Viernes, 25 de mayo de 2018

El camelo de la solidaridad

Se ha descubierto ahora el escándalo de las orgías sexuales de Oxfam y otras ONG destinadas a ayudar a los más vulnerables y desfavorecidos en vez de dañarlos impunemente. Antes fueron los abusos sexuales de miembros de la Iglesia Católica, las violaciones habituales en el mundo de Hollywood o la pederastia en el ámbito deportivo.

El común denominador de todo ello es que se trata de instituciones o actividades profesionales respetables en las que muchos de sus jefes o directivos, en vez de denunciar en su día los delitos cometidos en sus organizaciones, han tratado de silenciarlas hasta que ha estallado finalmente la burbuja.

Descubrimos ahora que se trataba de un secreto a voces, pero que sus responsables han preferido echar tierra al asunto antes que perder prestigio, poder, subvenciones y hasta un modo de vida cómodo y sin control que contrasta brutalmente con el medio en el que hacen su labor.

Me refiero en particular, claro está, a las organizaciones no gubernamentales que, presuntamente, encauzan la solidaridad de la gente biempensante con los menos favorecidos.

Sorprende en este caso, en primer lugar, la incuria de las autoridades públicas con organizaciones a las que viene entregando ingentes cantidades de dinero, proveniente de los impuestos de los ciudadanos, sin ninguna vigilancia ni investigación sobre sus fines reales, su personal y la práctica de su labor.

Pero en eso también somos culpables los simples ciudadanos, obnubilados por nuestro generoso afán de solidaridad: hacemos caso a la primera ONG que se asoma por la esquina, sin saber si es un camelo o una institución seria, lo mismo que equiparamos a cualquier charlatán o falsario —hay casos recientes que deberían servirnos de escarmiento— a organizaciones acreditadas, nobles y serias.

Yo mismo me di de baja el año pasado como socio de Oxfam, tras varios años de cooperación, porque no veía claras sus intenciones. Bien. Pero ahora me pregunto: ¿por qué tardé tanto tiempo en hacerlo? Y me respondo con otra pregunta: ¿y quién duda, en principio, de cualquier organización cuyos fines parecen ser el bien de los demás? Nadie.