Lunes, 18 de junio de 2018

Atardecer en la dehesa

“Todos los hombres mueren, pero no todos los hombres viven realmente”. Con esta frase prestada de la película Braveheart finalizaba José María Olazábal su discurso tras la Ryder Cup de Medinah, en la que Europa se imponía a los Estados Unidos. La frase continuaba así, “y vosotros me habéis hecho sentir vivo nuevamente”, refiriéndose a sus jugadores, quienes habían logrado la hazaña de remontar un amplio resultado en feudo rival, ante un ambiente claramente hostil. Pues bien, de regreso del Campeonato de España de Minibasket de selecciones autonómicas, celebrado en San Fernando del 24 al 28 de marzo, podría asegurar lo mismo respecto de los miembros del “equipo regional”, como hubiera bautizado Antonio Díaz Miguel a este pequeño ejército de espartanos.

 

No tengo estadísticas que lo demuestren, pero me atrevo a afirmar que un alto porcentaje de la población dedica un alto porcentaje de su tiempo en oficios que le reportan una buena cantidad de dinero a invertir en bienes inmuebles, mercancías portátiles y fungibles, vacaciones terapéuticas y cenas espléndidas. Lo celebro: es su forma de aproximarse a la vida, una suerte de hedonismo de nuevo cuño que consiente ciertas servidumbres a cambio de pequeños y suculentos placeres –algunos grandes y muy suculentos, todo hay que decirlo. Lo celebro, pero no es mi forma de concebir este pequeño cuento, al menos por ahora.

 

En mi caso, como en el de los que me acompañan de regreso en el autobús (un magnífico grupo profesional y humano, por cierto) a falta de cinco horas de viaje, prefiero militar en ese pequeño porcentaje de la población que invierte su tiempo en actividades en las que se vuelca por completo, física y mentalmente, emocional y espiritualmente. No envidio al propietario de un Ferrari ni al turista en Bangkok. Sí, en cambio, del actor de teatro en plena función, las manos del pianista de jazz hipnotizado por su propio movimiento. También al voluntario que se dedica a la acción humanitaria y no piensa nunca en lo que podría estar haciendo, o cobrando, de haber volcado su talento y su formación en la economía retributiva.

 

El premio, en casos como estos, es que no hay premio. Ni tras una dura derrota, cuando cuesta encontrar consuelo, ni tras la más importante victoria, a la que seguirán, igualmente, el silencio y el olvido. No lo hay, no, y no lo confundan con una medalla o un trofeo, un símbolo que diferencia, tal vez, al más apto, fuerte o inteligente, pero no al que vive una experiencia más intensa, lo que es difícil de cuantificar (y tampoco importa). El premio, que no es tal, es en todo caso la sensación de vacío que pone fin a la función, anunciado por el sonido de la bocina, el 0 en el marcador del tiempo, el punto y final de esta columna que se mezcla con el sol que se esconde en el horizonte de la dehesa con la frágil promesa de que, pasadas unas horas, volverá a aparecer.

 

 

*A todos los jugadores de la selección mini masculina 2006 de Castilla y León, a mis compañeros de cuerpo técnico –Rafa, Elí y Cristina– y también a Raquel y Pablo, parafraseando a William Wallace y al propio José María Olazábal, gracias por hacerme sentir vivo nuevamente.