Viernes, 23 de febrero de 2018

Andar

Aunque quizá debiera escribir caminar, que es el término más usado en castellano. Una tarea que me impongo para despejar la molicie, para romper la vida sedentaria. Ocupa una breve parte de mi jornada y constituye un hábito que no quiero abandonar por mor de la pereza. Una ocupación a medio camino entre el ejercicio físico y la posibilidad de hacer un hueco para la introspección.

Poder tener una atalaya movible para la observación y, en ocasiones, para disfrutar de la belleza del entorno. Actuar maquinalmente, sin contar los pasos, sin tampoco medir el tiempo que transcurre. No tener en cuenta el clima ni la hora del día. Abandonarse en la rutina de la ropa. Alternar paseos solitarios con caminatas acompañado en las que las palabras son superfluas, lugares comunes que marcan el ritmo de instantes imprecisos.

Una actividad consustancial con la humanidad y que siempre estuvo vinculada a un propósito. Todavía veo a gentes en carreteras que se afanan por llegar a sus casas, portan bultos, arrastran animales. Veredas que comunican poblados o terrenos por las que se anda constantemente.

Pero ya es casi una anécdota vinculada a sociedades rurales. En las ciudades el afán encubre a los peatones que apenas si son conscientes de sus pasos, pendientes del momento siguiente. La acción se restringe a lugares concretos donde el paseo es intrínseco: parques, alamedas y riberas, pero también plazas y avenidas. Caminar entraña entonces un sentido diferente, es una práctica ingenua que plantea un uso del espacio público que pocas veces es compartido por la gran mayoría de la urbe.

En muchas ciudades latinoamericanas andar es estrambótico. Las edificaciones de baja altura hacen que su extensión sea enorme con distancias inabordables; la inseguridad atemoriza a la gente que entrega barrios completos a bandas de delincuentes; el culto al automóvil comporta un medio de movilidad en principio cómodo además de conferir status social al conductor; la precaria ordenación urbana, con cruces sin semáforos y pasos de cebra que nunca son respetados o calles sin aceras, constituye un elenco de motivos suficiente como para desincentivar caminar. Cultural y socialmente se convierte en una práctica de parias o, como es en mi caso, de individuos estrafalarios que tienen un punto de irresponsables.

Sin embargo, todo ello no es óbice para rescatar, una vez más, la literatura en torno al camino y al hecho de recorrerlo. Trátese de un itinerario ya fijado o del que inventa el caminante de pasos perdidos. Una metáfora de la propia vida y de la manera en que cada uno la confronta.  Andar sin propósito por la vía trazada difiere de hacerlo con una intención precisa aunque desconociendo las etapas a cubrir.

Son dos asuntos muy diferentes que coinciden con sendos modelos del comportamiento humano. Mientras que el primero puede dibujar al espíritu pusilánime el segundo se vincula con una expresión de arrojo; quien es medroso frente al lanzado. No obstante, en ambos coincide el cariz emprendedor de la andadura repudiándose la simpleza de lo estático.