Lunes, 25 de junio de 2018

La rebelión de los miserables

El lujo y las comodidades habitaban en aquella sala de reuniones que coronaba un enorme edificio en el que había todo cuanto una persona pudiera imaginar para vivir a cuerpo de rey.

En aquella sala se reunía todos los días un grupo de personas para tratar temas de sumo interés. La ciudad entera dependía de sus decisiones.

A veces, para renovar el aire de la sala, abrían ligeramente una ventana, pero hacía mucho tiempo que el aire estaba tan contaminado y desprendía un olor tan nauseabundo que le hacía irrespirable, por lo que decidieron cerrar para siempre y sellar las ventanas para impedir que cualquier contaminación exterior pudiera meterse en sus lujosos aposentos. Para renovar el aire habían instalado un sistema automático que lo regeneraba proporcionándoles un aire fresco y limpio. Los residuos gaseosos salían al exterior por las múltiples chimeneas del edificio, depositándose lentamente en las calles de la ciudad, inundándolas de una sucia niebla, que los ciudadanos se habían acostumbrado a respirar.

 Aquellos hombres discutían y discutían sin que fueran capaces de llegar a acuerdo alguno. Mientras tanto, en las calles, cuadrillas de desalmados atacaba a los indefensos ciudadanos para arrebatarles lo poco que les quedaba.

En unas calles se concentraba los que no tenían un hogar donde cobijarse. Allí, rodeados de niños hambrientos se apilaban para darse algo de calor, aunque muy poco es el calor que proporcionan los huesos desnudos de músculo.

En otras calles se amontonaban los que nada tenía para comer, los niños lloraban y morían de hambre. Sus madres les ofrecían sus vacíos pechos, contemplando con mirada de infinita resignación cómo la muerte se los arrebataba, sin que nada pudieran hacer para evitarlo. Ellas, no tardarían mucho en seguirles.

Por toda la ciudad pululaban bandas formadas por los hombres más jóvenes y fuertes, que asaltaban y asesinaban a los comerciantes que regentaban los pocos establecimientos que atesoraban algo de comer.

Los guardianes, pagados por los hombres del lujoso edificio, valiéndose de su fuerza y de las armas que les habían proporcionado, en lugar de defender a los más débiles, se aprovechaban de su debilidad para arrebatarles lo poco que les quedaba, sin reparar en muertes. La vida de aquella gente nada valía, si estorbaban se les eliminaba como se elimina a un perro rabioso. Luego, vendían su botín al mejor postor.

Los días, los meses y los años pasaban, las riquezas de los ricos engordaban, lo mismo que engordaban sus cuerpos, hasta cambiarles su fisonomía.  Por los cuellos de sus almidonadas camisas asomaba una cabeza redonda, rosada casi congestionada, ojos pequeños, inexpresivos, sus labios alargados se había unido a la nariz, que ahora solamente consistía en dos grande orificios. Una enorme papada colgaba a ambos lados de su mermada cabeza de la que había desaparecido el pelo. Las orejas habían crecido de tal forma, que ocupaban buena parte de esa vacía cabeza.

Sus inexpresivos rostros eran incapaces de dibujar una sonrisa y sus mentes habían perdido la capacidad de alumbrar una idea. Se habían olvidado de lo que ocurría en las calles, nada sabían, ni tampoco les interesaba los sufrimientos de aquella gente. Comían, bebían, fornicaban… sin medida, no conocían límites morales, ni económicos.

El lujoso edificio, con el paso del tiempo y el abandono al que había sido sometido por la pereza y la desidia de aquellos “hombres” así como por la negligencia de aquellos a los que pagaban para que les protegieran, empezó a caer en ruina. Los muros empezaron a resquebrajarse, las paredes se caían y las puertas eran incapaces de ofrecer la seguridad de antaño. Lo que movió a la curiosidad de las gentes que merodeaban el edificio con la esperanza de que entre la basura que arrojaban por sus ventanas hubiera algo de comida.

La curiosidad y la necesidad les infundió valor para adentrarse, tímidamente al principio, por aquellas grietas, que no tardaron mucho en agrandarse, dejando paso a la multitud que enseguida ocupó todo el edificio. 

Llegaron hasta las plantas más altas en las que sorprendieron a aquellos seres, cuya imagen estaba tan cambiada, que no pensaron que fueran humanos, y tal vez tuvieran razón. Sin dudarlo, les sacrificaron y saciaron su hambre devorando sus cuerpos.