Viernes, 23 de febrero de 2018

Polvo eres...

Dios no nos ha dado palabras muertas que debamos encerrar en cajas grandes y pequeñas y conservar en aceite rancio como las momias de Egipto. Dios no nos ha dado palabras en conserva para que las custodiemos, sino palabras vivas para alimentarnos y alimentar a otros.

Charles Péguy

Mi eternidad es indispensable, porque Dios no quiere cometer una iniquidad ni apagar del todo el fuego del amor que ha encendido para él en mi corazón. ¿Hay algo más querido y más fuerte que el amor? El amor es superior a la vida, es la coronación de la vida

F. Dostoievsk

El hombre no puede zafarse de los rescoldos de su existencia, la fragilidad forma parte de nuestra condición humana, poco comprensible desde una cultura como la nuestra que pregona el éxito y margina el fracaso. En nuestras grandes preguntas por el sentido debemos de partir de esa realidad, cada día el sufrimiento se hace presente y  no podemos arrinconar el molesto aguijón del fin de nuestra existencia que a veces nos impide vivir a ras de suelo.

El hombre espera que su fragilidad no sea la última palabra de su existencia, de ahí que la pregunta por su identidad y por la esperanza remita siempre al misterio. Solo frente a la limitación de muerte la vida alcanza la conciencia de sí, la apertura a la transcendencia tiene lugar en el mundo, con sus contradicciones y absurdos. Sabemos que la última palabra pertenecerá siempre a Dios.

Ante la presencia del misterio el creyente se siente abrumado, con temor y temblor solo pude afirmar al igual que Abraham "Νο soy más que polvo y cenizas".  Ante el abismo con el misterio solo queda el silencio y la contemplación, allí donde respira el espíritu y se acaba percibiendo el soplo ligero de la presencia de Dios. Nos basta la palabra divina que crea y despliega el misterio del ser, “La Palabra susurró mis palabras” (C. Rebora). Es cierto, no es fácil seguir los ritmos de Dios, siendo conscientes que muchas veces sus caminos no son nuestros caminos y chocan con nuestros programas.

Cubrir la cabeza con cenizas, no es símbolo solo de muerte y fragilidad, del abismo del polvo y de la nada, sino inicio de una nueva vida. La virtud del creyente que se despliega por los caminos más profundos de la existencia, es la esperanza. Nos recordaba Ernst Bloch  desde su ateísmo, “donde hay esperanza, hay siempre religión”. El profeta Jeremías utilizaba un lenguaje más propio para un pueblo que había perdido el camino, desde su fragilidad se sentía como la arcilla en manos del alfarero, no solo está la muerte presente, también el mal en el propio corazón, incluso el mal que no quiero hacer.

 El Dios de Jesús, saca vida del polvo y el barro desde un amor que tiene infinitas facetas y que se da por caminos sorprendentes e inesperados. Sobre el polvo más oscuro de nuestra existencia desciende la vivificadora agua del amor de Dios: “Revivirán tus muertos, mis cadáveres se levantarán, se despertarán, exultarán los moradores del polvo; pues rocío de luces es tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras” (Is 26,19).

El miércoles de ceniza, marca el inicio de la cuaresma, el rito penitencial de la celebración nos invita a colocar un poco de ceniza en nuestra frente, mientras que en la voz del sacerdote resuena unas palabras de esperanza que pronunció Jesús al inicio de su vida pública: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Unas palabras que animan a escuchar la Buena Noticia, para ello es necesario acallar otras voces que diluyen el significado profundo de la Palabra.

Se inicia un tiempo de silencio interior, de miradas profundas para adentrarnos en las profundidades del corazón y encontrarnos de nuevo con ese Dios que nos habita. Es un tiempo propicio para buscar las huellas del Padre en las arenas del corazón y dejar que ellas nos adentren en la espesura. En medio del ruido, de las agitaciones de la vida, de la enfermedad, del trabajo, del estrés, del consumo excesivo, del vacío, el hombre actual no necesita ayunos y mortificaciones, necesita paz y silencio.

En el silencio podemos ir más allá, ahí en las profundidades, en el hondón del corazón, descubriremos un Dios cercano y deslumbrante que no es ajeno al hombre. En esa quietud del silencio podemos alargar la mirada y atisbar una luz en el horizonte, pero observando que la realidad que nos envuelve es muy dura. El silencio nos ayuda a liberar la mirada para no perder la razón y la solidaridad, desplegar la lucidez y el vivir con humanidad ante la indiferencia existencial.

En el camino se nos ofrece la cruz, antes de llegar a la LUZ, cientos de seres humanos que sufren, que pasan hambre, que son violentados, que viven en la miseria y en el hondón de la vulnerabilidad. Cientos de “residuos humanos” que nuestra sociedad del descarte y la indiferencia ha convertido en no deseados, en personas totalmente invisibles e injustamente tratadas. Es un momento propicio para privarse de muchas cosas, no para tener más, sino para que otros tengan. Es un buen momento para ayudar a los necesitados, hacerles visibles, dar y darnos no de lo que sobra, sino de lo que somos y tenemos.

En esa quietud del silencio de la mundanidad y de la indiferencia, podemos mirarnos desde el amor y limpiar nuestro corazón y traspasar la cruz hacia la luz. Ninguna fuerza es más transformadora que el amor, de ella brota la alegría de la Pascua, en el silencio de la cruz, es vencida la muerte y el pecado.