Lunes, 25 de junio de 2018

Hostias de carmín

La gira de mi último libro estaba siendo agotadora, y el aluvión de lectores que llenaban a diario cada una de las presentaciones parecía sacado de otro tiempo. De hecho, yo nunca pude imaginarme que el boxeo tuviera aquella repercusión; y mucho menos cuando decidí escribir sobre el legendario, pero olvidado, combate entre Pedro Carrasco y Miguel Velázquez, la batalla más heroica celebrada en España.

Sin embargo, ganar aquel premio literario obligó a mi editor a llevarme por todo el país. La editorial estaba haciendo mucho dinero promocionando la novela, por eso cedí y dejé la firma de libros en Salamanca para el final. Quería cerrar la tournée en mi ciudad, y parar unos días a descansar. Lo necesitaba.

Parecía increíble, pero en cada charla la gente se quedaba ensimismada mientras le narraba los golpes y las técnicas de los titanes del boxeo; mientras les enseñaba fotos del sufrimiento y del esfuerzo de las veladas; mientras les hablaba de la preparación y disciplina que deben llevar los púgiles para estar en semejante estado físico. Por un momento, yo llegué a creer que sabía bastante de pugilismo. Pero nada más lejos de la realidad. Estaba verde, desconocía la historia del deporte de las doce cuerdas —hoy dieciséis—. Y haber investigado aquella singular pelea durante todo un año no me convertía en un entendido en la materia. Lo descubrí la noche que volví a Salamanca, cuando me llevé por fin unas cuantas hostias. Y de las gordas.

La mayoría de los presentes ese día en el Casino eran hombres, casi todos superando el medio siglo. Pero también había mujeres. No muchas, pero las suficientes para que de vez en cuando fantaseara con dedicarle el libro a alguna de ellas. Lo había hecho otras veces, pues mi labia y mi atractivo porte cuarentón servían aún como carta de presentación ante hembras de distintas generaciones.

Aquella noche volvió a pasar. Ella esperaba paciente a la cola, con dos libros bajo el brazo derecho, y la fui observando hasta que llegó a mi altura. Era una joven de su tiempo; decidida, desvergonzada y atractiva. Muy atractiva. Realzando sus larguísimas piernas, vestía unos tejanos elásticos; y se acompañaba de un largo pero estrecho jersey color miel, dejando a la vista un tatuaje, un seductor escote y un rotundo hombro —sinónimo de un cuerpo sólido, esculpido en el gimnasio—. Como complementos, más allá de un intenso tono carmesí en los labios, llevaba unas botas de media caña y, recogida sobre el brazo, una cazadora de cuero negro. Sin duda, era el prototipo de una hembra fascinante y seductora.

Se presentó. Me llamó por mi segundo nombre —Lorenzo, como a mí me gustaba—, y me pidió que le firmara ambos ejemplares. Uno para ella —María Perrino me dijo que se llamaba—, y otro para la facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. No hizo falta preguntarle mucho, pronto le sonsaqué que era doctora de la Universidad Pontificia y que allí ejercía como profesora —el deporte es mi mayor pasión, salió de su boca—. Después, tras mirar la cola y ver que aún quedaban varias personas por atender, le hice saber que terminaría en cinco minutos; y sin vacilar un segundo la invité a charlar más detenidamente en un bar cercano. Sorprendentemente, ella no me negó la invitación y pasado ese tiempo me acerqué al lugar pactado.

Con semejante arquitectónica genética —intuí—, debía tener algún perfil en las redes sociales donde mostrar sus atributos. Por eso, antes de ir, rastreé en internet todo lo que pude sobre ella. Ahí fue donde me llevé la primera hostia. La joven con la que había quedado, curtida en medio centenar de peleas, era una de las mejores boxeadoras de España; y yo, hasta ese momento, ni siquiera sabía que existían mujeres profesionales en este noble deporte.

Mi desconocimiento sobre el tema era tal, que así se lo hice saber cuando volví a verla. La verdad es que me parecía raro tener delante a una boxeadora, pues aquella dama no cumplía con el prototipo que podía imaginar un neófito como yo. No tenía la nariz rota ni estaba sonada. Es más, ni siquiera era varonil. A decir verdad, era todo lo contrario. Era elegante, culta, educada y cautivadora. Segunda hostia para mí por tener unos ideales tan retrógrados.

Unas horas después, tras varios vinos y una larga exposición de sus logros como deportista y docente —campeona regional, semifinalista nacional, investigadora sobre nutrición—, María me invitó a su museo particular. La acompañé gustosamente hasta su casa, junto a la Catedral, donde tenía acumulados cientos de trofeos, diplomas y medallas. Lo que más me llamó la atención cuando entré, fueron dos pósteres gigantes; los que correspondían con sus principales veladas pugilísticas. En uno de ellos aparecía junto a la madrileña Joana Pastrana —doble campeona de Europa del peso mínimo— y en el otro lo hacía con la gallega Marta Brañas —primera campeona profesional en categoría supermosca—. Según me contó, ambas llegaron a ser aspirantes al título mundial de sus respectivos pesos. Por eso estaba muy orgullosa de los siete combates que disputó con ellas.

En un cartel más pequeño, colgado en la pared y con el sello del Consejo Superior de Deportes, María aparecía con un nutrido grupo de mujeres durante una de las muchas concentraciones que había llevado a cabo la Federación Española. Perrino, que era una de las ponentes habituales, me hizo saber que salía retratada con la jardinera madrileña Miriam Gutiérrez —siete títulos nacionales, cien peleas, aspirante a los Juegos Olímpicos y profesional— y con la concejala alicantina de Igualdad y Comercio Eva María Naranjo —aspirante al título mundial del peso supermosca tras abandonar, como Miriam, el equipo nacional amateur—.

Justo al lado, en otra fotografía muy emotiva, la doctora aparecía junto a Jennifer Miranda, la gaditana que acababa de saltar al campo profesional tras lesionarse a escasos días de los Juegos Olímpicos. Según me explicó María, la boxeadora más laureada de la historia de nuestro país hubiera sido la primera en ser olímpica.

Después de esclarecer aquella anécdota, Perrino sacó un álbum y me lo enseñó. Aquel era otro de sus tesoros, pues guardaba infinidad de imágenes junto a compañeras de cuadrilátero. Me enumeró a todas ellas; la recepcionista madrileña Soraya Sánchez, campeona de Europa del peso gallo; Esther Páez, primera española en disputar un combate profesional; María Jesús Rosa, campeona de Europa y del Mundo, años atrás, en categoría minimosca; Loli Muñoz —licenciada en matemáticas y funcionaria de Justicia—, campeona del Mundo en varios deportes de contacto y boxeadora profesional; Katharina Thanderz, campeona de Europa del peso superpluma; Melania Sorroche, aspirante al título continental y universal del peso gallo; Yolanda Ramos, la nueva campeona nacional de los minimosca; o la segoviana Lara María García, su gran amiga.

Tras cerrar el libro, observé en su escritorio un cuadrante con diversos colores. No tenía ni una sola cuadricula en blanco, y allí quedaba reflejado que María, más allá de no saltarse la estricta dieta, compatibilizaba los descansos pugilísticos con el trabajo académico. Me fijé que también impartía clases magistrales en los principales gimnasios de Salamanca, y le pregunté por ello. Tercera hostia, pues desconocía que en mi ciudad, en el Boxing Club El Zurdo, en la Escuela Élite, en el Club de Boxeo Knock Out, en el Gimnasio Nirvana o en el Enjoy del Multiusos Sánchez Paraíso, medio centenar de mujeres practicaran boxeo.

Una cifra irrisoria —por el desconocimiento y la injusta reputación— en comparación con las mil púgiles que actualmente se reparten por nuestro país. Un número que, gracias a las marcas y la televisión, está creciendo de forma lenta pero segura; pues los managers, y el proyecto Mujer y Deporte, están apostando fuerte por ellas. De hecho, y aunque no lleguen a cobrar ni 1.000 euros por combate internacional, las estrellas como nuestra Pastrana o la irlandesa Katie Taylor —la deportista más admirada de su país y capaz de atraer a 75.000 personas — ya encabezan varias de las veladas más importantes a nivel mundial. Y eso que hace menos de medio siglo, cuando se celebró el combate entre Pedro Carrasco y Miguel Velázquez, las mujeres no podían boxear en el campo profesional.

 

Texto: Jorge García García

Fotos: Montse García y Sabela Moscoso