Sábado, 23 de junio de 2018

Religión laica ...

A día de hoy lo más grave de lo que asistimos todos los días, con diferencia, es la pretensión de la política de moldear la forma de pensar de los ciudadanos creando una realidad políticamente correcta para evitar que se resistan a la arbitrariedad, al atropello de forma.

Las ideologías, modas u otras banderías que practican el enfrentamiento generan siempre una ideología favorable a los intereses grupales, una religión laica: la corrección política, que arroja  a la hoguera a todo aquel que cuestiona su ortodoxia. Esta doctrina determina aplicando el principio orwelliano de que todo aquello que no puede decirse…, tampoco puede pensarse, es decir determina lo que se puede hacer o no. Propugna que la identidad de un individuo esté determinada por su adscripción a un determinado grupo y dicta que la discriminación puede ser buena: para ello la llama “positiva”. Pero toda persona sabe en su fuero interno que ninguna discriminación es positiva.

En los países con convenciones democráticas consolidadas, con una sociedad civil desarrollada y consciente de sus derechos y obligaciones, celosa de sus principios y convicciones, el avance de esta mentalidad ha sido lento, aunque inexorable. Para muchos que creen que la democracia consiste solo en votar, la ortodoxia de lo políticamente correcto ha progresado a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en dogma de general aceptación mayormente a izquierda, donde hay menos que perder, y también a derecha en tiempo récord.

En la actualidad asistimos a una reacción exacerbada contra la imposición de los códigos políticamente correctos. Aunque tarde o temprano, estos sistemas, como cualquier otro basado en la mentira, acaban saltando por los aires. Unas veces por la reducción del botín a repartir, con el consiguiente choque entre grupos interesados; y otras por el hartazgo de tanta trampa y marrullería que impide al final que los ciudadanos puedan ganarse la vida dignamente, o porque se cansan de que otros les señalen, pisoteen y vivan a su costa. Pero también por una reacción exacerbada, desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos. Es lo que se conoce en psicología como reactancia, una reacción emocional que se opone a ciertas reglas censoras, vistas como absurdas y arbitrarias por reprimir conductas e ideas que el sujeto considera justas y lícitas. Así el péndulo oscila al extremo contrario, y muchos ciudadanos acaban apoyando posiciones igualmente alejadas de la moderación.

El ascenso de populismos de extrema derecha o izquierda, en algunos países europeos, los nacionalismos, y secesionismos sin sentido, surgen tras décadas de imposición de la corrección política, por el hartazgo de muchas personas que, tan cabreadas como desesperadas, se pasan al extremo opuesto. Cuando una campaña mediática o política es netamente emocional, la racionalidad es lo de menos. Pero los ciudadanos no caen en el error de ciertos dirigismos por obra y gracia de los medios o de consignas falaces, sino por la verdad que se encierra en ese error;  y por un caldo de cultivo adecuado, con una potente causa de fondo. Mentiras que han estado golpeando sus oídos, y su conciencia durante años en las que quieren encontrar la solución a sus problemas.

Para que el sistema volviera a ser justo, es decir para que la ciudadanía vuelva a confiar en la democracia y sus gobernantes, para que vuelva a ser  eficiente y racional, deberían cambiarse las leyes, simplificarlas, retirar muchas trabas administrativas, eliminar las normas que conceden prebendas y privilegios, restaurar la igualdad ante la ley. Incluso simplificar la educación, implantando una igual para todos.

Pero aún haría falta más. Habría que desterrar la nefasta corrección política, esa ideología justificadora de privilegios grupales y sustituirla por ideas sanas como son la honradez, la inclinación al juego limpio, la ética, la libertad y la responsabilidad individual. Cada vez son más las personas hastiadas de tanta majadería, que desean ser ellas mismas, y no clones dentro un grupo asignado en ocasiones por los otros, y a la fuerza.

Lo políticamente correcto es hoy en día una amenaza. Lo estamos viendo en nuestro país en el fenómeno secesionista. Los lobbies que sostienen algunas élites, y su control de lo políticamente correcto, que muy pocos osan desafiar, son siempre peligrosos. Siempre hay que cuestionarse cuando se nos habla de lo políticamente correcto. No es tan difícil. Es rigurosamente falso que la verdad no venda. Los gurús de esta nueva religión obligatoria, antes mal llamados progresistas, que hoy por lo anticuado el término no sabemos dónde ubicarlos, no son más que gente con ideas del pasado que al final no aportan, pues su discurso está obsoleto.

Se puede vencer si se hace con convicción, con argumentos razonables y verdaderos, y ganar el apoyo de un enorme sector de la población hasta ahora silenciado. Todo cuesta esfuerzo, tiempo y mal que nos pese dinero. De tiempo tristemente es de lo que más carecemos. En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.