Miércoles, 25 de abril de 2018

¡Qué siga la magia!

Es muy complicado explicar a un niño después de la noche de Reyes porque no le han dejado Sus Majestades todo lo que les pido en su carta ¿Si de verdad son magos, porque no pueden traer todo lo que les pedimos?, es la pregunta del millón. Se puede recurrir a peregrinas razones como: es que si lo hicieran no tendrían para todos los niños o no les daría tiempo, incluso, hay que aprender a compartir con otros niños y niñas. Pero la pregunta inicial sigue sin respuesta ¿si de verdad son magos...? Y es que, si lo fueran – pura lógica - podrían hacer cualquier cosa, pero no lo son, es más, no existen, claro que darles esa respuesta rompería todo el encanto de un evento tan esperado, único y especial.

Y como los Reyes Magos no existen, pues padres y familiares debemos hacernos cargo de materializar los deseos que plasmas en sus cartas hasta donde nos sea posible y así procurar compensar la aparente injusticia que supone que Melchor, Gaspar y Baltasar no les traigan todo lo que piden. De esta forma perpetuando año tras año una ficción que alimenta la ilusión de los pequeños de la casa al abrir sus regalos.   

¿Deberíamos decirles la verdad o dejar que la descubran ellos? ¿Qué edad es la más adecuada para dejarles ingresar en el mundo de los mayores? Todos sabemos, ya hemos pasado por ello de un modo u otro, que con los años descubrirán el “engaño bienintencionado” porque nos pillarán en algún renuncio o se lo contara en secreto algún compañero de clase, algún amigo, y entonces la magia desaparecerá. Un triste pero necesario momento que tarde o temprano llega. 

Cuando les hacemos mayores, sus ojos ya no brillan de la misma forma al abrir sus presentes y nosotros les miramos de otra manera esperando obtener su aprobación sobre los que, en nombre de sus Majestades, les hemos dejado. Ya son mayores o se encuentran en la frontera superior de la niñez y puede que durante unos años nos odien por haber hecho trizar sus fantasías. Por haberles despertado de ese increíble sueño en el que veían como los mismísimos Magos de Oriente iban colocando uno a uno sus juguetes junto al Belén o el Árbol de Navidad ayudados por sus pajes que los sacaban de enormes sacos transportados por camellos.

A mis ya más de sesenta años, con tres hijas y cuatro nietos, debo reconocer que siempre me resulta duro, muy duro, hacer añicos su mundo mágico, colocarles frente a una realidad en la que no todo es posible, una realidad que pronto se les presentará cruel, dura e injusta en la mayoría de los casos.

Los niños creen en la magia y es por eso que la magia existe. Ellos se dejan sorprender por lo que parece ir en contra de las esas leyes que nos atan a la realidad. Para ellos las ilusiones son realidades por eso son capaces de poner su alma y su corazón en cada cosa que dicen y hacen, sin pretender quedar bien, sin sentido del ridículo, sin buscar a cambio una recompensa, lo hace, lo dicen y a otra cosa. Pero mucho de todo esto se esfuma cuando la magia de los Reyes desaparece, cuando la edad mágica se termina, cuando se dan cuenta de que no basta con el deseo para que las cosas sucedan, hay que trabajar para conseguirlas y confieso que me da mucha pena que se así.

El escritor Ernesto Sabato, en su obra Sobre héroes y tumbas dice: La verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida. En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza. Pues empecemos este año recién estrenado con ilusión, con imaginación y llenos de deseos y esperanzas ¡que siga la magia!