Lunes, 21 de mayo de 2018

La caza de amor, de Guillermo Carnero, nueva publicación del SEMYR y final de un capítulo de la historia del libro español

En la lengua de cada día resulta habitual traer a colación la palabra orden. O si no se nombra, por lo menos debido a una u otra causa se piensa en ella. Desde que somos niños se nos enseña a cuidar el orden de las cosas. Diversos contextos sociales inculcan en nosotros esa pedagogía y aprendemos a seguir instrucciones para ejecutar tareas. El aura compartida por las diferentes causas que nos mueven a obedecer un procedimiento, como cuando pasamos por una inspección de seguridad antes de abordar un medio de transporte público, o cuando cocinamos un determinado tipo de platillo, el aura común a estas actividades nos hace concebir la idea de una correcta disposición de las partes, de una cuidada distribución de los elementos, con base en una lógica que articula su funcionamiento. Esta imagen asimismo podría expresarse por medio de figuras geométricas situadas de tal modo que al pasar la mirada sobre ellas no se encuentre tropiezos.

La Celestina (1499), del jurista Fernando de Rojas, ofrece un nutrido programa de instrucción sentimental, enhebrado por un repertorio de valores del Humanismo que permeaba la temprana Modernidad. Con el ejemplo del destino que tuvo la forma del amor de Melibea y Calisto, el autor aborda el tópico del contemptus mundi, o menosprecio del mundo, en relación con el engaño que supone dejarse flechar por Cupido.

O damas, matronas, mancebos, casados,
Notad bien la vida que aquestos hizieron,
Tened por espejo su fin qual ouieron:
A otro que amores dad vuestros cuydados,
Limpiad ya los ojos, los ciegos errados,
Virtudes sembrando con casto biuir,
A todo correr deueus de huyr,
No os lance Cupido sus tiros dorados.

Calisto, prendido del amor a Melibea, acude a Celestina, una vieja alcahueta, para que lo ayude a estar con ella. La serie de recursos desplegados por la vieja prostituta, entre los que se cuenta la magia, sin embargo, ocasiona una serie de enredos que acabará con la vida de más de uno de los personajes, entre quienes se cuenta, desde luego, Calisto y Melibea.

La Celestina, Lisboa: Luis Rodrigues, 1540, portada.

La obra literaria ha despertado el interés de la crítica hasta hoy en día. Hay problemas no resueltos incluso en relación con la autoría. Probablemente, Fernando de Rojas no escribió la tragicomedia en su totalidad; aunque también existe la posibilidad de que los registros que llevan a pensar en que una pluma anterior a la suya dio inicio a la historia sean, no obstante, solo un elemento más del recurso retórico de la captatio benevolentiae, o captación de la benevolencia, del lector. El portal dedicado a la obra de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, enlista tales aspectos con las siguientes palabras: «En tiempos bastante recientes se han multiplicado los estudios sobre las fuentes, refranes, sentencias, formas verbales, etc., utilizadas en el primer Acto y en los 15 añadidos por Rojas en la Comedia, y también frente a los 20 Actos de la Tragicomedia, incluso comparándolos con las interpolaciones posteriores.»

Recientemente, el Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas (SEMYR, Universidad de Salamanca), ha publicó un nuevo libro de Guillermo Carnero dedicado a uno de los problemas mencionado arriba. El volumen se titula La caza de amor o el amor sin caza, en el huerto o la huerta de Melibea (2017). En esta obra del Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Valencia, aquilatada por años de estudio en las aulas, se ofrece una nueva tesis sobre la lectura correcta que Fernando de Rojas hizo del acto I de La Celestina, frente a la de Martín de Riquer publicada hacia la década de los sesenta en la Revista de Filología Española, «Fernando de Rojas y el primer acto de La Celestina» , suscrita por sucesivos investigadores.

 

Si por una parte el autor barcelonés había mostrado aspectos que llevaban a pensar en una posible incomprensión, o en una comprensión precaria, de Rojas en torno al manuscrito inicial de la obra, por otra parte, el poeta novísimo, Carnero, mediante un estudio histórico en torno a aspectos esenciales del tejido resaltado, como son las aves de cetrería y las distinciones lingüísticas entre ‘huerto’ y ‘huerta’, llega a la conclusión de que Rojas sí entendió de manera cabal el acto I del manuscrito, y no existen faltas de concordancia textuales con base en los primeros encuentros de Calisto y Melibea.

 

Les petites heures du duc Jean de Berry, París, Bibliothèque Nationale de France, Mss. Lat. 18014, fol. 282r.

 

Como resulta natural, explica Carnero, las tesis sostenidas con anterioridad no pueden seguir constituyendo claves para abordar el estudio de la autoría de la obra llevada a su trágico final por el bachiller de Salamanca. Esta nueva perspectiva recupera para la obra de Rojas un orden del que nunca careció, pero que sí echó en falta bajo la mirada de la crítica. Ahora resulta posible (re)leer La Celestina con menos interrupciones, con más reposo, con menos preguntas, con más deleite. Hoy por hoy, su figura resulta más perfecta. En definitiva, debido al conjunto textual y crítico de la obra, conocemos mejor qué sucede en la caza de amor o el amor sin caza.

El diseño del volumen 6 (y último) de la colección Hojas secas, al cuidado del director de la publicación, D. Pedro M. Cátedra, contempla una suite de seis láminas (dos de ellas reproducidas en nuestra columna) y, tal como se anunció por el propio SEMYR, está impreso a dos tintas sobre papel verjurado crema de 100 gramos. Con encuadernación a la rústica y cubiertas orladas por filetes verdes dobles, este ejemplar in-8° tiene sus pliegos de 88 páginas intonsos y su tirada fue de 125 ejemplares.

Sin lugar a dudas, esta obra marca un antes y un después en la publicación de estudios en torno a la literatura española e italiana de los siglos XV-XVII. Pone punto final a las Hojas secas y con ello a un invaluable capítulo en la historia del libro español.

 

 

Suzhou, China,
2018.02.10.

Juan Ángel Torres Rechy
torres_rechy@hotmail.com