Lunes, 22 de enero de 2018

Después

Uno de los resortes más usados para sobrevivir es el de postergar las cosas. Se piensa que lo que ahora es insoportable abordar con el tiempo se darán condiciones más favorables para su acometida. Cierto que el saber popular recomienda no dejar para mañana las cosas que se pueden hacer hoy, pero la realidad se impone y muy frecuentemente se aplaza la hechura para más adelante. Hay una especie de apuesta en favor de que una conjunción favorable en el ordenamiento de las piezas, cuyo desarreglo en la actualidad agobia, acontezca de forma espontánea. Un imperativo mágico según el cual el futuro es prometedor, las aguas volverán a su cauce y la dicha acompañará al inevitable final feliz. De este optimismo visceral están hechas las vidas.

Soy consciente de la trampa que es inherente a esa propensión de diferir las decisiones vinculadas a la ingenua pretensión de pensar que el tiempo se controla. Uno se siente como un demiurgo de su propia cronología con la que juega ufano por creer fiscalizar los ritmos, los momentos, incluso los resultados azarosos de sus disposiciones. Es un engaño de confort para evitar la indeleble, y a veces dañina, encrucijada del presente. Solo lanzando la pelota hacia adelante se tiene la sensación de que el peligro ha pasado. Y eso es de lo que se trata: de imaginar un escenario promisorio que más tarde será cobijo de toda zozobra, donde la ansiedad tenga por fin su resguardo y uno pueda pertrecharse para comenzar un nuevo avatar. El mito de la tierra prometida tiene que ver con todo ello.

Sin embargo, gestionar ese proceso permanente de huida hacia adelante tiene sus complicaciones. El desasosiego no deja centrarse en lo que se tiene entre manos con lo que el caos vigente hoy se retroalimenta. Los escenarios futuros imaginados se superponen por mucho que se intente jerarquizarlos o diseñar estrategias de prelación. A veces hay ensoñaciones que distraen y que, algo peor, confunden tanto en el diagnóstico del presente como en las expectativas del mañana. El entorno está lleno de predicciones fallidas, de erróneos contextos dibujados. Pareciera que el arte de conjeturar el albur no es sino una superchería para incautos o, peor, candorosos aprendices de futurólogos.

Además, hay circunstancias en que el sentido de cualquier después precipitándose desde nuestros labios no solo es equívoco sino que también es un adverbio monstruoso cargado de vitriolo. No acompaña a la propuesta dilatoria, ni sitúa la acción en un momento ulterior impreciso. Tampoco significa una sutil y educada proposición de abrir un corto lapso de espera. Supone el señalamiento de que quizá haya algo más importante que dilucidar, que lo que se aplaza puede esperar, que el momento no es el apropiado. Pero ello choca con la premura de quien por su pasión no entiende de tiempos, ni de prelaciones, ni menos de estrategias dilatorias. Para él, después es la más terrible, la más procaz, de las palabras. Una condena para quedarse desaliñado en el rincón del olvido.