Domingo, 20 de mayo de 2018

De violines y silencios

En medio de este estrépito feroz de neologismos, mentiras exiliadas y sondeos que gritan, el silencio es el bien más preciado, el silencio y la tertulia sosegada, la discrepancia amable, el aprendizaje a través del diálogo y por qué no, la discusión calmada. Tiene este tiempo nuestro la rapidez y el grito como ruido permanente, de fondo y de forma, y uno ansía llegar al lugar de su quietud y dejarse invadir por una sensación de silencio. Silencio. Ni siquiera música. Ni música siquiera.

Hubo un tiempo en el que mi casa siempre tenía un aroma de notas, de cálida voz de radio que acompaña. Hubo un tiempo en el que hacía gorgoritos una niña pequeña y hasta sonaban los viejos dibujos animados de infancia. El fragor ajeno quedaba atrás y la casa era una niña que bordaba las palabras hasta convertirlas en frases, conversación, preocupación… y ruido. Mi hija se inició en las sutiles artes del pentagrama.

Hasta entonces, melómana absoluta y exquisita, yo no había reparado en la dificultad de aprender a tocar un instrumento más allá de la flauta dulce. Me hacía gracia lo mal que sonaba el inofensivo recuerdo de la infancia. Nada que ver con sus intentos desesperados por aprender a tocar el violín. Nada como eso. Una caterva de gatos en celo hubiera resultado más delicado. Mi hija tenía una exquisita profesora de violín, Carolina, quien tuvo la paciencia infinita de enseñarle a permanecer recta, coger correctamente el instrumento, levantar el arco y… Aquella dedicación abnegada a la gentil alumna, aquel cuidado con el que pretendía dominar cada gesto eran de una belleza que yo nunca podré olvidar. Pero mi hija era no tocaba el violín, lo perpetraba.

Muchas veces me pregunté, esperando en los pasillos de la Escuela Municipal de Música, qué sentiría un profesor, intérprete fantástico de un instrumento como lo es Carolina, al escuchar, curso tras curso aquel desesperante inicio pleno de maullidos. Aquel destrozar las canciones más básicas que, sin embargo merecían todos los elogios. Porque a la paciencia infinita de Carolina de enseñar a un niño ya cansado de todas las horas de colegio, había que sumar el sumar precisamente notas y niños, enseñarles a tocar juntos, coordinar sus errores, sus aciertos, sus pequeños egos. Enseñarles a enfrentarse al público, a saludar, a permanecer en el escenario con cierto empaque. Cuántas veces, horrorizada por el resultado y enternecida por los esfuerzos, presencié conciertos infantiles en los que Carolina era la mano exquisita que afinaba instrumentos, colocaba intérpretes que no llegaban ni a la partitura, dirigía sutilmente y aplaudía incansable sus logros, errores y esfuerzos. Los padres, aplaudíamos. Carolina seguía año tras año la escala de la entrega, animando, estimulando, corrigiendo una y otra vez la posición de los dedos. A ella siempre le sonaban bien los esfuerzos.

El pentagrama avanza y se imponen otras obligaciones. El violín queda en una esquina y se cuelan debajo de la puerta los ritmos de la edad. Yo regreso a la música barroca y, cuando la situación me desborda, permanezco horas en la casa inmersa en el silencio. Solo silencio. Aún lamento que mi hija haya dejado el violín cuando ya empezaba a sonar de forma melodiosa, como ese sonido que parecía escuchar su profesora desde el principio. Obviar los errores y aún así, corregirlos. Qué enseñanza de paciencia y entrega me dio Carolina. Por eso en este momento en el que la música que escucha mi hija se oye en sordina por toda la casa y yo me evado de una realidad que no me gusta envuelta en el silencio, pienso en la enseñanza de la música con agradecimiento. La enseñanza de la paciencia, la constancia, la dedicación, el estímulo. Y sigo en silencio.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.