Domingo, 24 de junio de 2018

Ojos de "petazeta"

Marina tiene nueve años y ojos de petazetas. La risa no le cabe en su cuerpo menudo. Vive en una localidad del altiplano guatemalteco. Un pequeña ciudad rural que no es la suya. En su hogar no hay padre ni madre, sólo tías y hermanas. Las hermanas son Franciscanas Escolásticas y “tías” es el nombre que dan a las cuidadoras contratadas en este centro de menores. 

A Marina la trajo la Policía cuando aún no había cumplido los cinco años. Vino con su hermano recién nacido. Un juez le quitó a su madre la custodia y, como no había padre localizable les envió al Hogar Santa María. Dice que le encanta leer libros cortos. Y que no le gusta mucho jugar. Pero cuando estamos en la casa que comparte con otras doce niñas pequeñas, le pido que me haga algo de comer en la cocina de juguete que tienen en la entrada. Y le falta tiempo para traerme un platito repleto de fruta de plástico. Tiene nueve años y un pelo ralo y rubio desmadejado. Ojos de ardilla y dos arañazos en la cara “porque en la escuela me lo ha hecho un patojo en el patio. Sin querer, jugando”. 

Marina se sienta frente a mí después de haber estado charlando un rato entre risas. Le había enseñado en el móvil las fotos de mis hijas. Le había contado que María, la mayor, tiene un año y una letra menos que ella. Y me miraba con una mezcla extraña de alegría y desconfianza. De que quizá yo fuese el padre que ella hubiera querido y de menos mal que no lo era porque en cuanto le cuente lo que quiere grabar, me va dejar aquí tirada. Y leí en sus ojos con letra de molde ese mensaje que tantas veces había visto escrito antes en otros países, en otros hogares, en otros menores, en otros ojos que esquivaba y eran los mismos de Marina en Guatemala.

“Mis hermanos y yo estamos en los hogares de las monjas porque mi madre es alcohólica y no nos puede cuidar”. Así. De una vez. En una sola frase. Con sujeto, verbo y predicado, como a mí me gusta. Un corte limpio en una frase contundente. Ocho segundos demoledores en boca de una niña encuadrada en primer plano con aire suficiente por abajo para meter el rótulo con su nombre, con su edad, con su injusta historia que nos llene cuarenta segundos en una televisión europea cualquier domingo por la mañana. “Me vale”, le dije al equipo al tiempo que le decía a Marina lo bien que lo había hecho. Había ropa tendida mecida por el viento. El realizador había creído conveniente que apareciese en el plano al fondo de la entrevista. Me levanté como si nada. Grabar historias duras es parte de nuestra rutina televisiva. Casi sin darme cuenta me puse en cuclillas junto a Marina. Y miré hacia donde ella miraba.  Lo vi todo: mi silla vacía, la cámara, el cámara, el micrófono, el de sonido, el realizador hablando con los dos de la ong, las tres monjas, dos “tías”, la psicóloga y la trabajadora social. Instintivamente, en silencio, le pasé el brazo por encima de los hombros, la atraje hacia mí y le di un beso en la mejilla al tiempo que le susurraba al oído: “Esto no va a salir en la tele hasta que tu madre no se cure. Te lo prometo”.

Aún no ha salido.