez presencia.

En este nuevo repliegue de la creación, el hombre va descubriendo una realidad interna que le ahonda en el sentido más profundo del misterio, más allá de la realidad exterior del hombre,  que se va consumiendo y que un día será puro despojo en una tumba. El espacio del misterio se abre con más intensidad en su corazón con un mayor anhelo de infinito, cuanto más se consumen sus fuerzas vitales externas que acabará siendo pura caducidad y no más que cenizas. Esa querencia de absoluto (L. Boros), se despliega aún más en todo aquello para lo que el hombre ha vivido, creado, amado y padecido, valores que irradian en el mundo bondad, comprensión, benevolencia, justicia y misericordia. En la esfera de la interioridad, en el hombre interior, se consume toda la realidad del mundo, en el lenguaje teológico, el hombre es ese ser capaz de morir en Dios.

En la muerte se separan esas dos curvas de la existencia, el hombre interior y el exterior, ahí tiene lugar la última interiorización del mundo. Es en la muerte donde nos desposeemos de lo caduco y tiene lugar la interiorización total de la existencia, completando su realidad más profunda. En la muerte se desvela el misterio y se alcanza lo Absoluto, es el momento de la decisión total frente a Dios. El hombre, en la realidad de la muerte, alcanza desde el amor la plenitud de lo Absoluto, llegando a la hondura de su propia realidad que no pudo conseguir en su finitud. Es aquí cuando cobra todo su sentido la palabra resurrección, que no la vuelta al mundo finito o de los vivos, sino la plena realización en el amor de Dios. La corporeidad se irá convirtiendo en persona, el saber en visión, el conocer en palpar, el entender en oír. Caen las fronteras del espacio: el hombre existirá inmediatamente allí donde le arrastren su amor, su anhelo, su felicidad. (L. Boros)

Las primicias de la resurrección se dieron en el hombre de Nazaret. Si el Viernes Santo acabó en catástrofe, en el “silencio de los silencios” que reduce a sus seguidores al miedo, a la negación y la huida, poco tiempo después y casi sorprendentemente se inicia en Galilea una nueva primavera. No se puede precisar el tiempo, pudieron ser tres días, o incluso más, el misterio necesita tiempo para ser desvelado. Lo cierto, que muchos de sus amigos, empezando por las mujeres, experimentan en una visión a Jesús vivo, y este acontecimiento condujo a una reacción en cadena sin igual. En en Jesús, el Cristo, que por la acción de Dios, será el primero ha penetrado en lo ilimitado de la vida, del espacio, del tiempo, de la fuerza y de la luz. Como consecuencia de su resurrección, alcanzaremos todos los hombres esa vida esencial. Lo entendieron bien sus amigos, Dios lo había exaltado, arrebatándolo de la cruz, en ese silencio cobró todo su sentido la palabra de vida. Dios habla al mundo en Jesús crucificado, en la muerte de un justo se despliega de nuevo la creación.

La resurrección de Jesús ha creado historia, el ser humano puede encarar la muerte con una renovada esperanza y correr su misma suerte del Galileo. Como Jesús, esperamos desplegar toda nuestra existencia realizada, penetrando en lo ilimitado de la vida, del espacio, del tiempo, de la fuerza y de la luz, alcanzando esa vida esencial, que sus amigos humildemente llamaron resurrección. Esa es nuestra esperanza y nuestra alegría.