Jueves, 21 de junio de 2018

Dos historias de mujer en Montijo

El grupo ‘Lazarillo de Tormes’ realizó una nueva repreentación de la obra del dramaturgo irlandes Denis Rafter, ahora en la localidad pacense de Montijo
Uno de los momentos de la representación de 'Teresa, la jardinera de la luz' en la iglesia de san Pedro

Hasta esta localidad extremeña ubicada en la provincia de Badajoz, se ha desplazado este pasado fin de semana el grupo de teatro ‘Lazarillo de Tormes’ para poner en escena una vez más, su tan aplaudida “Teresa, la jardinera de la luz”. A pesar de la gran cantidad de actuaciones que llevarán a cabo a lo largo de todo este año por otros muchos pueblos de la provincia de Salamanca que todavía no conocen este montaje, como así ha sido el deseo de nuestra Diputación, compromisos ya fijados previamente, reclaman su asistencia. Este ha sido el caso de algunas poblaciones de Extremadura que han tenido por fin ocasión de ver la representación este fin de semana. Y Montijo fue la primera de ellas en la tarde-noche del sábado 10 de marzo. Nueva provincia, Badajoz, así como nueva archidiócesis, la de Mérida-Badajoz, las que han podido unirse a los éxitos que tan entregadamente acaparan este grupo y su singular obra.

Gran pueblo lleno de Historia desde los albores de la Humanidad, y rodeado de una hermosa y fértil Naturaleza, Montijo se emocionó con otra historia no menos hermosa y fértil como es la que nos cuenta Teresa, la jardinera de la luz, que ha sabido condensar en su magnífico guión, lo más elemental y esencial de la vida de una mujer que ahora llega hasta nosotros a la luz de una nueva perspectiva, la que nos ofrece ‘Lazarillo de Tormes’ en su trabajo. Su sencilla escenografía, que tan sólo necesita de un altar de cualquier iglesia, unos hábitos femeninos de estameña como lo eran los de las carmelitas del XVI, o el del padre dominico que las interpela, así como el púlpito al que se encarama, bastan para trasladarnos a una atmósfera de la que enseguida nos sentimos cómplices. Con la música que procede de un órgano que emula al que tocara el maestro Salinas coetáneo de Teresa, el público asistente queda atrapado sin remisión en los hilos de una historia que se nos acerca con tanta naturalidad y ricas facetas en el contexto y personajes que lo habitan, que enriquece a todo aquél que lo contempla. Se entiende así que por muchas veces que se repitan las actuaciones, cada una de ellas es irrepetible, de la misma manera que ahora se entiende como tal, la existencia de esta nueva Teresa que conocemos.

Pasear por Montijo y sus alrededores es como llegar de muchos caminos procedentes de otras tantas épocas de la Historia y que han dejado su huella en esta localidad para darle la entidad e identidad que ahora la conforman. Desde vestigios prehistóricos, pasando por sus villas y calzadas romanas que la unen con Portugal, hasta su repoblación medieval, luchas napoleónicas, plagas, sequías, revueltas sociales, crecimientos y recesos, que tan bien refleja su patrimonio civil y religioso, contribuye a hacer de esta localidad un todo que aporta riqueza y lo proyecta al futuro. La leyenda de una mujer, que sólo recogió de este pueblo un título nobiliario, el de condesa, ha hecho, sin embargo que su recuerdo se paseara por toda la Historia, pues el nombre de Eugenia de Montijo, pasará a la posteridad, no sólo por ser Emperatriz de Francia, sino por ser una adelantada a su tiempo: una mujer del siglo XXI, que habitó en el XIX. No vivió en Montijo, pero hizo famoso el lugar del que heredara el título nobiliario por ser mujer de un Emperador de la familia Napoleón, y ganar altura propia a su lado con su inteligencia, elegancia y atrevimiento frente a cualquier hombre, mujer o crítica de su época.

Con sus calurosos aplausos, Montijo dejó constancia de la admiración de otro perfil de mujer que también supo moverse por su época, sin miedo y pisando fuerte para lograr sus objetivos. Teresa de Jesús en su modesto hábito de lana de oveja, supo al igual que Eugenia en sus trajes de seda, estar a la altura de las circunstancias. La una de la mano de su Majestad del Cielo; la otra llevando la de un Emperador de Francia. Ambas luchando por las mujeres de su desigual sociedad. Las dos viviendo una espiritualidad que las sujetaba en un mundo en el que siempre lucharon. Cultas, seductoras, indomables a la vez que duras y humanas, pisaron tierra para llegar por distintos caminos a lo más alto. La iglesia parroquial de san Pedro Apóstol, de origen gótico, y terminada en la época de la carmelita, aunque con sus pertinentes reformas posteriores, guardó en su interior como una más de las obras de arte que encierra, otra historia de mujer que en “Teresa, la jardinera de la luz”, nos regala su auténtica verdad.