Viernes, 23 de febrero de 2018

Ley de la memoria histérica

Por definición de lo que es una guerra civil, resulta irremediable la concurrencia de una serie de circunstancias que la diferencian de la guerra tradicional. La principal, y más triste, es contemplar en el teatro de operaciones el enfrentamiento sangriento entre ciudadanos de una misma nación, región o población. Aunque resulte una cita demasiado socorrida, pudo haber hermanos peleando en distinto bando pero en el mismo o distinto frente.

Salvo desgraciadas excepciones, la violencia en las retaguardias suele ser mayor en la guerra civil que en la tradicional. Y no es de extrañar puesto que siempre es distinta la génesis del estallido. En la guerra tradicional intervienen factores externos de carácter político, económico, estratégico o histórico. Los terrenos ocupados en el desarrollo de la contienda se ven sometidos a la disciplina del bando vencedor y su población, en conjunto, queda igualmente sujeta a la nueva autoridad. Si existe alguna represalia, siempre será a manos del invasor, pero nunca de sus mismos conciudadanos. En la guerra civil, también en la del 36, hay que admitir que hay un bando que se subleva y otro que se opone a esa sublevación. El caso concreto español, no fue el primero de la historia y, por desgracia, tampoco será el último. Por la índole del conflicto, las ideas políticas de las personas de ambos bandos también se encontraban divididas y, además, cada cual conocía las de su vecino. De hecho, la principal razón del estallido del conflicto hay que buscarla en la sucesión de desórdenes incontrolados y actos vandálicos con derramamiento de sangre, a partir de la proclamación de la II República. Hay quien sostiene que la revolución de Asturias fue un ensayo de la guerra civil. Lo cierto es que, antes y después del 18 de julio, en uno y otro bando, abundaron los asesinatos, juicios sumarísimos, fusilamientos, encarcelamientos, quema de iglesias y persecuciones por ideas políticas o religiosas, totalmente injustificados. Es decir, llevar a las ideas la violencia de la política envolvió en sangre los años de la República para que sectores minoritarios fuero el caldo de cultivo del estallido. A lo largo de los tres años de contienda no cesó la represión en ambos bandos y todavía se echa en falta un estudio veraz e imparcial que pueda cuantificar el número de víctimas de cada uno de ellos. En cualquier caso, sea cual sea la realidad, siempre serán demasiadas.

A todas las desgracias que comportan las guerras, siempre hay que añadir una amarga realidad: siempre dejan un bando perdedor. En el caso de la guerra civil, al final, pierden los dos bandos porque las consecuencias también son comunes. La posguerra es muy dura, sobre todo cuando la recuperación se hace partiendo de cero; cuando no existe otro plan Marshall, cuando vencedores y vencidos deben pasar apuros y empujar juntos el carro del progreso. Con luces y sombras, España superó los verdaderos años del hambre y, con la llegada de la democracia y la apertura a los círculos de influencia occidentales, hemos llegado a un punto inimaginable hace cuarenta años. Pare ello ha sido fundamental limar asperezas y, respetando a los demás, olvidar viejas heridas para conseguir una Transición aplaudida por todo el mundo.

Todos hemos admitido que nadie puede sentirse orgulloso de los desmanes de nuestro pasado reciente. Muchos de los que vivieron en primera persona aquellos acontecimientos, fueron capaces de alcanzar un consenso que hiciera posible la reconciliación definitiva de todos los españoles, los que sufrieron la guerra y los que hemos sufrido las consecuencias. Sin embargo, españoles nacidos en la posguerra, y también en la democracia, siguen apuntados al cainismo y quieren destapar las heridas de la guerra. Cuando el Presidente Zapatero contó con los siguientes apoyos, sacó adelante la Ley de la Memoria Histórica (59/2007 de 26-XII).

En su Exposición de Motivos se lee lo siguiente: “Es la hora, así, de que la democracia española y las generaciones vivas que hoy disfrutan de ella honren y recuperen para siempre a todos los que directamente padecieron las injusticias y agravios producidos, por unos u otros motivos políticos o ideológicos o de creencias religiosas, en aquellos dolorosos períodos de nuestra historia”… “En definitiva, la presente Ley quiere contribuir a cerrar heridas todavía abiertas en los españoles y a dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o de la represión de la Dictadura. En definitiva, la presente Ley quiere contribuir a cerrar heridas todavía abiertas en los españoles y a dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o de la represión de la Dictadura”

Alguien podría pensar que de verdad con esta ley se “quiere contribuir a cerrar heridas”. En la práctica, da la sensación de que sólo hubo injusticias y agravios en uno de los bandos, en el otro no pasó nada. Ya son demasiados años para andar tirándonos los muertos a la cabeza. Ellos son los únicos inocentes. Es muy humano que los descendientes quieran encontrarles un lugar digno para su reposo eterno, pero, a ser pasible, a todos los que “están fuera de lugar”. Después, y de una vez para siempre, no más histerias y dejémoslos en paz.