Lunes, 25 de junio de 2018

Haciendo historia - 11

Ahora bien, aunque los trashumantes serranos necesiten de los extremos para cerrar su ciclo económico, no pueden evitar que la gente de los valles desconfíe de ellos. Las moradas montuosas, de suelos pobres, naturaleza salvaje y culturas arcaicas, serán vistas por las poblaciones de las planicies como un mundo adusto y marginal a las civilizaciones.

Es por eso que los guardianes de la ortodoxia situarán en las alturas inhóspitas los reinos diabólicos del hechizo y la brujería, la superstición y el aquelarre, los miedos reflejados de los intelectuales de las ciudades. Y las montañas sólo perderán esta condición de monstruosas en el siglo XIX, cuando los románticos las conviertan en "templos de la naturaleza", los geólogos las utilicen para leer la historia de la tierra y pintores y novelistas del realismo se recreen en su majestuosidad.

Pero también cuando se inicie la ruina ecológica de las mismas de la mano de la minería y la deforestación, las obras públicas y la contaminación. Entretanto, el folklore primitivo de las culturas montaraces se puebla de monstruos y liturgias paganas, sobre todo cuando tanto reformados luteranos y calvinistas como católicos tridentinos desaten la caza de brujas y se lancen a la cruzada de cristianizar los márgenes.

A despecho de la devoción religiosa que siempre tuvieron los mesteños. La respuesta es un aferrarse a las libertades montañesas, con cuya barrera tropiezan el orden político y social de las tierras llanas, hasta convertir a aquéllas en un mito literario, por donde transitarán los arquetipos del buen bandido, el anacoreta, el perseguido por la ley, el milenarista y, ya en nuestros días, el guerrillero y el ecologista.

La huida de la civilización se dirige a los desiertos, las islas y los bosques incontaminados. Como sentenciaba el viajero ilustrado: "Los lugares más escarpados han sido siempre el asilo de la libertad". Por otra parte, fruto de las construcciones mentales, el mundo de la ganadería presenta referentes sociales, religiosos y literarios.

El pastor como grupo socioprofesional, diferenciado del propietario ganadero y de los oficios complementarios a la trashumancia, es portador de una cultura privativa en la que plasma su vida empírica y naturalista que va del conocimiento astronómico al geográfico, del relato oral a las artes decorativas, y donde tiene cabida los elementos simbólicos y los prodigios maravillosos.