Domingo, 27 de mayo de 2018

Un recorrido por la Semana Santa tradicional de la provincia

Juan Francisco Blanco, director del Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca, nos acerca a  las celebraciones identitarias que proporcionan carácter a las localidades salmantinas
Serradilla del Arroyo vive la Pasión ante la mirada de miles de visitantes / Foto: Adrián Martín

La provincia salmantina vive con intensidad la Semana Santa y mantiene tradiciones en las que están presentes tanto la religión como la superstición. La Semana Santa marca el final del invierno y el Domingo de Pascua supone la apertura a los rituales relacionados con la primavera y la naturaleza. Con la resurrección de Cristo queda atrás el dolor en el que incide la cultura popular durante estas fechas, como asegura Juan Francisco Blanco, director del Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca, quien subraya que “entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua siempre está presente la muerte, el dolor y la sangre porque el cristianismo plantea que Cristo muera y resucite para redimirnos y se centra más en el sufrimiento”.

El Domingo de Ramos es una de las celebraciones con mayor fervor popular. “Quien no estrena el domingo de Ramos no tiene ni pies ni manos…” se sigue escuchando en la provincia, donde la  bendición de los ramos sigue siendo uno de los momentos más esperados. Las palmas y las hojas de laurel siguen teniendo ese sentido protector contra las brujas y la caída de los rayos y es que “el laurel servía para la elaboración elementos de protección de la casa como ramos para las ventanas y balcones, cruces de palo para clavar en las puertas o de hojas entrecruzadas para los dinteles para proteger las casas”, indica Juan Francisco Blanco.

Pasión por el teatro popular

La pasión por el teatro religioso popular, que se prohibió en la Edad Media, queda reflejada también en las imágenes que acompañan las procesiones, y se mantiene el montaje de los monumentos en las iglesias, una actividad en la que se entremezclan la religión y la superstición. Según explica Juan Francisco Blanco, “algunos actos son pequeñas representaciones porque la necesidad de la dramaturgia forma parte de la cultura popular”. Recuerda, por ejemplo, que hasta mediados del siglo XX en Gallegos de Solmirón se representaba ‘Los Judíos’, escenificación en el que gente del pueblo desempeñaba el papel de judíos en los ritos del Jueves y Viernes Santo y también del Domingo de Resurrección y caían al suelo durante la celebración religiosa”.

Desaparecen también las pequeñas costumbres que se relacionaban con las supersticiones, como el agua bendita que se llamaba “el agua de socorro”. “La guardaban en las casas y si un niño pequeño estaba a punto de morir se utilizaba para bautizarlo. En el ámbito campesino se hacía con un espíritu protector, especialmente se mantenía el agua en los dormitorios y en las dependencias del ganado y se utilizaba con un aire supersticioso”, apunta Blanco.

Celebraciones identitarias

‘El Cabildo’ en Navales, el Domingo de Ramos, y ‘El Tálamo’ en Béjar, el Jueves Santo, son celebraciones identitarias que proporcionan carácter a estas localidades de la provincia. Las procesiones (particularmente la del Santo Entierro o carrera) han convocado una devoción desbordada, salpimentada de rasgos locales: el Dainos en Cantalapiedra, el Jueves Santo, y ya el viernes el Juitas en La Alberca, el Cristo de San Martín en Salvatierra de Tormes, el de la Cama en Peñaranda de Bracamonte, el Amarrao en Vitigudino. También los víacrucis, como el que los hombres llevan a cabo con solemnidad y emoción en Villoria, o el de Pedrosillo de los Aires, que remata con la subasta de los banzos del Cristo para meterlo en la iglesia. Los descendimientos, como el de Lumbrales y las pasiones representadas en La Alberca, Serradilla del Arroyo y Candelario (se está implantando también en Tierra de Ciudad Rodrigo). El Domingo de Pascua proporciona marco a la procesión del Encuentro entre la Madre y el Hijo; la primera es despojada del negro manto de dolor para proclamar la alegría de la Resurrección por medio del blanco.

Ledesma representa, delante de Santa María la Mayor, ese encuentro literalmente a la carrera. Peñaranda de Bracamonte, en cambio, ofrece la singularidad de un personaje, el Arcángel San Miguel (representado por un niño con sus alas), que proclama la Resurrección de Cristo y da pie para quitarle el luto a la Virgen María, y que recuerda el personaje protagonista de otro rito popular, en idéntica fecha, conocido como la Bajada del Ángel, en Aranda de Duero o Peñafiel, entre otros lugares de la región.

En La Vellés, la singularidad la ofrecen los niños que llevan roscas de pan en la procesión. En Sotoserrano, los muchachos descuelgan y queman el Judas, después de voltearlo hasta desentrañarle la paja en el aire de la Plaza Mayor.