Jueves, 22 de febrero de 2018

¡Qué suerte tienes, Mariano!

Se sobreentiende que en un régimen democrático como el nuestro, el voto de los ciudadanos quita y pone a los políticos en los puestos dirigentes  Cuando esa confianza no es suficiente para que un solo partido asuma la responsabilidad de gobernar en solitario, comienzan las negociaciones con aquel  aquellos que puedan tener concepciones similares en la forma de llevar a cabo sus políticas. Es lógico que este proceso tenga su “tira y afloja” para que los respectivos votantes no lleguen a sentirse defraudados, cosa nada fácil, en más de una ocasión.

Como consecuencia de la larga etapa vivida bajo un régimen totalitario, en España hemos pasado por las mismas etapas de otros países que sufrieron parecidas vicisitudes. Llegó la democracia y, salvo pequeñas excepciones, la población se dividió en dos grandes bloques: los partidarios de superar viejas rencillas y optar por un cambio sin estridencias,  y, de otra parte, los inclinados al borrón y cuenta nueva, por las buenas o a la brava. De esta forma, hemos permanecido una larga temporada bajo el imperio del bipartidismo. Siempre había un partido que obtenía mayoría absoluta, o lo suficientemente cómoda coma para encontrar el pequeño apoyo necesario para superar la barrera de los 175 escaños.

La simple acción de gobernar ha traído consigo el rechazo de más o menos simpatizantes del partido que sustentaba el gobierno de turno, depositando sus votos en la urna de quien se había mostrado más partidario de cumplir las propias pretensiones. Así hemos llegado a un espectro mucho más amplio, que comprende ideologías afines, dispares y diametralmente opuestas. Consecuencia directa: estamos asistiendo al ocaso del bipartidismo. Para que el tema se vaya enmarañando más, cuando aboga todo el mundo por la globalización, aparece en escena el nacionalismo –en realidad estaba aletargado, tras la GM II—y, prescindiendo de las concepciones progresista o liberal, la fiebre secesionista irrumpe con más fuerza y más apoyos de lo deseado.

En las naciones con un arraigada idea del Estado, se soluciona el problema con coaliciones entre partidos que anteponen la unidad y la ley a cualquier fantasía revolucionaria o secesionista. Tenemos el ejemplo en naciones de nuestra propia UE que, cediendo en alguno de sus planteamientos iniciales, son capaces de formar gobiernos en coalición, y que éstos permanezcan hasta el final de la legislatura. Todo antes que comprobar cómo se derrumban, de la noche a la mañana, no pocos de los logros y el bienestar alcanzados, que, al final, son aquello por lo que debería luchar todo gobierno.

Desde que aprobamos nuestra Constitución, en España han gobernado: UCD, 3 años; PSOE, 22 años y  PP, 14 años (hasta hoy). En varias legislaturas, el gobierno de turno necesitó el apoyo de algún partido, casi siempre nacionalista, pero ninguno de esos partidos aceptaron carteras del gobierno. Salvo las carteras desempeñadas por miembros de las FAS, los ministros no pertenecientes al partido gobernante asumían la cartera en su condición de independientes.

No cabe duda que la acción de gobierno desgasta a los partidos en el poder, y desgasta mucho más cuando estos partidos se apartan de la legalidad. Para nuestra desgracia, ni uno solo ha eludido las salpicaduras de la podredumbre. El grado de corrupción ha ido emparejado a la duración en el poder. Aquí ya no vale aquello de “y tú más”  porque es muy posible que nunca lleguemos a saber el importe de los fondos “distraídos” en cada caso. Yo aconsejaría que, al menos los dos paridos que encabezan el tiempo gobernado, no escupan demasiado alto porque el viento sopla muy fuerte.

Llegados a  este punto, no falta tanto para  que pasemos por las urnas para dotarnos de un nuevo gobierno. A la vista de las últimas encuestas, hay que dejar constancia de datos fehacientes. El PP, a pasar de la constante e importante pérdida de votantes, sigue siendo el partido que cuenta con más simpatizantes. C,s ha conseguido sobrepasar al PSOE, lo que supone un cambio muy importante, habida cuenta que los socialistas han mejorado los resultados del último sondeo. Por último, Podemos baja hasta el cuarto puesto después de una pérdida millonaria. Si decimos que el pueblo nunca se equivoca, habrá que admitir que el PP, a pesar de la pesada losa de la corrupción, a pesar de la monserga catalana y a pesar del desgaste que supone gobernar, mantiene el primer puesto a nivel nacional. El otro partido de centro-derecha, C,s, se presenta a tal nivel que en unión del PP podrían llevar a buen puerto gran parte de sus respectivos programas, siempre que uno y otro cumplan los compromisos que sellaron para la investidura de Rajoy. Eso que parecería muy lógico en cualquier otro entorno democrático, en España no es tan fácil. Siendo más realistas, lo que se ha dado en llamar en Alemania la gran coalición, podía extenderse en España a los tres partidos constitucionalistas que no llevan en su ideario experimentos populistas anti sistema. Claro que, en este supuesto, Pedro Sánchez parece desentonar. Su obsesión por reformar la esencia territorial de España, pretender coqueteos con las fuerzas nacionalistas, y el empeño en resucitar revanchas guerra civilistas, hacen de él un sospechoso compañero de viaje. Algo parecido cabría decir de Albert Rivera cuando no le importa apoyar a los mismos partidos que tanto critica. Pero, por aquello de que “el que esté libre de pecado….”  los españoles debemos ir acostumbrándonos a votar tapándonos la nariz y sopesando los pros y las contras de cada cual. Aquí hay tres conceptos que no podemos olvidar: la corrupción que, a pesar de tanto juicio, no ha ensuciado solamente a los que están en el “candelabro”; la unidad de España y el bienestar social.  De todas formas, a unos partidos debe juzgárselos por lo que se apartan de la legalidad, y también por la torpeza con la que se han desenvuelto. Hay otros partidos que tienen también problemas de corrupción muy graves y apenas suenan en los medios de comunicación; se ve que han sido más listos.

El español de a pie se está vacunando contra la corrupción de los políticos que la practican, y comienza a poner en el otro plato de la balanza la unidad de España y la economía y el bienestar social. Ahí, Rajoy no es de los peores, y la gente lo sabe. Si la cerrazón de los partidos nos lleva algún día a perder el lugar que con tanto esfuerzo hemos alcanzado, habrá que cargarlo en el debe de alguno, o algunos, políticos a los que les vino muy ancho en traje.