Viernes, 23 de febrero de 2018

Porque lo digo yo

“Nada sé de todo cuanto sucedió en el Paraíso; (...) de la airada voz del Todopoderoso y de su dedo que significaba la expulsión: nada sé de todo aquello. Fue mi padre quien me expulsó de allí.”

                                                                                   CHRISTOPH MECKEL

Al parecer, de los programas de televisión que más millonaria audiencia concitan, destaca uno que utiliza a niños como cocineros competidores, sometiéndolos a pruebas y enfrentamientos en ejercicios de habilidad culinaria, que luego una especie de tribunal de adultos juzga, premia o descarta para mayor gloria de los ganadores y un, dicen, notable nivel de escarnio público para quienes pierden.

Aunque quien esto firma no sea televidente, sabe que no hace mucho tiempo existían (tal vez todavía), programas competitivos en prime time en los que niños disfrazados imitaban a cantantes famosos mimetizando con supuesto gracejo sus movimientos y voces, lo que, al parecer, causaba gran contento a los adultos espectadores (que, como televidentes, se contaban por millones), y provocando, además, un grado no pequeño de hilaridad, condescendencia, graciosa comprensión y hasta rasgos de magnánima ternura, al ver a los inocentes chavales remedar con aparente mérito, y no poco esfuerzo, al parecer, a los ídolos de la canción del momento.

Hay programas en la radio y en la televisión cuyos contenidos se basan únicamente en fijar el micrófono o la cámara ante niños, y mediante meras series de preguntas sobre cualquier tema de adultos, reirse a mandíbula batiente del supuesto gracejo de las respuestas de los infantes, descojonarse con la repentización de sus ocurrencias, partirse el pecho de risa con las curiosas asociaciones de sus parlamentos o sorprenderse magnánimamente con las aproximaciones miméticas al pensamiento y razonamiento adultos, lo que parece ser de un notable valor para la audiencia, que obsequia con su más benévola aceptación la supuesta altura humorística que contiene el inocente candor que para ellos supone el desasosiego infantil, la insolencia inconsciente o la procacidad desavisada de los niños, además de la incapacidad que tienen los menores de comprender la indigna naturaleza del escenario involuntario en que los colocan.

Amor al prójimo, altruismo, espíritu de sacrificio y otros conceptos aparentemente nobles,  que por supuesto no se dan en estas abstrusas competiciones y programas, pero que parecen querer justificarse en sus argumentaciones, ocultan una infinita crueldad cuando les son impuestos a los niños a una edad en que los presupuestos del amor al prójimo no pueden siquiera existir. Gracias a la coerción en su suministro, estos conceptos y otros de tan noble enunciado teórico, se asfixian muchas veces en su origen y lo que queda en el niño es una fatiga por los mismos que dura toda la vida y que le hará, como persona adulta, un militante de sus contrarios.

No sorprende que todas estas utilizaciones de los niños como monos de feria (lo que también es una aberración con los monos en las ferias), se programen en las televisiones fuera de los horarios infantiles, porque no están destinadas a niños, sino a esa especie de ejercicio de superioridad que para algunos adultos se basa únicamente en tener más años que un niño, y a esa estúpida altivez de demasiados adultos, que consideran a los niños personas inferiores y, por tanto, objetos maleables y juguetes de su voluntad.

La antigua práctica de la mutilación física, explotación y acoso del niño por el adulto parece haber sido sustituida cada vez más por una forma de crueldad espiritual que, además, ha podido ser mitificada tras el benévolo término de “educación”. Disfraces, peinados, ropa, rituales, creencias, ámbitos, opiniones, comportamientos, imposición de aficiones y obligaciones o actividades de todo tipo, son impuestas a indefensos niños por padres y madres, cuyas propias frustraciones y carencias quieren subsanar en el cuerpo inerme de sus hijos, hipotecando y basureando la infancia de personas indefensas para las que nunca supieron, ni merecieron, ser padres.  

Y una escalofriante afrenta a la personalidad y maduración de los niños se extiende en todos los ámbitos,se transparenta con indecencia en el ocio simplista para adultos hecho con la excusa de ser “para los niños”; una “pedagogía negra” (como ha llamado la psicóloga Katharina Rutschky a los hábitos de imposición educativa), se ve claramente en miles de equipos infantiles de fútbol y otros deportes, jaleados salvajemente en flagrantes ejemplos de bestialidad por progenitores imbéciles, en grupos de danza que sirven a babeantes madres para sus vacuas vanaglorias de crianza, de baile, de música, coros, rondallas, ‘majorettes’ o de cualquier otra actividad impuesta a niños, donde se les obliga a participar y a competir involuntariamente antes de que levantan tres palmos del suelo, y donde aprenden a admirar ídolos de barro, a tener modelos falsos y a orientar su esfuerzo a la imitación, pero cuya formación se verá gravemente condicionada por una forma de socialización basada más que en el aprecio de lo propio en el enfrentamiento, la lucha, la equivocada competitividad,  el desprecio a lo ajeno y la innoble arrogancia del desaire al vencido.

Que haya padres, madres, educadores, tutores, monitores, entrenadores, directores o responsables cuyas capacidades educativas y pedagógicas rocen lo insignificante o, peor, que tengan una mentalidad raquítica y una enclenque maduración, no absuelve ni a ellos ni a la sociedad entera de la rastrera utilización que se hace de los niños no solo para diversión y jolgorio, sino como coartada de un infantilismo adulto creciente, y mucho menos absuelve de la manipulación de personalidades en proceso de maduración para hacerlas a la medida de las enormes carencias de respeto a la infancia.