Jueves, 21 de junio de 2018

De tontos, ni un pelo

La conocida frase “Ladran, luego cabalgamos”, erróneamente atribuida a Cervantes, viene muy bien para definir la actual maniobra de confusión del independentismo catalán. A juzgar por el desarrollo de los acontecimientos, alguien podría pensar que no debe tener muy claro su objetivo aquel que una y otra vez tropieza en la misma piedra. Esa deducción ha sido un error de cálculo de los gobiernos de turno: pensar que los soberanistas, como no acaban de conocer todos los requisitos de la Administración, incurren repetidamente en un rosario de “defectos de forma”. La demostración de que saben muy bien lo que hacen es que llevan dos meses sin gobierno y todo hace pensar que la solución ni está próxima ni tienen ninguna prisa en alcanzarla.

Cuando Jordi Pujol accedió a la Generalidad, en 1980, ya puso los cimientos de un nacionalismo aparentemente ligth, pero muy sabiamente alimentado por propios y extraños. Que los propios nacionalistas promulguen leyes cuya finalidad sea impregnar a la población, desde su más tierna infancia, del complejo de víctima de una España opresora e injusta, es algo que siempre cabría esperar. Lo que no es de recibo es que se tolere tal conducta, a pesar de las continuas sentencias, y no se vigile el exacto cumplimiento de las mismas. Por si esto fuera poco, también es difícil de comprender cómo algunos gobiernos de Madrid, por obtener el apoyo necesario para ocupar La Moncloa, no han dudado en engordar esos mecanismos de rechazo, accediendo a verdaderos chantajes, tanto políticos como económicos. Ahora comprobamos que Pujol –y todos los que le han sucedido- han seguido a rajatabla el mismo plan. No sólo conocen perfectamente los entresijos de la política sino que están sorprendiendo al Estado una y otra vez.

La amalgama de partidos independentistas que afloran en España no mueve una ficha del tablero sin medir sus consecuencias. Es verdad que la aparición en escena del artº. 155 ha supuesto el primer revés en todo un conjunto de “goles” que se habían ido apuntando en su casillero, más por dejadez de varios pilares de la Administración Central que por mérito de los soberanistas. En cualquier caso, hemos llegado a un punto que convierte el tema en un problema de difícil resolución. Por haber dilatado en exceso la toma de decisiones, ahora nos encontramos con una importante masa de soberanistas capaces de enfrentarse al Estado, convencidos de que, por miedo al qué dirán, nunca creerá oportuno tomar medidas severas. El hecho de haber opuesto una resistencia pasiva, sin apenas empleo de la violencia, ha sido interpretado como una patente de corso que les hace aparecer ante los demás como sufridos súbditos de un Estado que se muestra inflexible a su razonable petición.

La ausencia de una política exterior que contrarreste la tergiversación de nuestra historia y el desconocimiento de nuestra legislación, en contra de lo que se nos dice a diario, ha conseguido calar fuera de nuestras fronteras. Basta con escuchar a los españoles que residen en el extranjero para comprobar hasta qué punto está creciendo la población que apoya a los independentistas. Haber constatado este grado de aceptación es lo que mueve una y otra vez a quienes han creído ver muy próximo el día de su “liberación”. La primera pasada seria por el cedazo de la Justicia ha supuesto su primer sobresalto. Lo que nunca esperaban del Gobierno ha sido suficiente para dejar patente su verdadero andamiaje de cobardía. Unos han huido vergonzosamente y otros han jurado amor eterno a la pobre España.

Que nadie vuelva a equivocarse pensando que la acción de la Justicia haga entrar en razones a unos empecinados soberanistas. De eso nada. Ya han comenzado a suscitar la ayuda de organismos internacionales porque siguen convencidos de encontrar alguien que apoye sus aspiraciones por considerarlas razonables. Hasta ahora se les están cerrando las puertas de organismos nacidos en el ámbito de la democracia y la justicia; pero basta que un dirigente contrariado –que los hay--, o un juez rebelde –que también los hay- den el primer paso para que prenda la mecha de un fuego muy difícil de apagar.

Hubo un momento que se puso de moda la silueta de un burro en la parte trasera de los coches catalanes. Lo que comenzó siendo una forma de divulgar la raza de un típico ejemplar catalán, próximo a la extinción, acabó siendo la contraposición al toro de Osborne como seña de identidad española. Entre una y otra idea, lo que sí es cierto es que, si la mula siempre fue la expresión gráfica de la terquedad, el burro lo es de la laboriosidad y la tozudez, aunque le den bastonazos.

Los actuales parlamentarios catalanes –y algunos “ex”—saben perfectamente cuál es la situación actual y cuál el porvenir que esperan. Someterse a la legalidad entraña peligro inmediato, con lo cual hay que aferrarse a cualquier otra fórmula más rentable. A partir de ahora asistiremos a un desfile de aspirantes a la presidencia de la Generalidad entre los personajes que no reúnan los requisitos que marca la ley. Se trata de ir ganando tiempo porque el día que se pueda formar un gobierno legal muchos se quedarán sin argumentos para continuar con su “guerra”, a no ser que estén dispuestos a hacer la cama en Estremera, cosa que dudo mucho. Si se consigue frenar la actual embestida del soberanismo, queda lo más importante. Adoptar las medidas legales imprescindibles para contrarrestar los efectos de una formación sesgada y tergiversada que ha llenado de odio a España a toda una generación de españoles. En esa labor deben estar empeñados todos los partidos que se consideran constitucionalistas. De no hacerlo así, ellos serán los primeros en sufrir las consecuencias y, después, todos los españoles.