Viernes, 25 de mayo de 2018

El eje del bien y el eje del mal

El pasado no es un cómodo sillón donde uno se instale para contar, como propias, sus “viejas batallas”.  Batallas conducidas por un protagonista que confía haber escrito, él y sólo él, un libro con sus páginas en blanco. En blanco desde su nacimiento. Por ejemplo, el anciano cuenta a sus nietos: “después de mucho meditarlo me ennovié con vuestra abuela y acerté”. Por cierto, el abuelo suele olvidarse de las muchas batallas perdidas. En todo caso, el mensaje que trasmite resulta claro y diáfano: “yo soy él hacedor de mi vida” ¿Será así? Pienso que resulta muy exagerada tal aseveración. Quizás, sin sospecharlo, ese abuelo sólo añadirá dos o tres párrafos a un libro que ya estaba casi escrito cuando nació.

Creo haber ya citado a Amos Oz. Al autor de una notable autobiografía que recomiendo leer: “Una historia de amor y oscuridad”. Pues bien, allí, en algún momento, el autor comenta que, cuando se acuesta en la noche, tiene la sensación de hacerlo con sus padres, sus abuelos, sus ancestros, sus condiscípulos, sus amigos y enemigos. En fin, hacerlo con una multitud de gentes conocidas y desconocidas. Poderosa metáfora que evoca la estratigrafía de nuestro “yo”. Así es. Lo que llamamos “yo mismo” resulta ser, casi en su totalidad, un “yo de otros”. Nuestros ojos negros, azules o verdes son producto de ajenas y antiguas fábricas. En esos extremos todos estamos de acuerdo. Ya no tanto, si les dijera que también a ellas atañen las alergias, los dejes, los gestos, las filias y las fobias. Y, sin duda, se escandalizarán si digo que también corresponden a tan lejanas usinas nuestro mundo emocional. Muchos de los que lean esto se sentirán profundamente indignados ¡No, no se indignen! Recuerdo que una desconocida obtuvo mi correo y se comunicó conmigo. Me decía en sus mensajes que admiraba a los que “daban su vida por los demás” y odiaba profundamente a los que “a aquellos, mataban o torturaban” Y, a modo de resumen, concluía: “en el mundo existen personas intrínsecamente buenas y malas”. Manifesté mi discrepancia, incluso mi inquietud ante tal declaración de principios. Le decía en una misiva, que no obtuvo respuesta: “los juicios morales acerca de las personas me aterran”. Como saben he sido catedrático de derecho penal, incluso magistrado y mi opinión es que existen comportamientos execrables y no personas execrables. Se deben juzgar los comportamientos y no a las personas.

¿Quién puede condenar o exonerar a una persona en si misma? ¿Quién puede saber, con certeza, como influyó en su conducta su herencia genética o mimética? ¿Cómo evaluar su déficit de neuronas espejo, distrofias en sus neuro transmisores, circunvalaciones cerebrales, ausencia de afecto en su primera infancia, sufrimientos indecibles vividos, carencias educativas, etcétera? Insistí: “¡No, no me atrevo a juzgar a las personas! ¡Sí, sus conductas!” Conductas, con frecuencia, espantosas, crueles y depredadoras. Conductas de las que la sociedad debe protegerse, pero nunca derivarlas estigmatizando a sus autores.

Me dirán: ¿pero somos libres para optar entre el bien o el mal? En efecto, somos libres (muy poco) en la medida que se nos ha enseñado y hemos aprendido a serlo. No se nace siendo libre. Uno aprende a ser libre. La sociedad debe procurar tal aprendizaje. Los gobiernos deben procurarlo y muchos no lo hacen. En Canadá la reincidencia de delincuentes sexuales es igual a cero ¿Por qué? Primero por considerar, a la mayoría de ellos inimputables (lo son); segundo, por ayudarles a ser conscientes de su depredadora inclinación; tercero por procurar insertarlos en la comunidad; y, cuarto o previo a todo, lo más importante, por haber enseñado desde el parvulario a respetar al “otro” y a respetarse ¡A ser libres!

En España, por desgracia, se recorta en educación, en gasto social, y se castiga con severidad extrema a los “pichis” y a los “majaras”. Sino me creen visiten alguna macro cárcel y verán. Muchos pensamos que detrás de la delincuencia común, casi siempre, hay un problema social o genético no resuelto o controlado. En España, últimamente, se tiende a juzgar a las personas y no las conductas. Pareciera que hoy, como decimos los penalistas, imperase: “el derecho penal de autor en desmedro de un derecho penal del hecho”. De ahí el castigo, la venganza y la vuelta a la edad media. La pena perpetua revisable resulta de todo punto abominable. Y abominable que se quiera hacer acopio de votos recurriendo a la picota y al sufrimiento de los deudos de la víctima.