Martes, 23 de enero de 2018

Volver a la normalidad

Vivir normalmente la normalidad nos acerca a la madurez y al crecimiento personal

Pasados los ajetreados días de la Navidad, atormentados además este año por los excesos de las nieves y las ratoneras de las autovías y autopistas, e incluso de las carreteras menores, volvemos a la vida normal y corriente, a la cual nos avoca el trabajo de cada día, para aquellos, claro, que tienen trabajo, o por lo menos pueden acceder a la escuela o a la universidad.

Esa vida de cada día es la que nos pone en disposición de producir y de rendir frutos propios de la actividad humana. El vivir la normalidad es lo que tiene que ser gratificante para nosotros, y en esa actividad es en la que conseguimos los frutos propios del quehacer cotidiano.

Por supuesto que es necesario, de vez en cuando, salir de la rutina de la acción repetitiva de cada día. Son necesarias las fiestas y las vacaciones. Pero unas y otras tienen sentido si son algo excepcional, no si se convierten en algo habitual, en cuyo caso la fiesta deja de ser fiesta y de tener sentido, y lo mismo les ocurre a las vacaciones, que son una ruptura en el trabajo ordinario y nos ofrecen la posibilidad de un merecido descanso, pero que no pueden convertirse en una vacación permanente, que nos alejará de un trabajo normal y corriente.

Un trabajo llevado cada día con normalidad tiene que ser un trabajo satisfactorio y no obligado. Aunque muchas veces hoy se trabaja poco y en malas condiciones, con abusos de exigencia y limitación excesiva en los salarios necesarios para vivir. Evidentemente, en ese trabajo ordinario tiene que haber sus descansos necesarios y oportunidad para encontrarse con los demás, en primer lugar los de la familia, pero también los amigos y los que participan en actividades culturales, como las que abundan en nuestra querida Salamanca.

Un trabajo de siete u ocho horas diarias entra dentro de la normalidad, sin renunciar al descanso de la media jornada del sábado y a las veinticuatro horas de la  entera jornada del domingo. El ciclo semanal de trabajo, descanso y fiesta, entra dentro de la normalidad, y hace posible el gozo del trabajo que nos libera de la rutina que contribuiría a una perfecta esclavitud.

¿Somos conscientes de esta condición del trabajo ordinario y de la necesidad de vivirlo con responsabilidad y con la dignidad que nos ofrece a los humanos una actividad liberadora, productiva y de un desarrollo personal integral? Tenemos que ser dueños y no esclavos de la evolución de nuestro tiempo y de nuestra vida humana y espiritual.

Sólo habiendo logrado ese nivel de madurez humana y de libertad personal podremos colaborar al desarrollo pleno de nuestros conciudadanos, de nuestras familias y de nuestras sociedades.

Vivamos la normalidad que nos ofrecen las jornadas de este mes de enero y de parte de febrero, porque enseguida nos toparemos con el corte excepcional de los carnavales. Luego ya tendremos que esperar a la fiesta de San José, donde se celebra, y con más seguridad a las celebraciones propias de la Semana Santa.

Días largos, con más luz a medida que nos vamos acercando a la nueva estación de la primavera, que nos va a llegar con la misma fiesta de San José. Vivir normalmente la normalidad nos acerca a la madurez y al crecimiento personal lleno de fruto y de satisfacción. ¡Viva la normalidad!