Martes, 24 de abril de 2018

Elogio de la ciudad pequeña

         Cáceres tiene el encanto de lo inesperado, el de la sorpresa, el de un centro histórico tan bien guardado que parece el regalo diminuto escondido en el puño que se abre al visitante con un hermoso despliegue de calles, portadas, iglesias, museos, rincones inolvidables. Deliciosamente preservado, fuera del tráfago de centro de la ciudad, de la franquicia, del bar, de la vida diaria, el regalo monumental de Cáceres rodea al visitante como un abrazo de piedra y escalones que recorrer admirados antes de irte, maravillado, a pasear por un Paseo de Cánovas que me devuelve al pulso diario de la ciudad extremeña. El que conocí como funcionaria y amante de una ciudad llena de gente a la que quiero. Para mí Extremadura es la ruta del afecto, el rincón del abrazo, el encuentro con el paisaje amarillo y verde, agua de lluvia generosa, carretera interminable. Tierra de mis afanes y de mis amores.

         Tierra generosa que se abre al visitante con cierta timidez. Cáceres está llena de gente y a mí, por mucho que me desagraden las multitudes y me parezca inaudito hacer cola para ver el aljibe árabe, me gusta ver así la ciudad. Soy la enamorada que goza oyendo cosas bonitas de su amor. No puedo por menos de disfrutar con que los otros disfruten lo que amo, y además soy práctica, pienso en el empuje económico de esta riada de gente que hace fotos, deambula maravillada por las calles estrechas y se defiende del frío, frío inusual, pero calor humano. Tiendas abiertas donde florecen el queso y el aceite, el pimentón y las botellas donde se guarda la esencia de una tierra generosa. Más allá de la ciudad de provincias de fiesta, con calles de procesión y procesión turística, de abrazo amigo y de licor de bellota, el campo es una bendición de flores amarillas, de agua que rebosa las charchas, de cigüeñas de puntillas sobre los humedales. Los pueblos se suceden, llenos de gente de vacaciones que ha venido de sus lugares de trabajo a disfrutar de un tiempo de promisión. Sigue haciendo frío y el hotel rural tiene un silencio gris de nubes y vacas felices al borde del cercado. Miel densa y espacios secretos para el encuentro con una dulce reconversión: la de las fincas de ganado que se convierten en hoteles donde el viajero se deja llevar por caminos inusuales. Un regalo inesperado, el fuego del hogar, la comida contundente y ese silencio… un silencio de encinas y aperos de labranza. La carretera rumbo a Cáparra es una fiesta de agua, y de nuevo, la gente, la gente que recorre la antigua ciudad romana, que se detiene en los bares de carretera a pedir un bocadillo. Gente, coches, niños que corren, luz fría de Semana Santa y procesión en la autovía.

         Es el elogio de lo pequeño, la ciudad de provincias, el rincón recoleto. Es la escena que se vive en Salamanca, en Ávila, en la Zamora más entregada a la Semana Santa. Es el tiempo de admirar aquello que, de tan cercano, nos es desconocido. Y en mi caso, es el tiempo de recuperar lo que viví y amo. Benditos sean estos días.

Charo Alonso / Fotografía de Fernando Sánchez Gómez.