Viernes, 25 de mayo de 2018

Conócete a ti mismo

Parece ser que todo aquel que visitaba el templo que en Delfos había dedicada a Apolo, al entrar se topaba con una frase que ha perdurado a través de los siglos: "Conócete a ti mismo".

Desde entonces no ha habido sabio o filósofo que se precie, empezando por el mismísimo Sócrates, que no la haya utilizado para explicar parte de su filosofía, ya sea citándola literalmente o dándole un toque personal, para acomodarla a las necesidades de cada uno, o para satisfacer su prurito, sin que la esencia haya cambiado lo más mínimo.

Pero no sólo la han utilizado, y siguen utilizándola los sabios, sino que se ha hecho tan popular que la podemos encontrar en cualquier conversación de café, con la misma naturalidad que utilizamos un refrán castellano.

Y no digamos ya, la utilización, incluso abuso, que de ella se hace en la infinidad de libros de autoayuda que inundan las librerías. Eso sí, dándole las vueltas que haga falta y utilizando una terminología que la enmascare de tal manera que el lector piense que está descubriendo algo nuevo.

De lo dicho anteriormente, y muchísimo más que podría decirse de esta simple frase, podemos colegir la importancia que, para el ser humano, tiene el conocerse a sí mismo, por lo que es muy conveniente que de vez en cuando, hagamos un alto en nuestra ajetreada vida y lo dediquemos a pensar en todo esto. Al fin y al cabo sería un tiempo dedicado a nosotros mismos.

 Pero, cuanto más intentamos encontrarnos y conocernos a nosotros mismos, para salir del laberinto, plagado de salidas falsas y de salidas sin salida, en el que estamos sumidos, el entramado se complica más y más, la esperanza se va disipando, abandonamos la búsqueda y terminamos siendo devorados por Minotauro.

Y es que el problema, no es sólo que nos conozcamos a nosotros mismos, que ya es suficientemente complejo, el problema se multiplica cuando empezamos a examinarnos, a mirarnos por dentro. Entonces vamos descubriendo que el ser yo, no sólo depende de mí, sino que en mi hay varios yo que complican, y de qué manera, la búsqueda. Decía Unamuno que además del que uno es para Dios, y del que es para los otros y del que se cree ser, hay el que quisiera ser. Y que éste, el que uno quiere ser, es en él, en su seno, el creador, y es el real de verdad. Otra vuelta más al laberinto.

Tal vez el hombre esté condenado a vivir para siempre en ese laberinto, y esta búsqueda, como otras tantas que el hombre se marca, tan sólo sea un pretexto para encontrar sentido a la vida, aun sabiendo que es una cuestión que no tiene respuesta, que es una búsqueda cuya salida  nunca encontraremos, pero que estamos condenados a seguir buscando, pues en esa búsqueda, no en el encuentro, es donde está la esencia del ser humano

Al final del camino, si lo hemos recorrido escudriñando cada rincón, analizando cada vuelta y revuelta, viviendo intensamente cada momento de luz y de su hija la sombra, caeremos, felizmente agotados del duro caminar, en el centro del laberinto. Entonces, solo entonces, podremos descansar, ya para siempre, satisfechos por no haber sucumbido en las fauces del yermo Minotauro.