Martes, 23 de enero de 2018

Las cigüeñas y los garabatos

Hace casi una semana y en plena ola de frío y nieve han llegado a Salamanca las cigüeñas.  Don Antonio Machado, hablando de la Pascua y las cigüeñas, dijo con especial precisión que escriben en la torre sus blancos garabatos. Y su llegada, siempre esperada por estas fechas, y sus figuras garabateadas en pináculos, torres y campanarios me sugiere algunas consideraciones.

Llegan a su hora, pero con total inoportunidad.

Porque se supone que se fueron al sur ante la llegada del frío buscando un clima más adecuado y ahora vuelven con la idea de un clima suave y atemperado para anidar y criar. Y la han hecho buena… Porque da la impresión de que este año les ha salido todo al revés y han llegado en los más fríos del año. Incluso una docena de parejas se han encontrado nada más llegar a la ciudad con una desagradable sorpresa porque su nido ya no está y tienen que empezar por el primer palo a hacer uno nuevo aunque sea en el mismo sitio. He sido testigo de su pasivo desconcierto en estos días, sin nido y sin abrigo.

Ay, esto mismo nos pasa de cuando en vez a los humanos y parece que las cosas, desde Cataluña todos los días a la colada más o menos semanal pasando por la compra o por el arreglo del inodoro, nos salen todas a medias. Y hay que volver a empezar por el primer palo. A ver, es parte de nuestro sino.

Por otro lado, o casi por el mismo, me da la impresión de que como tantos animales las cigüeñas viven siempre tropezando en la misma piedra, los mismos palos efímeros, los mismos desperdicios amontonados, la misma impasibilidad perfectamente diseñada, el mismo equilibrio tan imposible a esas alturas, el mismo vaivén del nido a la pradera y de la pradera al río, machar el ajo cada día a las once y a las diecisiete, quedarse mirando de lado un buen rato con un pie alzado y como mirando de reojo sin hacerlo y siempre con la misma sospecha en vilo que las hace levantar el vuelo ante cualquier bulto sospechoso. Y así todo, con una fidelidad extrema, casi excesiva, hasta el punto de que en hebreo se las llama con un nombre que significa precisamente eso, “observancia”.

Sería bueno no caer en la monotonía si es que se puede, variar modos y aficiones, reinventar gestos y actitudes, cambiar hábitos para mejorarlos, no vivir de rutina aunque se haga lo mismo, variar por dentro aunque parezca por fuera lo mismo, etc… Son recursos para una vida original, creativa y humana.

Por otro lado, a mí que observo cada día y desde hace muchos años una buena docena de cigüeñas, me sorprende en ellas una actitud que no sé si es indiferencia o dominio de la situación, porque a veces parece ausencia sin ton ni son y otras sugiera una serenidad a toda prueba. No acabo de saber si todo les da igual, y así parece horas y horas, o si están por encima de los pequeños avatares de humanos y animales y sólo piensan en lo suyo con displicencia y hasta casi con un toque de altivo desprecio. No sé a qué atenerme, a veces parece una cosa y otras parece lo contrario.

En esto creo que no nos sirven de buen ejemplo, porque la persona, me parece a mí, debe vivir con más implicación, con una pizca de pasión aun en lo pequeño y diario, poniendo alma y sentido. La armonía interior encontrada no quita la creatividad y la paz del espíritu no mata el alborozo ni el entusiasmo ni el gusto explícito de vivir las cosas. La vida es, ya por definición, una fiesta, a no ser que haya argumentos específicos para lo contrario. Y debe notarse. Sin embargo las cigüeñas siempre se atienen a su invariable y sobrio protocolo.

Y dentro de estas casi banalidades que se me ocurren ante las cigüeñas que se me han establecido ya en la vecindad, me digo que si fuera cierto aquello de que los recién nacidos vienen traídos por las cigüeñas… habría que hacer algo, claro. Siglos antes de que Andersen lo divulgara en dos de sus cuentos ya muchos pueblos de la tierra habían unido el nacimiento de los niños con la cigüeña, sin olvidar que es de los pocos pájaros que reutiliza si puede prácticamente todo el nido, en el mismo sitio y con la misma pareja y con un acompañamiento especialmente largo junto a sus crías, aunque ya vuelen con total autonomía. Los cuatro detalles juntos dan una estabilidad que para sí la querrían muchos animales y  muchas parejas y familias humanas.

Pues decía que si fuera cierto que ellas traen a los niños, bien nos vendrían bandadas de cigüeñas para restablecer nuestros niveles de reproducción que al ser hoy tan bajos amenazan con hundir nuestro futuro.

Y para acabar, sin olvidar que la cigüeña fue siempre visitante de buena suerte y llega justo cuando el campo empieza a despuntar, admiramos una vieja ley de los antiguos griegos, el nomos pelargikós (pelargós = cigüeña), que exigía una especial atención civil y familiar a los ancianos. Y por último subrayar, por si acaso a alguien le pueda interesar, el curioso recurso a las cigüeñas que hacía el profeta Jeremías (8, 7) hace veintisiete siglos poniendo en boca de Yavé esta original queja: “Hasta la cigüeña conoce sus tiempos, pero mi pueblo no reconoce a su Señor”. Ojo al dato.

Pues eso, que han llegado las cigüeñas y por un lado son un ejemplo y por otro algo menos. Allá cada cual con sus garabatos.