Lunes, 25 de junio de 2018
Ciudad Rodrigo al día

La memoria de los “desterrados” republicanos: el esforzado “exilio” de Teodora Samaniego Ovejero

Su heroicidad ha consistido, primero, en sobrevivir en el contexto de aquel casi exterminio fascista de la familia Ovejero en 1936

La hazaña de Teodora Samaniego Ovejero no es de las que “hacen historia” en los medios de comunicación. No. Su heroicidad ha consistido, primero, en sobrevivir en el contexto de aquel casi exterminio fascista de la familia Ovejero en 1936 y, en segundo lugar y como corolario de esta tragedia, en haber realizado una impresionante travesía hacia un exilio económico que la llevó de Robleda, su lugar de nacimiento, a Ronchères (región de Borgoña), en Francia, donde ha criado una familia numerosa. Teodora es un “archivo viviente” que no ha sido posible consultar a tiempo, con plena fiabilidad de su testimonio, debido a que su memoria solamente se ilumina a fogonazos. Así lo hemos comprobado en un reciente y tardío encuentro en el domicilio de su hija Marie des Anges y su  esposo Christian Bourotte en Saint-Fargeau (25/02/2018). No es seguro que, después de diez años de convivencia y al cabo de más de sesenta de separación, hoy Teodora identifique al encuestador. Pero no es razón para que éste deje en el olvido su increíble odisea.

Teodora (“Teora” para los suyos) nació el 7 de enero de 1932. Sus padres, Rafael Samaniego Toribio (tejedor) y Juliana Ovejero García (sus labores), la bautizarían con ese nombre en recuerdo de una tía materna fallecida poco antes (1929). El matrimonio tenía otro hijo, llamado Pablo, nacido en 1926. A sus 6 años quedó huérfana del todo y a los 7 también perdió a su hermano. Todo ello a consecuencia de las estragos anímicos que en estas personas causó la matanza fascista que se llevó por delante a tres hermanos y un cuñado de su madre: Ángel, Juan y Julián Ovejero García y José Mateos García (para detalles, cf. Iglesias,  Represión franquista: cap. I; “Croniquillas”, 24/08/2016, 06/09/2016; y “Secuelas”, 03/08/2017).

Es posible que, por su corta edad (4 años), Teodora no llegara a medir todo el peso de la tragedia familiar en 1936, pero sí debió de sentir pronto el aislamiento de su entorno inmediato, al quedar huérfana y sin su hermano, pues del lado paterno no llegó a conocer parientes cercanos (abuelos o tíos carnales) y por el lado materno la parentela también se había reducido a su mínima expresión en Robleda. En 1938, junto con Pablo, halló amparo en los abuelos maternos, Serafín Ovejero y Claudia García, cuyo hogar era un muestrario de retablos de duelos donde ya figuraban su tía María Antonia Ovejero, viuda, y sus primos Anastasio (“Tasio”), Josefa (“Pepa”) y Félix Mateos Ovejero, huérfanos de padre. Teodora aprendió a sufrir y recordar en esta escuela de vida, porque a la otra no asistió (“para mí no hubo escuela”). Y esta desgracia también hay que ponerla en la cuenta de los causantes de los estragos mayores. Serafín, analfabeto, no creyó necesario dar instrucción a sus hijos y nietos, pero en su descargo, en lo que atañe a estos últimos, conviene señalar que ya era mayor cuando le llovieron las desgracias y en la escuela local, como en el ayuntamiento y la iglesia, mandaban quienes las habían causado, a los cuales no podía ni ver.

En las instantáneas que afloran en la memoria de Teodora apenas se perciben sus padres, sin duda piadosamente silenciados entre los supervivientes de aquel naufragio, pero sí emergen las imágenes de su hermano, cuya enfermedad y fallecimiento fueron de inevitable evidencia (“el muchacho se hinchó como un bote”, según su tía Mª. Antonia). Pablo Samaniego era un niño que, en vida de sus padres, sí había tenido ocasión de ir a la escuela, donde, por su inteligencia y desparpajo, llamó la atención de Filiberto Villalobos en la visita al pueblo que efectuara cuando fuera ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes (dos veces entre 1934 y 1936). Debió de regalarle libros y entregarle algún diploma, o quizá enviarle alguna carta, que su hermana llegó a palpar y le han permitido fabular copiosamente sobre los proyectos para Pablo de aquel hombre benemérito, admirado en la familia. Por ésta sabría algo de la persecución que también le afectó y ella lamenta (“cómo habrán metido en la cárcel a un hombre tan bueno”). Accesoriamente y sin acritud, responsabiliza a la abuela Claudia de la destrucción de aquellos documentos, después de morir el nieto.  Pero esto es fácil de entender, porque en la España  del nacional-catolicismo, creada por y para el castigo de los “desafectos”, era muy peligroso ser víctima republicana y dar indicios de empatía con otros perseguidos. El miedo en modo alguno era infundado.

Su tía Mª Antonia se casó en segundas nupcias en 1941, con Juan Iglesias, llevándose a los primos Tasio y Félix para el nuevo domicilio, situado en “El Portugalillo” (barrio o calle del Rincón), así llamado porque casi todos sus vecinos engañaban el hambre con el recuso del contrabando fronterizo. Teodora y su prima Pepa siguieron con los abuelos. Claudia falleció en 1942, pero las niñas permanecieron con Serafín, de humor cada vez más imprevisible, tanto que la tía optó por llevarse a su hija con ella.  Para Teodora no había cobijo en la exigüidad de aquella casa (de dos piezas para cinco personas, incluido un niño tardión, nacido en 1943), así que se quedó con el Abuelo, en quien ella siempre ha visto un protector que, precisamente por su mal genio, se hacía respetar. Y no le faltaría razón, porque Serafín, a pesar de sus rarezas, sería consciente de que, entre todos sus desgraciados nietos, esta niña era la más desvalida y él, su más cercano pariente, debía velar por ella. A su modo la respetaba y quería (“nunca me pegaba, aunque gritaba”). Murió en 1945.

Teodora tenía 13 años entonces. Ante esta renovada orfandad no le faltó el arrimo necesario de sus tíos más cercanos, Mª Antonia y Juan, pues la familia de Jesús Ovejero, el único hijo varón de Serafín que se libró de la furia asesina en 1936, no residía en el pueblo. En adelante compartió los avatares de su nuevo hogar, en el que sobraban las necesidades y faltaban los vicios en aquellos bien llamados “años del hambre”. Pero al menos no tuvo que salir de la casa del Abuelo, pues le tocó en suerte cuando ella, su tío Jesús y su tía Mª Antonia se repartieron el magro capital de Serafín Ovejero. La “casa de la Calleja” (parte de la calli de la Guaña) no era una holgada mansión señorial. Pero allí, en torno a Mª Antonia, se recompuso un solidario grupo de parentesco, integrado por tres hermanos, un medio hermano pequeño y una prima hermana, cuyo cabeza de familia hasta entonces nunca la había tenido, al menos conocida, pues era hospiciano. Eran siete personas en total, sin otros ingresos que el sueldo de 60 pesetas al mes que le calculaban por entonces a Juan Iglesias (si no estaba en paro forzoso), cuando un kilo de pan podía llegar a costar 1’30 pts o más en los años cuarenta. Para que luego digan que no existen los milagros…

En la consecución de este milagro cotidiano participaron todos los que podían hacerlo. Tasio empezaba a buscarse la cagada de lagarto como criado o preparando carbón de brezo en la Sierra; y el resto del grupo, descontados el niño pequeño y quien lo cuidara (“la madre, la Pepa o la Teora”), contribuía al sustento guardando la porcada de los vecinos del pueblo. Después los componentes de la familia cuidaron ovejas y sembraron tierras propias o ajenas, como medieros. Durante diez años Teodora compartió con sus primos las habituales miserias en Robleda, que al filo de los cincuenta se fueron haciendo más llevaderas, hasta que los tres mayores de aquéllos emigraron a Asturias, el más pequeño fue admitido en un colegio de religiosos en Madrid y ella se casó.

Teodora contrajo matrimonio en 1954 con Pedro Collado Martín, con quien compartía un pasado doloroso. Pedro era hijo de emigrantes en Francia, donde nació  (Saint-Denis, 1931). Como otros muchos, a causa de la crisis económica mundial, antes de la guerra civil se vieron obligados a regresar a Robleda, donde el padre fue asesinado por los fascistas en agosto de 1936. Se llamaba Juan Collado Mateos, apodado “el Chinas”, quizá por el oficio de picapedrero o constructor de paredes secas, de 29 años, hijo de Santiago y de María Rosa, casado con María Martín. Como se expuso en las “Croniquillas” (13/08/2016), fue detenido en las afueras del pueblo, cuando regresaba del carbonar, quizá la víspera de la fiesta de la Asunción (15 de agosto). Casualmente, en el pueblo Mª Antonia Ovejero se encontró con la patrulla de carabineros y falangistas que lo llevaban arrestado. El prisionero, con permiso del comandante del grupo (por deducción, Bernardo García, brigada de Carabineros), habló con ella, pidiéndole que avisara a su esposa para que le llevara ropa limpia a la cárcel local. Pocos días después el brigada García declaró haberlo puesto a disposición del Comandante Militar de Ciudad Rodrigo (Inf.R/36), donde estaría detenido en alguno de los locales carcelarios, pero no en la prisión del partido judicial, donde no se registra su entrada. De allí sería sacado para su ejecución clandestina en torno al 20 de agosto.

De acuerdo con la tradición católica, el matrimonio de Pedro y Teodora engendraba y criaba “todos los hijos que Dios enviaba”, casi uno por año; pero no se debe excluir que, siendo la única superviviente de su casa, ella deseara tener una familia numerosa. Hasta 1960 les nacieron cinco dagalinus, a quienes bautizaron con nombres de abuelos, bisabuelos y tíos: Juliana, María Jesús (fallecida), Juan, Jesús y María de los Ángeles. Pero la economía familiar, sin providencia alguna por parte de la Administración, no daba para satisfacer tantas bocas. Así que Pedro decidió emigrar a su país de nacimiento y Teodora dio su acuerdo a condición de que no lo hiciera él solo (“nos vamos todos o ninguno”). Esta condición se formularía más tarde. Los desplazamientos migratorios durables solían hacerse en dos partes, aunque no siempre estuvieran programados. Primero se aventuraba el padre con empleos temporales y, si la experiencia era positiva, emigraba el grupo familiar.

Teodora estaba otra vez encinta a finales de 1961, antes de que hacia febrero del año siguiente Pedro marchara con otros robledanos para efectuar trabajos en los bosques de Clamecy (departamento de Nièvre). Al cabo de unos meses, regresó  a Robleda, donde el matrimonio tomó la decisión de emigrar definitivamente con la familia al completo. Se desconocen las circunstancias exactas en que Pedro cruzó de nuevo la frontera, quizá nada más dar a luz su esposa, probablemente debido a temidas o reales dificultades para obtener la documentación adecuada. Teodora arregló la suya en julio de 1962; al mes siguiente dio a luz a su hija María-Ascensión (15/08/1962, fiesta de la Asunción de la Virgen María). Y quince días más tarde (01/09/1962),  sin encomendarse a Dios ni al Diablo, sin haber nunca antes ido más allá de Ciudad Rodrigo, sin saber leer ni escribir, realizó una proeza  de esas que, como se avanzó antes, no vienen en los libros ni en las crónicas deportivas, pero ha dejado huellas en la memoria de Robleda. Una travesía heroica de unos 1.350 kilómetros por tierras extrañas, en coche de línea y en tren, llevando de inicio un bulto a la cabeza, una casi recién nacida en brazos o al cuadril y a otros cuatro niños menores de siete años de reata, atados por la cintura para que no se perdieran. De aquel viaje solo recuerda lo bien que se portaron, con ella y sus hijos, los empleados del ferrocarril en Ciudad Rodrigo y por el camino.

Del otro lado de la frontera Pedro esperaba al intrépido grupo de viajeros, que después de casi 600 Km., no habían efectuado ni la mitad de la andadura que se prolongó hasta Ronchères (departamento de Yonne). El primer patrón francés le había aconsejado a Pedro que buscara allí trabajo, empleándose en un criadero de pollos. La familia residió en esta localidad entre 1962 y 1966 y después se instaló en la cercana Saint-Fargeau. Estos trasiegos domiciliarios y cambios laborales suponían esfuerzos añadidos al mantenimiento de la numerosa prole, dada la dificultad de comunicación al principio, sin más personas de habla española que dos familias de Robleda en su entorno (una de apellido Gallego y la de un hijo de “tio Goyo”, José Mateos).

En Francia al matrimonio le nacerían otras cinco criaturas entre 1963 y 1973, cuyos nombres de pila se fueron afrancesando más o menos en la grafía, aunque inspirados en la onomástica de tradición familiar: Rafaëla, Mercédès, Marie-Jésus, Paolo y Manuela. En el país vecino no ataban los perros con longaniza. Pedro y Teodora tampoco lo esperaban, pero les vinieron bien las asignaciones familiares, la concesión de vivienda pública y la gratuidad de la escuela con que la República Francesa incentivaba su política demográfica. En el mismo sentido se beneficiaron de préstamos que les permitieron adquirir vivienda propia (1976) y un terreno de cultivo en la misma propiedad, cuyo fruto  se añadía al salario del cabeza de familia, a cambio del incremento  del trabajo de todos. Con estas ayudas y el sacrificio personal sin fallo, Pedro y Teodora sacaron  adelante a los diez hijos e hijas, a quienes inculcaron los principios de la moral recibida, el respeto y la laboriosidad, que ellos predicaron con el ejemplo. Todos los  miembros de la fratría han estado o están casados o en pareja, de modo que la descendencia del matrimonio emigrado de Robleda cuenta con una veintena de nietos y una decena de biznietos.

Los componentes de este amplio grupo de parentesco se sienten franceses, por adopción o nacimiento y por reconocimiento y educación, aunque tardaron 15 años en adquirir la nacionalidad francesa (1977). No pudieron  aprender bien español por falta de profesor en el colegio de Saint-Fargeau  y porque sus padres no tenían medios adecuados para ir de vacaciones a España, a la cual, por otro lado, tampoco tenían gran cosa que agradecer, como todos aquellos para quienes la emigración fue injusta secuela franquista. No han vuelto a Robleda más que una vez (1991). Pero algunos nietos sienten el tirón nostálgico de las raíces lejanas, que seguramente adivinan como un sustrato familiar en la persona de la abuela Teodora. Quizá no lleguen todos a saber que, más que por parecido físico, por su diminuta figura, su animada expresión gestual, su modalidad lingüística rebollana (entreverada en ese “frañol” que otros emigrantes hispanos practican) y su sentido de la réplica, es un vivo retrato de su tía Mª Antonia Ovejero. Como ella curiosa, inquieta, andariega, parece desplazarse sin pisar el suelo. Teodora conserva un innato sentido del humor e incluso, como si fuera un don del cielo, una inocente alegría, que ha sobrevivido a la precipitada muerte de su marido (23/03/2006).

De su Robleda natal solo conserva una reliquia de su madre. Un pañuelo rameado para el cuello del que no se desprende ahora en el centro donde la cuidan.

En el estado poroso de su memoria, que no le permite integrar en su presente una retrospectiva de su pasado,  Teodora no es consciente de la dimensión heroica que tiene su odisea. Antes tampoco había hecho alarde de nada, quizá porque ha intuido que, en sustancia, su vida es solo un pequeño capítulo de la gran diáspora migratoria española, la gran epopeya moderna del pueblo español que los grandes historiadores españoles hasta ahora no han descubierto todavía.