Domingo, 24 de junio de 2018

Canónigos

     Nuestro obispo Don Carlos ha tenido a bien proponernos a mí y a mi compañero y amigo José Luís Sánchez Moyano, junto con el Cabildo Catedral, y luego nombrarnos canónigos de la Catedral de Salamanca. Podría haberme negado, escudándome en mi estado de salud, pero como este no parece ir mal, aunque todos “estamos colgados de la brocha”, no me he negado y lo he aceptado de buena gana. El argumento es que el párroco de la Catedral puede y debe ser canónigo, pero no es automático y por eso agradezco la confianza depositada en mí tanto por el obispo como por el Cabildo. Pido a Dios que me conceda un tiempo suficiente de “una mala salud de hierro” para poder  asumir mis nuevas tareas en la catedral, mientras continúo trabajando en la Unidad Pastoral del Centro Histórico y en la Consiliaría diocesana del Movimiento Scout Católico, aunque no estaría de más que algún sacerdote más joven estuviera dispuesto, y entusiasmado, para acompañar a los niños, adolescentes y jóvenes, y especialmente a los más de cien monitores de este Movimiento de educación. Sé que no es fácil encontrar a un sacerdote mínimamente dispuesto a ponerse la mochila, con la escasez de vocaciones que tenemos, pero no es imposible. Es una cuestión de opción pastoral.

     Me siento un poco abrumado porque no es fácil tomar el relevo de los grandes doctores que ha habido y hay entre los canónigos salmantinos. Por no citar sino a algunos de los ya difuntos, que Santa Gloria hayan, no sé cómo me las voy, nos las vamos, a apañar para seguir la estela de D. Lorenzo Turrado, de D. Lamberto de Echevarría, o de D. Gabriel Pérez, de quien guardo un grande y cariñoso recuerdo.

     Ya me ha pasado más veces y en esta ocasión no iba a ser distinto: antes de tener tiempo material de acercarme físicamente a la catedral, ya hemos tenido que abrir las puertas de la parroquia de la catedral a una Cofradía necesitada de una comunidad viva, “el Despojado” en apócope cofrade, que espero y confío en que, junto con “el Flagelado”, reanimen y metan juventud en la parroquia y en la Unidad Pastoral y nos ayuden a ser una Iglesia “en salida”, como insistentemente nos pide el Papa.

     Internet me ha acercado, virtualmente de momento, a la realidad de la Catedral. Y así, he podido enterarme de que se está rodando una película sobre Fray Luís de León, centrada fundamentalmente en nuestra Universidad, porque he tenido tiempo de “navegar” entre las brumas de la gripe recién pasada. Pues bien, en este mismo periódico en el que escribo se narran las vicisitudes del rodaje y los lugares donde se está llevando a cabo;  me dicen desde la catedral que allí se están rodando muchas escenas durante mucho tiempo; sé también que alguna escenita se ha grabado en San Martín de la Plaza. Pues ni la Catedral ni San Martín salen citados. ¿Por qué? Probablemente porque son invisibles. Puede tener una explicación geográfica, pues la catedral, que se construyó dentro de la “primera cerca”, está ahora rodeada por la nada y el vacío poblacional. Parece que los turistas se enteran mucho más de la existencia de la catedral –se les impone a la vista- que los propios salmantinos, que nos movemos en otras redes, estamos acostumbrados a su presencia –se acostumbra uno a todo, incluso a lo bueno- y ¡qué pereza desplazarnos trescientos metros! ¿Conseguiremos que la catedral se haga visible para los salmantinos? Porque no es plan de trasladarla ahora, piedra a piedra, al barrio del Conejal, por citar un destino cualquiera. Sólo podremos hacerla visible “en plan moderno”, es decir, que solo vemos fuera lo que tenemos dentro y está claro que, de momento, la catedral no ha entrado en el corazón de los salmantinos; o salió de él a lo largo de alguno de estos muchos siglos en que lleva levantada y no ha vuelto a entrar. Ya decía el gran Aristóteles, con otras palabras, que lo evidente es lo último que se ve. La catedral, nuestras catedrales, son evidentes, pero no “se ven”.

     El título de esta columna -“Entre la Plaza y la Catedral”- creo que me va a permitir seguir nombrándola de vez en cuando.