Jueves, 21 de junio de 2018

El niño Gabriel Cruz y el misterio del mal

     La aparición en un maletero del cadáver de Gabriel Cruz, 8 años, me ha llenado de tristeza, aunque ya me estaba temiendo algo parecido desde el segundo día de su desaparición. Por cierto, parece que, una vez más, la Guardia Civil ha hecho un gran trabajo, aunque queda todavía el paso por el juez y el juicio y hay que respetar la presunción de inocencia y todas las garantías legales, por más presión mediática que haya (muchos guasap me han llegado pidiendo que reclame determinada pena para la sospechosa, cosa que, desde luego no pienso hacer, pues nadie me ha nombrado juez, aunque sea parte, como todos, porque a todos nos afecta una tragedia como esta). Tampoco pienso echar leña al fuego de la hoguera de la xenofobia por el hecho de que la sospechosa sea extranjera, pues sería absurdo pensar que todos sus connacionales son lo que todavía no se ha demostrado que ella pueda ser. Sería un absurdo más de los muchos que nos rodean y amenazan con acogotarnos. La muerte de este niño es una muestra más del misterio del mal que nos rodea, por más que intentáramos meter la cabeza bajo el ala.

     Sin pensar ahora en la concentración del mal que se ha producido y se produce en catástrofes como la de Chernóbil o Fukushima, en nuestra Guerra Incivil, en el Holocausto nazi (Soha), en los Gulags comunistas, en las carnicerías de las dos guerras mundiales, o en esa guerra asimétrica librada por el yihadismo, o en las contradicciones del sistema capitalista, que siguen sin resolver el problema del hambre, ni el de los refugiados, ni el futuro de nuestro planeta como casa común, ni los coletazos de la, dicen, pasada crisis económica, que sigue haciendo pulular a los empobrecidos y a los descartados por la fortuna en los ambientes en los que me muevo, que, por suerte, no son los más pobres que imaginarse pueda. Sin pensar en estas grandes catástrofes, que están ahí y nos influyen, la muerte de Gabriel Cruz ha reabierto dolorosamente mi memoria personal:

     Y así, recuerdo al alumno del Fray Luís que murió en Béjar, en unas vacaciones de Navidad, de un martillazo en la cabeza. Alguien le golpeó con una bolsa de deportes en cuyo interior había un martillo.

     O el caso de Alberto, también alumno del Fray Luis, scout del Grupo Altay y enamorado de la montaña. A pesar de su experiencia, preparación y extremo cuidado con el que escalaba, cometió un fallo absurdo, la cuerda se le quedó corta, cayó desde no mucha altura y se fracturó el cráneo, muriendo a las pocas horas.

     O el primer entierro que me tocó celebrar en una de mis primeras parroquias, cuando un agricultor de mediana edad se bebió un frasco de veneno empleado para sulfatar los frutales. Por más que Florentino, el médico, se empleó a fondo y yo le ayudé como pude, sacando fuerzas de flaqueza, no pudimos salvarle la vida y tuvimos que rendirnos ante el fracaso.

     O el caso de Quique, enamorado esposo y brillante padre de familia, al que no le gustaba cazar, pero sí salir al campo con los amigos y, como fruto de un despiste tonto, acabó pegándose un tiro sin querer, falleciendo poco después.

     U otro alumno brillante, de sobresaliente, anoréxico, que sacaba las máximas calificaciones sin apenas alimentarse y que, cuando estaba en la Universidad, acabó suicidándose de forma harto ingeniosa e inteligente.

     El misterio del mal es muy potente y merece mucho respeto, pues a poco que nos examinemos a nosotros mismos, lo notaremos bullir y aflorar por nuestras venas espirituales. Y, si la vida nos sonríe y todo nos va bien, puede suceder , y sucede, que la persona a quien más quieres, de repente pierde la cabeza y en pocos meses pasa de la máxima inteligencia a no saber dónde está ni como se llama su nuera, a la que hasta hace pocas semanas quería mucho.

     Estamos a las puertas de la Semana Santa. O sea, en vísperas de revivir cómo el misterio del mal se cebó contra un inocente hasta desnudarlo completamente, clavarlo en una cruz y dejarlo morir de forma totalmente injusta.

     En sustancia, recordando una famosa pintada de cuando éramos jóvenes y no pudimos viajar a Francia en el verano de 1968 porque cerraron las fronteras después de la movida del Mayo 68, resulta que “Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo últimamente, una vez aparecido el cadáver del niño Gabriel Cruz, no me encuentro muy bien”.

     Pero, haciendo memoria histórica- es decir, personal y subjetiva- de estas catástrofes humanas ocurridas durante mi vida, constato que he encontrado fuerzas de flaqueza para, primero, seguir adelante, y además con alegría y, en la medida de mis posibilidades, intentando ayudar a los demás. ¿Cómo ha sido posible? Pues porque los cristianos, enfrentados al misterio del mal, somos frágiles y pobres, tan pobres que nuestra máxima riqueza es una tumba…vacía…La Pascua está cerca; pero no, ya ocurrió en el pasado, hace algo menos de dos mil años…bueno, lo que me interesa es que está ocurriendo ahora, hoy, cuando escribo estas líneas.