Viernes, 20 de abril de 2018

Pozo de desigualdad sin precedentes

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Esta frase no es una ocurrencia mía,  sino el titular que resume el informe anual del Defensor del Pueblo relativo a 2017 para España presentado esta semana en el Congreso de los Diputados. Sabemos que la crisis económica provocó un caos en los servicios públicos esenciales sin precedentes en la reciente historia de nuestro país: cada día hay más listas de espera en la sanidad, más niños por profesor en cada escuela, más gente que se encuentra en el umbral de la pobreza y no pueden llegar a fin de mes con recursos suficientes, más trabajadores con salarios indignos y más jubilados que, a pesar de ver que sus pensiones no se actualizan periódicamente (como mandata el artículo 50 de la CE), tienen que hacer esfuerzos para alimentar a hijos que se encuentran en paro y a sus nietos. Todo esto es real, a pesar de que la propaganda oficial del gobierno de M. Rajoy y los datos macroeconómicos confirmen que nuestro ritmo de crecimiento es innegable, “a velocidad de crucero” como decía el ex ministro De Guindos hace sólo unos meses.

Precisamente por esto último hay que denunciar, como se hace desde la Institución del Defensor del Pueblo, que habiendo crecimiento económico las políticas llevadas a cabo no han sido las correctas y “han actuado como un corrosivo, dañando el entramado institucional y la cohesión social” y “hay que actuar para hacer retroceder estas políticas”, puesto que “no hay mejoras económicas sin un mayor bienestar social y con mejores derechos”.

Esta precaria situación económica para los más débiles y el incremento de la brecha de renta entre ricos y pobres ha sido denunciado reiteradamente por organizaciones e instituciones de todo tipo. Intermón Oxfam, por ejemplo, ha manifestado que las 20 mayores fortunas de nuestro país han incrementado su riqueza en un 15 % en los años de la crisis mientras que el 99 % de la población ha disminuido sus ingresos en otro 15 %. De igual manera, el sistema fiscal es regresivo, grava muy poco a los que más tienen en relación a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Este panorama ultra liberal y desigualitario debe corregirse; de lo contrario, si continúa incrementándose la brecha y el Estado no sirve de corrector de estos graves desequilibrios sociales, la marginalidad, la conflictividad social y los índices de delincuencia crecerán a un ritmo muy peligroso en los próximos años.

Pero esta deriva en los derechos sociales y económicos en España no es la única, puesto que también los derechos individuales han sido objeto de restricción constante con los gobiernos del PP presididos por M. Rajoy. Esta misma semana, el principal diario sueco Aftonbladet (la hoja de la tarde) ha calificado a España como “Estado autoritario en el que se abandona la libertad de expresión”. En este rotativo, la periodista Johanna Frändén cita algún caso como la persecución de la tuitera Cassandra (condenada, aunque luego absuelta por el TS) por los tuits relacionados con el asesinato de Carrero Blanco. Ejemplos de este calibre se están dando demasiado en nuestro país en los últimos tiempos.

Hace pocos días, sin ir más lejos, El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (Estrasburgo) condenó a España y le dio un fuerte tirón de orejas por haber condenado a penas de prisión a dos manifestantes que quemaron fotos del rey. Para el TEDH esta conducta no es delito, sino el ejercicio de la libertad de expresión, que, en este y otros muchos casos, no es respetada en España.

Por desgracia, esta realidad seguirá siendo ignorada por el gobierno de M. Rajoy y por los miembros del PP, que están sumidos en la mentiras, manipulaciones y presuntas corruptelas permanentes. Las últimas demostraciones, las de esta misma semana, protagonizadas por la política madrileña de “la coleta rubia”, Cristina Cifuentes, quién, con su templanza y aparente dulzura comunicativa parecía que iba a rescatar a la Comunidad de Madrid del fango de corrupción política en la que esta sumida, pero hemos comprobado que esa aspiración se ha diluido inmediatamente como un azucarillo en una taza de café. Si ya lo dice el refrán: “líbreme Dios de las aguas mansas, que de las bravas ya me salvo yo”.