Martes, 19 de junio de 2018

Desencanto y agresividad ...

Siempre se han dado la inestabilidad y las amenazas en el mundo porque lo que no varían son las perversiones humanas, los pecados capitales y las pasiones que nos arrastran, y llevan a unos cuantos a intentar dominar a los demás.  Hoy se conquista y se domina a través de la economía, la influencia mediática y la psicología. Ante los acontecimientos que se suceden a todos nos toca reflexionar. Este fin de semana se ha dado luz a un caso más de violencia doméstica que ha acabado con un infanticidio; que gracias a Dios la Guardia Civil ha sabido solucionar una vez más. Las dificultades de la clase política y de la economía agudizan los problemas y la conflictividad social en muchos países, y en el nuestro en particular. Es evidente, la existencia de un desencanto y agresividad que, poco a poco, se apodera de millones de ciudadanos al no ver satisfechas sus expectativas por parte de los que deben administrarlas,  muchas de ellas fruto de otros que mueven los hilos para crearlas.

El voto de castigo o la abstención, las manifestaciones detrás de tal o cual bandera, etc…, en tanto que, reflejo del fracaso de los programas, va siendo la tónica que se ve de forma patente, sin visos de solución. No es más que la constatación de la incapacidad, cada vez menos de la clase política, y más de la sociedad vacua de valores, para llenar un espacio que ha ido quedando vació a medida que las promesas no eran seguidas por los hechos. No se han encontrado soluciones adecuadas a los grandes problemas mientras se ha repetido hasta el aburrimiento frases como: “se ha tocado fondo en la crisis”, “los signos de mejora son evidentes”, “el paro empieza a descender”, "nuestra política internacional es la adecuada", “la brecha salarial tiene la culpa”, etc ..., sonsonetes mil veces de todos conocidos …

Excluida la protesta violenta, constatados los nulos resultados de las huelgas generales, la única salida es la protesta democrática, la cual, en ciertos casos, puede inducir al ciudadano hacia posiciones extremistas, que a través del monopolio de ciertos valores, que incluyen los sentimientos más profundos que ligan al hombre con su tierra, quieren romper el Estado con la ruptura de las reglas democráticas, ante la cristalización de una serie de sentimientos difusos que se concretan en la intolerancia hacia el que no piensa ni es como uno. La sociedad ha llegado o está llegando en los últimos años también a una nueva forma de terrorismo: el terrorismo de género que lucha sin un objetivo claro más allá de la autodiscriminación. La sociedad al completo acabará pagando muy cara la factura de desacreditar a un género para beneficiar a otro. No se pide la igualdad sino la destrucción de un pilara fundamental de la sociedad occidental como es la familia. Los hombres abusados y desacreditados por sus méritos, y las mujeres que esperan ganar respeto por el mero hecho de ser mujeres no van a llegar muy lejos. Es una completa pérdida de eficiencia y valores que puede llevarnos a la desaparición de los géneros, ya que la suma se está convirtiendo en una resta, y el resultado será la extinción final de la civilización occidental. No es fácil intuir a quién beneficia y quién puede apoyar esta tendencia. La ciberguerra nadie se la toma en serie, y es fácil de ganar cuando a la sociedad se la vacía de valores. Un ejemplo claro es que Estrasburgo ha dado su razón a quién quema la foto del Rey, máximo representante de la Corona de España y de la Jefatura del Estado, simbolos que como la bandera, algunos han jurado defender incluso con su vida. Cabe preguntarse cada día más quién merece más respeto el ciudadano o el delincuente, parece también que el delincuente por serlo tiene derecho a una segunda oportunidad, a la reinserción a costa de los que penan cada día por llevar el pan a su casa. No se puede caer en el buenismo ni en el infantilismo. La vida es muy dura y no da segundas oportunidades al que sale a la calle a ganarse el pan con el sudor de su frente. El delincuente puede robar hasta el final de sus días a sus vecinos y luego incluso al Estado en la carcel donde recibirá ayuda, reinserción, una paga, e incluso jubilación. No hablemos de los inmigrantes y los refugiados que merecen un respeto, pero también ellos deben respetar el país que los acoge. Por todo ello y más, sigue sin tomarse del todo en serio ese renacimiento de la intolerancia y la frustración, que en definitiva, conduce a los movimientos extremistas y a los nacionalismos en ocasiones, al final, xenófobos.

Los nacionalismos extremistas y demagógicos, al igual que cualquier pancarta excluyente, se suelen autoproclamar los únicos defensores de su patria, su cultura y de los parados, por culpa de un enemigo ficticio, y justifican su existencia por la incapacidad de la clase política – de la que voluntariamente se excluyen – para defender sus intereses particulares frente a los demás que no son como ellos. Tras esa falacia, falta de contenido político, se oculta el apetito de poder de aquellos que no conciben más discursos que los suyos, que se basan en la verdad-mentira, bondad-maldad, patriotas-traidores, y hace imposible toda discusión porque no se puede discutir lo absoluto. Difícilmente se puede ocultar la vacuidad de su discurso ante el eterno descrédito lanzado sobre el enemigo, porque los movimientos demagógicos y extremistas no conocen opositores ni contrincantes, sino únicamente enemigos que se proponen destruir por el bien de todos. Si los extremismos levantan cabeza es debido, en parte, a que la democracia y los partidos que la encarnan no son capaces de hacer frente a los retos del presente con un lenguaje y una praxis que se identifique con las preocupaciones de la ciudadanía.

Cuanto más débiles sean los contenidos comunes que unan a los gobernantes y gobernados, tanto más fuerte será el sentimiento de opresión, ausencia de libertad y desigualdad, es decir, mayor será la desorientación de la sociedad. Se da así un discurso intolerable que encuentra eco en aquellos que se sienten abandonados por la sociedad. La democracia en su vocación por ser la vertiente política de una sociedad abierta, ha tendido en los últimos lustros a deslizarse desde la aceptación de todos a la indiferencia entre todos, y en una época de crisis de valores y económica, como la que se va adueñando de Europa y otras partes del mundo, la lucha por mantenerse en el poder va degenerando en un sálvese quien pueda, y los populismos más extremos.

 Las fuerzas democráticas no demostraron, después de la primera guerra mundial, la suficiente presencia de espíritu para sobreponer los intereses democráticos por encima de los partidistas y económicos, y al final estuvieron a punto de perder la democracia y su propia existencia. Vamos camino de repetirlo.

No puede tolerarse que la intolerancia se adueñe de parte de la política, y del día a día, y para evitarlo no hay otra solución que la de anteponer los intereses de la sociedad, a los de grupos más o menos poderosos, y reconstruir un lenguaje político y social basado en la realidad, no en demagógicas afirmaciones, promesas, controversias históricas, religiosas, o de género, y tranquilizadoras descripciones de un futuro radiante en el que nadie puede creer desde la perspectiva actual. Cuando se emplea la demagogia no se ofrecen soluciones. La democracia está atacada por la indiferencia, y cuando ésta se desprecia como insignificante, es que el lenguaje democrático está siendo superado por la demagogia. La democracia es, en periodo de crisis, decir la verdad ante todo, y dar soluciones rápidas y a solucionar otro problema. El ciudadano demócrata comprenderá y agradecerá que se le diga la verdad sobre los problemas que le atañen. Lo contrario es practicar la demagogia, que es el lenguaje del totalitarismo o de los necios.