Viernes, 25 de mayo de 2018

La pertinaz tontería

Hay muchas cosas que sigo sin entender (la falta de dimisión del director de la DGT, la insistencia de Puigdemont en continuar con su retiro belga, la falta de visibilidad de Pedro Sánchez en el PSOE, la idea de que continúe Trump en el poder, la división entre las dos Coreas…) y hay otras que entiendo a medias como el hecho de que se denigre al feminismo precisamente atacándolo por el otro lado, es decir, defendiéndolo, por ejemplo, en una gala institucionalizada. Ahora toca ser feministas, ahora toca hacer chistes al respecto y menear el abanico del empoderamiento.

La gente para mí es buena o mala independientemente del sexo. Yo la discriminación la practico siendo libre, no dando discursos o metiéndome con un cuadro de ninfas desnudas. Cierto es que, como funcionaria, cobro lo mismo que un hombre y tengo las mismas posibilidades de promoción. Por eso no dejo de asombrarme de la tontería imperante, esa que se llena la boca de discursitos y reivindicaciones vengan de donde vengan. Ni soporto las posturas talibanes en el feminismo ni en el machismo ciertamente imperante. Ni voy a glosar a nadie por su género ni voy a pedir cuotas porque resulta que creo en la meritocracia. Por eso me parece tan demencial esta forma sutil de acabar con el progresivo avance de la mujer a la hora de criticar el abuso, no del hombre, sino del poder. Ese poder que hace que, para llegar a un empleo, tengas que someterte. Ese poder que decide sobre los vientres de los empleados y que, por ejemplo, te ofrezca una congelación de óvulos para que dejes de dar la murga con tu edad fértil y te concentres en el trabajo. Es así de perverso, si salen las actrices denunciando abusos desenterramos el caso Woody Allen para confundir a la gente. Si se hace una gala defendiendo la presencia femenina en el cine español, los chistes de dos presentadores hombres rozan lo ridículo.

A las francesas se les llenó la boca en su manifiesto con la palabra piropo y coqueteo, pero no les faltaba razón al afirmar que cuidadito, que cuando traspasamos ciertas líneas resulta que nos volvemos ridículas, histéricas y ya te lo decía yo. Me pregunto por qué no vamos a lo verdaderamente importante: educar, dar trabajo a todo el mundo, enseñar a ser libre, autosuficiente, convertir a cualquiera en un ciudadano consciente de sus derechos y obligaciones sin reparar en el género, articular una gala desde el talento y no desde la tontería o el lema institucionalizado. Ser, en suma, personas, personas coherentes, dispuestas a resolver los problemas de forma resolutiva, realista, capaz, generosa. Y luego ya pensaremos en la diferencia, esa que nos hace ser hombres y mujeres, pero de bien. Seres que, podemos elegir llevar nuestra vida sin necesidad de que nadie nos someta a un abuso de poder. Y es que hay ciertas cosas, repito, que nunca acabaré de entender.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.