Sábado, 23 de junio de 2018

Es muy fácil ser del montón...

La gente que no lee tiene la mentalidad muy reducida. La vulgaridad tiene siempre a su favor la facilidad. Es muy fácil ser vulgar, ser como todos, ser del montón, del mínimo común denominador. Es a lo que nos enfrentamos hoy en día. La lectura es la única manera de salir de la prisión del presente. Leer es entrar en un mundo de horizontes infinitos. Quien no lee está limitado a sus circunstancias más próximas: al cuñao, los vecinos, la tele, los juegos, etc.

Lo peor de todo esto es que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, y que el vulgar proclame e imponga el derecho de la vulgaridad como un derecho, así lo afirmaba Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas”. La vulgaridad hace crecer rápidamente a la maldad por lo que enfría el amor y la bondad de la sociedad, que cae en la miseria moral y la ruindad.

España está cautiva como pocos de la estulticia de un falso progresismo rayano con una patente vulgaridad, un progresismo siempre vacuo, que se entretiene con el separatismo decimonónico, la mentira antifranquista y la demagogia sobre la brecha salarial, ahora sazonada con las pensiones. Todo al final para tapar la inoperancia de la clase que pretende administrarnos y los que nos administran. Mientras la revolución tecnológica avanza a una velocidad de vértigo, y la amenaza migratoria se dispara consumiendo unos recursos que deberían haber recaído en los que trabajaron toda su vida. Como decimos en Castilla “el pez grande se come al chico, y el rápido se come al lento”. Nuestros hijos se van fuera preparados a trabajar y nos quedamos con el poso del café que no sirve ni para taco de escopeta.

Afrontar los conflictos desde la debilidad es una triste vocación política a la que nos enfrentamos cada día más en occidente. Las democracias, incluso la sociedad, pagan terriblemente su debilidad y desunión, que impregna todos los ámbitos. Los países de peso real que defienden nuestras libertades y no juegan a beneficios a corto, medio o largo plazo con las amenazas reales y perentorias para nuestra seguridad, no pueden permitirse esperar la benevolencia de los tiranos, que se revuelven siempre cual escorpión o serpiente para volver a picar. Cada cual debe ser consciente de su responsabilidad sino parece que los regímenes de la libertad son más volubles y menos eficaces en defender la seguridad, el honor y los intereses de sus ciudadanos, que los regímenes autoritarios, populistas o dictatoriales. Pasa igual a nivel humano nos pasamos la vida esperando ante sociópatas que triunfan a costa de la bondad de la mayoría.

Construir un orden humano de acuerdo a un ideal elaborado a espaldas de la naturaleza humana ha llevado a cometer los crímenes más espantosos. Pretender imponer a la naturaleza humana un orden perfecto e ideal se lleva por delante no sólo la libertad, sino la vida de millones de personas. La velocidad a la que nos obligan a montar a tren de la vida deja cada vez a más gente apeada, y hace que la falta de escrúpulos sea la tónica que va imperando.

La libertad es algo frágil y delicado, cuesta conseguirla y cuando se consigue cuesta mantenerla. El deseo de libertad vive en todos los seres humanos pero no equivale a la ausencia de normas, y entre sus atributos está algo tan sencillo como la educación y la cortesía. No hay que dejarse amedrentar por esta forma de chantaje emocional que trata de impedirnos decir lo que queremos decir, y actuar naturalmente conforme a lo que somos y al sentido común, el más común de los sentidos de los seres humanos para que la tontería no siga avanzando a pasos agigantados, y volvamos a sentirnos personas.