Viernes, 23 de febrero de 2018

El poder de las palabras

«Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento»

George Orwell

El lenguaje constituye un constructo que se usa de manera cotidiana para facilitar la comunicación entre las personas. En la mayoría de las ocasiones este instrumento se emplea de forma automatizada, sin concentrar demasiada atención en las palabras utilizadas para su articulación. No obstante, cada palabra tiene una carga concreta y unos matices determinados, a pesar de que en múltiples ocasiones se empleen diversidad de términos como sinónimos. Apenas hace una semana se publicaba un artículo en el que el escritor y académico Javier Marías resaltaba -entre otras cuestiones- las dificultades que afloran en el proceso de definición de una palabra. Marías afirmaba que en ese momento se deben contemplar las particularidades y los elementos que la distinguen de otras -en apariencia- similares.

Lo referido en las anteriores líneas es muestra de la gran riqueza terminológica que posee el castellano como lengua, a pesar de lo cual -en muchas ocasiones- se opta de forma deliberada por el uso de palabras que no se corresponden con la realidad a la que se trata de hacer referencia. Un caso paradigmático es el de la violencia de género, cuyos actos son en ocasiones referidos como “terrorismo de género”. Sin entrar en disquisiciones sobre el mayor o menor acierto a la hora de denominar este tipo de actos violentos -en los que el hombre ejerce violencia sobre la mujer y concurren una serie de circunstancias como la existencia presente o pasada de una relación sentimental entre ellos, etc.- como violencia de género, lo que resulta evidente es que no constituyen un acto terrorista. Las conductas típicas en la violencia de género acontecen, habitualmente, en ámbitos privados y las víctimas (cuando no son los hijos de la pareja u otros seres queridos) representan el objetivo último de la acción del hombre que la ejerce. En cambio, los actos terroristas suelen ejecutarse en espacios públicos y las víctimas son simbólicas o representativas, ya que el objetivo real es una población más amplia (ya sea un grupo religioso, una etnia determinada u otro tipo de colectividad). Además, las pretensiones de las acciones terroristas -de tipo político- no resultan asimilables a los fines perseguidos por los maltratadores.

Entonces, de acuerdo con lo expuesto anteriormente, ¿por qué se habla continuamente de “terrorismo de género”? El motivo no es otro que el impacto que el término “terrorismo” tiene en nuestra sociedad, muy superior al que presenta la violencia de género. Sin embargo, la vía para afrontar el gran problema que representa este tipo de actos violentos no es cambiar su denominación asignándole una etiqueta que no le corresponde si no resaltar su importancia y dimensión, quizás -en muchas sociedades- superior a la de los actos de terrorismo.