Lunes, 21 de mayo de 2018

Otras formas de arte

La música, en muchas ocasiones, nos pasa desapercibida a causa de estar tan acostumbrados a escucharla en todas partes que apenas somos conscientes de que está ahí.

En los videojuegos no llega a tener el mismo reconocimiento que, por ejemplo, en el cine y a pesar, de que a muchos aficionados, tanto de los videojuegos como del cine, les puede parecer algo que no es tan importante, es una parte imprescindible del trabajo, puesto que si la historia no es igual sin sus personajes o su trama, tampoco lo es sin una buena música.

La música, como agente cultural, es necesaria en nuestra vida y por eso se le está dando cada vez más relevancia en el mundo de los videojuegos pero, como en todos los ámbitos donde existe música, es importante que cumpla bien su función.

Hacer la historia más inmersiva y acompañar en la experiencia del juego es fundamental para que el jugador crea estar dentro del mismo durante las horas que dure este. Siempre habrá que estar a disposición de lo que quiera lograr con la música la empresa desarrolladora del juego, pero es importante que la música esté en un punto intermedio donde no se haga demasiado agobiante ni pesada, pero sí que llegue a meter un poco de presión añadida al jugador (aunque también dependerá del tipo de juego que se trate).

El reto será no estropear la jugabilidad ni la narrativa y provocar sensaciones de todo tipo dentro de la aventura porque, al igual que una buena banda sonora consigue disimular ciertas fallas e incluso mejorar la historia, una mala composición puede llegar a arruinarla por completo.

También es cierto que las melodías cíclicas, las que suenan en un loop constante han ido quedándose ancladas en el pasado y, en ciertas ocasiones, como en la que a mí me compete con Nightmare Boy, pretenden recordar aquellos plataformeos de los 70 y 80 y se siguen componiendo bajo exigencias del guion, lo que crea un reto añadido: que no le estalle la cabeza al jugador como solía ocurrir con aquellas composiciones monofónicas en 8 bits. Ahora con las nuevas tecnologías de grabación, las polifonías y las orquestaciones, estas melodías se han convertido en auténticas bandas sonoras, muchas de ellas dignas de competir con los grandes por los más importantes premios de la música.