Miércoles, 18 de julio de 2018

Blanca Navidad

Estaba mi hermano resolviendo el rompecabezas geométrico de maletas y regalos dentro de su coche cuando el cielo se ha deshecho en un alegre deshilachado de copos de nieve y la carretera A6 se ha convertido en una trampa. Nieva justo en ese momento en el que mi hija me pide que dejemos el árbol unos días más, porque todavía no está preparada para ir a clase y arrastra la mochila para acostumbrarse a verla de nuevo, tan llena de nuevo de tareas por hacer y de libros que pesan… libros que no son los que ha traído Papá Noel, siempre tan generoso… Ese momento en el que mi madre decide cerrar la cocina y mandarnos a todos a celebrar a nuestras casas… ese momento en el que nos damos cuenta de que ha pasado la Navidad, de que se van aquellos a los que amamos y que el índice de azúcar en sangre tiene un nivel peligrosamente alto. Ese momento revelador en el que la naturaleza parece que le quiere hacer una faena al ministro de fomento…

Nieva, nieva sobre las ciudades desiertas, agotadas, de domingo por la tarde, de futuras rebajas, de contenedores llenos de cartón y cristal para celebrar. Nieva, nieva blanca navidad sobre las luces que quitarán los operarios, las calles vacías, las carreteras llenas de regresos, los libros que se amontonan. Nieva y seguimos pendientes de Diana Quer, de la Liga, de la Copa, del libro donde se dice lo que ya sabemos todos sobre Trump, y hasta de la pertinaz sequía que ahora recibe el agua con ansia. Nieva y mañana volveremos a llevar a los niños al colegio con ese despliegue feroz de coches y de prisas, de desayunos rápidos, de pequeñas ofrendas cotidianas como desearnos feliz año. Nieva. Nieva y parecemos incapaces de creerlo mientras juegan los niños de mi calle y mi hermano, tras mucho discurrir, decide quedarse un día más, retrasar lo inevitable, saltarse el trabajo, el colegio, la obligación… todo para no acabar horas y horas encerrado en un coche preguntándose por qué si son tan listos para cobrar el peaje, por qué no preparan en condiciones un regreso que se sabe marcado por el tiempo y esa nieve que nieva constante, ligera, impasible a las prisas humanas. Nieva y nosotros, que ya tenemos prisa, debemos aminorar la marcha, detenernos, mirar alrededor, emborracharnos de luz y de quietud. Abajo, la tierra la recibe agradecida, encima, hay una escarcha de exquisita blancura. Nieva. Si no fuera por mi hermano y sus maletas perfectamente colocadas daría gracias al cielo y abriría la boca.

Texto: Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.