Lunes, 25 de junio de 2018

Ofensa a los sentimientos religiosos

El pasado 20 de febrero se hizo público un comunicado conjunto de la Federación de Comunidades Judías de España, la Conferencia Episcopal Española, la Comisión Islámica de España y la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, en el que mostraban su preocupación y tristeza por las constantes y reiteradas ofensas a los sentimientos religiosos de los fieles de distintas confesiones.

Se quejaban de que “las ofensas contra los sentimientos religiosos aún gozan en nuestro país de una tolerancia social incomprensible… En España se profanan templos y símbolos; se hace burla y escarnio público de los referentes más sagrados de la fe religiosa de millones de personas, con total impunidad y tolerancia…amparándose en la libertad de expresión”.

Finalmente, declaran que “queremos seguir trabajando junto al resto de la sociedad española en nuestro compromiso y contribución con las causas de la paz, la tolerancia, la integración y la convivencia en libertad en aras del bien común”.

Personalmente, como no soy masoquista, no me gusta en absoluto que ofendan mis sentimientos religiosos ni, lo que es más importante, los sentimientos de los creyentes sencillos, que también tienen derecho a creer y son tan sujeto de derechos religiosos, civiles y políticos como los demás, incluidos los ofensores.

Pero, será porque con la edad está uno curado de casi todo espanto, no me afecta mucho, por lo que me centraré en la última frase del comunicado, intentando mostrar, en breves pinceladas, cómo intento contribuir a las causas de la paz, la tolerancia, la integración y la convivencia en libertad en aras del bien común (el subrayado es mío):

Uno de mis mayores motivos de orgullo es el de haber aceptado ser un “conejillo de Indias” de 80 kilos de peso en el Ensayo Clínico de un novedoso tratamiento contra el cáncer. Yo, y los otros 351 pacientes de todo el mundo, enrolados en este Ensayo Clínico, hemos colaborado a mejorar de modo muy importante la calidad de vida y el índice de supervivencia de miles de pacientes nuevos.

No sé si los beneficiarios de mi contribución a la Ciencia Médica son ateos, indiferentes, musulmanes, evangelistas, judíos o católicos. No me importa, porque somos todos pacientes. En el caso de que alguno de ellos –posibilidad estadística no despreciable- se mostrase ofensivo contra mis sentimientos religiosos, le iba a dar igual. No puedo ni quiero dejar de ayudarle. Y, por si acaso, si fuera un ofensor con buena salud, que no diga “de este cáncer no beberé”, pues “torres más altas han caído”.

De momento no estoy orgulloso, pero sí esperanzado, de poder ayudar a un joven veinteañero alcohólico a salir de su adicción. Nada le ha preguntado sobre sus sentimientos religiosos o antirreligiosos. Ni pienso hacerlo.

En mi condición de párroco –católico, en mi caso- tampoco se lo pregunto a los que se ven obligados a pedir ayuda acudiendo a mi despacho parroquial. Sean cuales sean sus sentimientos religiosos, si están necesitados y podemos ayudarles, lo haremos. Porque lo necesitan. La misma actitud tienen los trabajadores sociales de Cáritas y los voluntarios que nos echan una mano en estos asuntos sociales. De hecho, hay años en que nuestra Unidad Pastoral destina a estas ayudas hasta el 50% de nuestros ingresos brutos, porque la crisis estará pasando, dicen, pero no para los pobres.

Tengo la suerte de estar encargado de unos templos preñados de historia y de Arte y soy muy consciente de que toda esa explosión de Belleza no nos la podemos guardar y, en la medida de nuestras posibilidades, los mantenemos abiertos el mayor tiempo posible para que puedan ser visitados por motivos religiosos, desde luego, pero también culturales. No es costumbre de esta Unidad Pastoral del Centro Histórico de Salamanca pedir carnet religioso identitario a los que nos visitan, cosa que, por otra parte, no sería muy constitucional y, en todo caso, no es nuestro estilo. Cuidar este legado no sale gratis y ya llevamos invertidos más de 200.000 euros en hacerlo durante los últimos tres años, lo cual nos sale de nuestro riñón y del de los voluntarios, ayudados por las donaciones espontáneas y también voluntarias de los que nos visitan o, simplemente, quieren apoyarnos.

Añadiré una última “medallita”: he contribuido muy activamente al diálogo interreligioso en el ámbito internacional cuando me ha sido posible, porque nuestro planeta es la casa y el hogar de todos y entre todos tenemos que cuidarlos.

Dicho todo lo anterior –y lo que voluntariamente se queda en el tintero-, a lo mejor lo que me ocurre, simplemente, es que no tengo tiempo de sentirme ofendido. No sé cuántos telediarios me quedan; sean pocos o muchos, no es plan de malgastarlos.