Domingo, 20 de mayo de 2018

Cambiar es posible, pero ¿Queremos cambiar?

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Conviértete y cree en el Evangelio (Mc 1,15), no sólo es un programa de Cuaresma, sino de toda nuestra vida. Creer y convertirse son dos pasos del itinerario de todo cristiano. No es posible la conversión sin fe, sin creer profundamente.

Pero ¿qué significa convertirse?

No podemos olvidar que la humanidad avanza y responde a proyectos de salvación y liberación; pero en nuestro mundo y en nuestra carne persiste y actúa el misterio y la fuerza del mal. La lucha viene de lejos. Es una lucha silenciosa y a veces dramática, se da a nivel personal; pero también a nivel social. Es la lucha por dejar toda clase de estructura de esclavitud del  pecado, dependencias, codependencias y llegar a la libertad de los hijos de Dios.

El cambio de mentalidad y de corazón, no es fácil. Somos por naturaleza testarudos y no damos el salto si no hemos probado las ganancias. El esfuerzo, la monotonía, el tiempo quizás sean los peores enemigos para dejar atrás el pasado, para lanzarse a la construcción de un mundo nuevo.

Para caminar en la vida  ¿se comienza o se termina con la conversión? Desde que nacemos comenzamos a torcernos y es preciso cada día enderezarse. Desde que se inicia el acompañamiento el acompañante debe imprimir bien fuertemente en la persona el deseo permanente de convertirse al amor.

Convertirse, en el sentido bíblico implica desandar el camino andado y orientarse, en una nueva dirección. La verdadera conversión incluye: una actitud total de la persona, una conducta moral y religiosa, una clara aversión a los pecados cometidos, una nueva orientación positiva para el futuro.  

La conversión no es un conjunto de práctica ascéticas, ni el esfuerzo por corregir algún defecto. Es un cambio de mente  y  de corazón, es un volver a nacer, un empezar de nuevo, con mirada distinta, es cambiar el corazón de piedra por uno de carne. Es morir para resucitar. La conversión es siempre una ruptura, un cambio. Un cambio de la mentalidad: comenzamos a guiarnos por los criterios de la fe y el evangelio, y no por los criterios del ‘mundo y de la carne’, encerrados en sí mismos. Un cambio de práctica y de actitudes.

La conversión tiene tres direcciones:

-es regresar a Dios a quien habíamos abandonado;

-es reencontrarnos a nosotros mismos, y vernos como Dios nos ve y nos quiere  ver

-es volvernos a los otros como hijos de Dios y como hermanos nuestros.

La conversión se da como proceso y crecimiento, siempre inacabado, es una tarea permanente. No es un proceso lineal y homogéneo. Tiene distintas etapas, y sus momentos de crisis, sus dificultades.

No hay crecimiento sin crisis, y ésta se da en la transición de una etapa a otra. Cuanto más cueste en pasar a la siguiente, más se acentuará la crisis.  El camino cristiano es también el camino de la maduración psicológica y de las virtudes teologales. Se cambia, se crece y se madura por gracia, por la práctica del amor, por el cuidado y el esfuerzo de cada día,  pero no por ilusiones y sentimentalismos.  

La conversión es un proceso. La conversión es el punto de partida de todo camino espiritual que exige una transformación radical de nosotros mismos, para  pensar, sentir y vivir como Cristo presente en el hombre despojado y alienado. La conversión implica una ruptura con el pasado, con la vida llevada hasta el momento: El Convertirse y creer en el evangelio (Mc 1, 15) exige emprender una nueva senda: “Anda vende todo lo que tienes...después ven y sígueme” (Lc 18,22). Convertirse es estar dispuesto a acoger el Reino, es elegir el camino de la vida.

El próximo miércoles, día 14 comienza la Cuaresma. Convertirse, cambiar, es posible, pero ¿Queremos cambiar?  Este es el título de una charla que Emi Castellano y un servidor daremos el día 12, lunes,  en el salón de los Carmelitas de la calle 59 a las 20:30.