Miércoles, 25 de abril de 2018

Epifanías

Toda manifestación nueva, sorprendente, de aquello que no esperábamos, de aquello que se nos presenta sin haberlo calculado ni previsto, es una epifanía. La vida personal de cada uno, pero también la colectiva y comunitaria de todos, está llena de epifanías.

Varios arquetipos de epifanías aparecen en las fiestas navideñas y de Reyes Magos que celebrábamos hace unos días: el del nacimiento del Niño, que es manifestación de un tiempo nuevo, de una época nueva, de una nueva era; el de la ofrenda de los pastores en el portal, que alude a esa actitud humana oferente, de entrega, de atención a aquello que se manifiesta; el de la adoración de los Reyes Magos al Niño Dios, que, de nuevo y también, es un arquetipo de la importancia de la ofrenda en la vida humana.

Estamos llenos de universales (concepto acuñado en los tiempos medievales por Tomás de Aquino, el autor de la monumental ‘Suma teológica’, que encarna todo un sistema de pensamiento) y de arquetipos (concepto ideado por C. G. Jung). Porque ambos conceptos aluden siempre a esas manifestaciones de lo humano con valor para todos.

Y, en este tiempo cíclico y festivo que ha dado inicio al invierno como tiempo nuevo, en el que se va a ir produciendo el desarrollo de la luz, su aumento, la manifestación de la claridad que, gradualmente, irá aumentando con los días, arquetipos como los del nacimiento, la entrega, la ofrenda, la adoración… aluden a otras tantas actitudes humanas que se manifiestan de continuo en el mundo a unos seres humanos u otros.

Toda epifanía supone una manifestación, una revelación de algo que aumenta nuestro conocimiento, nuestra experiencia humana y, por ello, de algo que se va a incorporar al acervo de lo común, de aquello que es válido para todos y, por ello, que ensancha las perspectivas de todos.

Cada ser humano –si tuviéramos la posibilidad de hablar con cada uno de los miembros de nuestra especie– tiene experiencia de no pocas epifanías. Unas epifanías que, en no pocas ocasiones, nos ocurren, se nos manifiestan sin que las percibamos, sin que nos demos cuenta de ellas.

Porque, para percibir la maravilla que es el existir de cada cual, de todos nosotros, hay que tener una actitud consciente y muy atenta a lo cotidiano, a lo insignificante, incluso a lo trivial y a lo anodino, puesto que es en ese caldo de cultivo de lo normal y corriente donde se producen, en la vida de cada uno, las epifanías, las manifestaciones de lo sorprendente, de lo maravilloso que es cada aspecto de la vida, por más que no nos lo parezca.

Son los niños los que, siempre, perciben de modo intuitivo, pero también gozoso, el mundo de las epifanías, como un fulgor, como una iluminación del existir de cada uno, del existir de todos. Por ello hay que proteger a los niños, hay que proteger la niñez y preservarla de todos los peligros que la acechan.

Por ello, también, hay que estar muy atentos a todas las epifanías.