Viernes, 20 de julio de 2018

En abril, Wences Moreno

Nació en Peñaranda de Bracamonte el 17 de abril de 1896 y falleció en Nueva York el 20 de abril de 1999. Su universidad, como la de tantos autodidactos inquietos, fue la del zarandeo. Sus aulas, apenas dejada atrás la enseñanza primaria, fueron consecutivamente el obrador de una confitería, las paredes encaladas de cualquier obra que requirise la brocha gorda del pintor y el taller de un tornero. Luego quiso ser torero, pero pronto se vio que la gloria no le llamaba desde el albero, así que se decidió por el espectáculo. Cuando Wenceslao Moreno comenzó en 1928 sus escarceos en los minúsculos escenarios de Peñaranda y de otros pueblos de Salamanca, improvisando chistes y presentando a las vedetes en las matinées, apenas sabía nada de Nueva York ni de sus estrellas. Pero estaba destinado a compartir cartel, a colaborar unas veces y a rivalizar otras con los más populares del espectáculo a partir de los años cuarenta, como Dorothy Lamour, Glenn Miller y Dane Kay.

Los años treinta fueron los de su graduación en escenarios de Madrid y Barcelona. Se había decidido ya a ser ventrílocuo. Desde pequeñito le gustaba gastar bromas a las vecinas imitando las voces del cartero y del alguacil. Comprendió que los cachetes que le deparó  entonces esa habilidad no eran sino una prueba de su eficacia: las vecinas se enfadaban porque picaban. Cuando Wences Moreno me contaba estas ocurrencias de su niñez me surgió una duda. ¿La ventriloquía es la capacidad de hablar con el estómago? La respuesta del artista fue bien tajante.

–Eso es un cuento chino. El ventrílocuo lo que tiene que hacer es imitar voces lo más verosímiles posible y sin que se le note demasiado el movimiento de los labios. Eso, como casi todo, se va mejorando con el tiempo.

Habíamos dejado a Wences Moreno demostrando su gracejo y sus habilidades en algún teatro de Madrid o Barcelona. Pronto se le quedaron cortos los auditorios y quiso cruzar el charco: Argentina, Paraguay, Uruguay, Perú, Bolivia, Méjico...

–Hasta que viajé a Estados Unidos; era el año 1942 –sigue contando–. Recuerdo que estaba sentado en un bar de Nueva York y un individuo no dejaba de mirarme desde la mesa de enfrente. Yo me temía que fuese policía, porque entonces se hablaba mucho de la vigilancia de la inmigración y del fisco. Se acercó a mi mesa y me preguntó si no era yo el que había visto actuar un mes antes en el teatro tal de Buenos Aires. Le dije que sí. "Pues le contrato para que trabaje aquí, en Nueva York. Soy empresario". Le contesté que era imposible, porque yo no hablaba inglés. Por increíble que parezca eso no le importó. Me aseguró  que traduciría mis intervenciones al inglés y que yo las aprendería de memoria. Y así fue, tuve éxito y me quedé  a vivir en Nueva York con el nombre artístico de Señor Wences. El Ayuntamiento de Nueva York puso una placa con su nombre en una calle de Broadway.

  Wences fue teniente de las tropas aliadas durante la segunda guerra mundial y llevó  su espectáculo al frente. Su popularidad le permitiría tratar con cuatro presidentes de los Estados Unidos: Roosevelt, Eisenhower, Kennedy y Nixon. Cuando tuve ocasión de hablar personalmente con él por primera vez ­–en 1986, próximo a cumplir noventa años de vida– continuaba trabajando en las temporadas de otoño e invierno en América. Primaveras y veranos los dedicaba a descansar y a pescar truchas en el río Tormes a su paso por Alba de Tormes. En el mundo de la ventriloquía Wenceslao Moreno fue espejo de las últimas generaciones de profesionales españoles, entre los que se cuenta su sobrino José Luis Moreno. No se retiró de las actuaciones regulares en los escenarios hasta 1994, y todavía en 1996 tuvo fuerza e ingenio para pregonar las fiestas septembrinas de Salamanca, ciudad que le ha distinguio con su medalla de oro y el nombre de una calle próxima a la Puerta de Zamora..