Viernes, 23 de febrero de 2018

Rodar la naranja por San Blas, o cómo la infancia permanece

 

Mi infancia son recuerdos

de una era carrionesa

donde se rueda la naranja…

 

La vida para un niño en Carrión de los Condes, "la muy noble y leal ciudad", era de lo más entretenida. Al llegar estas fechas no hacíamos otra cosa que pensar en la fiesta de San Blas, protector contra los males de garganta, que en este paraje palentino, como en muchos otros lugares, lleva de la mano la más genuina tradición popular del hombre que ya vislumbra la primavera, iluminado por las hogueras de San Antón y los cirios encendidos de la Virgen de las Candelas. El cuerpo se despereza, aburrido del invierno, y busca indicios de nuevas esperanzas en el resurgir de la naturaleza. Debían ser muchas las ilusiones infantiles, pues en el colegio Sor Susana, Sor Isabel y compañía nos dejaban salir pronto, a eso de las cinco, para poder disfrutar de nuestra fiesta antes de la anochecida, implacable todavía a estas alturas del año en Tierra de Campos. Abandonábamos el aula presurosos, y en la cartera, además de aquellos libros de "Lengua", "Mate", "Soci"..., el habitual bocadillo y la extraordinaria naranja, o mejor, naranjas.

 

Sí, naranjas por San Blas. Me explico. El primer destino de la chiquillada era el Monasterio de las Claras. Cuando llegábamos se estaba celebrando la Misa del santo, y tras ella se daban a besar las reliquias de San Francisco y Santa Clara, fundadores de la familia franciscana, y de San Blas, para alejarnos de faringitis, ronqueras y demás afecciones. Esto, unido a la gargantilla, garantizaba el éxito en la profilaxis. Cumplimentada la secular veneración del hueso de San Blas, se llenaban las eras cercanas para completar el rito de cada 3 de febrero. Todos a rodar la naranja, a deslizar nuestros cítricos bien escogidos por el verde, aprovechando las pendientes y desencadenando una batalla tan pacífica como divertida. Con la huida del sol se daba por finalizado el combate, o siendo más preciso, se aplazaba hasta el año próximo.

 

Rodar la naranja en las eras de Carrión se hace desde que, según la leyenda, llegó a la ciudad el Cid Campeador, tras conquistar Valencia, cargado de naranjas para ofrecérselas a sus hijas, Doña Elvira y Doña Sol, casadas con los Infantes de Carrión. Al no encontrarlas allí, se enfureció, y arrojó el cargamento frutal en las eras. Los niños, atraídos por aquel producto exótico, se lanzaron a por las naranjas y comenzaron a jugar con ellas, mientras Don Rodrigo Díaz se quedaba afónico de tanto gritar contra los yernos. Pero antes de salir pasó por las Claras, besó la reliquia de San Blas y recuperó la voz. Milagro divino a través del santo y divertimento popular: todos los ingredientes para consolidar una fiesta, aunque ni las hijas del Cid (Cristina y María, en realidad) se casaran con los Infantes ni el monasterio pudiera ser visitado por el caballero de Vivar, pues se fundó en el siglo XIII. Pero... ¿y lo bien que nos lo pasábamos? ¿Seríamos los mismos sin las tradiciones que nos han ido configurando? ¿Acaso no permanece para siempre la infancia?